Vivía en la calle Moreno, entre David Magdalena y Cavassa. Fue un apasionado coleccionista de discos de tango: presumía poseer 4000 discos 78 rpm, 2000 long play y alrededor de 800 cassettes. Le gustaba contar que sus tatarabuelos fundaron, en España, el pueblo de Noya, un puerto de zapateros. Él era caserino absoluto. Transcurrió su infancia en la casa familiar de la calle Cafferata, entre Sarmiento y 3 de Febrero. Su primer trabajo, a sus trece años, fue en la carnicería El Fenómeno, de Ricardo Belatti, en una propiedad ubicada en la calle 3 de Febrero, entre Tapalqué y Pehuajó, que pertenecía a Cacciatore, el mismo que luego fuera intendente (de facto) de la Ciudad de Buenos Aires. A esta edad empezó a comprar discos porque ya se desvivía por la música.

“Recuerdo que yo, de chico, ya escuchaba la radio a galena… mi mamá se iba a hacer olos mandados y me ponía la mesa con la radio, me ponía los teléfonos (se escuchaba con teléfonos) y yo me quedaba escuchando Radio Porteña, una emisora que salía desde Ciudadela”, nos contó alguna vez.
“Me acuerdo de los Varuzza, de Toto, Villarroel, Pascual, Pedro, los Petronilo, los Galera, Cantamesa, Serpeli, Luis y Roberto Esteban, los Cucarese, Papalardo, los Cacciatore, Otero, Falduti, Morales… nos criamos ahí, todos, desde chiquitos”, recordó.
En los años ’80, junto a su amigo Lalo Alfuso, integró una dupla que se dedicó con entusiasmo a difundir el tango en sucesivos programas radiales. Ambos compartieron sus colecciones, su entusiasmo por la época de oro del tango y su bronca por Astor Piazzolla.
Alberto, en 1953, se casó con María Luisa Siano, quien falleció hace varios años. El matrimonio tuvo dos hijos – Carlos Alberto e Isabel Beatriz – y dos nietos.
Activo colaborador en todos los emprendimientos a favor del barrio, fue socio fundador de la Asociación Caseros Centenaria y de Gente de Tango de 3 de Febrero, entidad donde un rincón fue bautizado con su nombre.
Alberto Noya falleció el lunes 7 de noviembre de 2005, a sus 80 años. Fue un muy querido vecino de Caseros.

 

En cierta oportunidad, Ana Esther Alonso Borga, quien vivía en la misma cuadra de la calle Moreno, escribió, para la revista Caseros y su Gente,  lo siguiente:

«De nuevo: gracias, Alberto, muy agradecida»                                                                                                   Muchos conciudadanos han de haber conocido a Alberto Noya, sobre todo en estos últimos años que dedicó a la difusión radial e institucional de una de sus pasiones: el tango.
Ese Alberto Noya, infaltable en los ámbitos socioculturales de Caseros, será recordado como un erudito, puntilloso hasta la obsesión en sus afirmaciones, producto por cierto, de una permanente y muy seria tarea de investigación. Como muchos, he necesitado consultarlo más de una vez sobre tópicos que dominaba: fue generoso con su conocimiento y me dio abundante material, para él precioso, y se ocupó por el resultado de mi trabajo. A eso le llamo yo don de gente. Más no es ese Alberto Noya notorio del que quiero hablar.
Me empuja la infancia a estos recuerdos que deseo compartir; con los que no lo conocieron antes y hasta con Isabel y Carlos, sus hijos, que llegaron al barrio, unos años después que nosotros, cuando ya estos hechos habían ocurrido y tal vez no los conozcan. Hay una foto (documental) que todavía guardo en el living de mi casa natal, en la que Alberto Noya está y no está, como ahora.
En la imagen aparecemos Alicia y Omar De San, Mario y Ana Alonso y Norma Siano a mi derecha sosteniendo estoica mi displicente temor. Estamos los cinco en el Rosedal, sentados en un tronco que desde la orilla, se asomaba peligrosamente sobre el espejo de un lago.
A todos tuvo que alentarnos aquel día y, de ese enfoque artístico, salimos más valientes, más seguros. Alberto, logró la toma que se ve. Por esa época su otro fuerte interés era la fotografía. De la razón de nuestro paseo palermitano, ya he contado en otras oportunidades, en esta misma revista. Habíamos hecho una colecta barrial con una caja de zapatos, para contribuir con ayuda al Hospital de Niños durante la epidemia de poliomielitis de mediados del siglo pasado.
Alberto Noya nos reunió para hacerlo, como antes, también, había fomentado y participado activamente junto a mi padre, Félix, a Rafael Siano y a los demás vecinos, pintando árboles con cal, limpiando y desinfectando calles, veredas y cordones, juntos a la misma hora para ser eficaces. Seguramente habrá quién opine, desde una perspectiva cientificista, que de poco servirían estas pequeñeces para oponerse a semejante peste.
A los niños que participamos de las tareas del amor en acción que quise recordar aquí, en forma breve, aquel Alberto Noya solidario, no se nos borrará jamás de la memoria (su materia preferida) ni del corazón. Gracias a él y a nuestros padres, aquella peste no llegó a paralizarnos la alegría, ni la esperanza. Dejó pocas secuelas en el barrio, físicas, no espirituales.
Allí donde está, es seguro que ya no le preocupan los detalles, ni las acumulaciones de datos y preciosos objetos histórico-culturales. Estará pasándolo muy bien en compañía de sus afectos del alma que nos precedieron, escuchando buena música.
Yo despido desde este plano y esta infancia que dejé atrás hace ya mucho tiempo, a un Ser Humano que me enseñó algunos de los valores con que elijo vivir hoy. De nuevo: gracias, Alberto, muy agradecida.