Esta nota la hicimos en 1989, cuando Angelita Salvarezza , quien vivía en la calle Nuestra Señora de La Merced, entre Cavassa y Lisandro de la Torre, tenía 86 años.

«Para el lado de Villa María Irene (hoy, Villa Mathieu) había una laguna. Nosotros vivíamos en Olavarría y Rebizzo y la casa estaba cerca de la orilla. La laguna se había formado porque sacaron la tierra para un horno de ladrillos. Mucha gente iba a bañarse allí… le decían el balneario«.
Quien esto comenta nació el 1 de junio de 1903 y se llama Rosa Angela Salvarezza. Aunque todos le dicen Angelita. Es hija de Pedro Salvarezza y María Rosa Saffietti.

«Mi papá era oficial tornero en los talleres Alianza y fue uno de los primeros que trajo el fútbol a Caseros. También, fue uno de los fundadores del Club Unión (homónimo del legendario Unión de Caseros pero sin relación alguna) que tenía la cancha en San Martín y De Tata. Cada vez que había un partido terminaba peleándose ¡Volaban cajones, botellas, de todo! Una vez vino a jugar el equipo de San Telmo que tenía la costumbre de soltar palomas cada vez que convertían un gol».

El matrimonio Salvarezza tuvo once hijos «Hubiéramos sido catorce pero, recién nacidos, fallecieron los tres primeros: dos nenas y un varoncito. Mi hermano mayor se llamaba Pedro Tercero porque mi papá decía: «Yo soy Pedro Primero«. Al varoncito que falleció lo llamó Pedro Segundo. Entonces, al siguiente lo nombró Pedro Tercero. Luego nació Pedro Clodoveo y se salvó de llamarse Pedro Cuarto porque mi mama se enojó. La lista siguió con Federico Juan, María Sara, Julio Sadi, David Carlos, Lorenzo Andrés, Alberto Daniel, Guillermo Eduardo(padre de Horacio, «el torito de Caseros»), yo y Mateo Tito«.

Según cuenta Angelita, su mamá preparaba un sabroso pan casero. Era la época en que la ropa se lavaba en un fuentón y se tendían las sábanas al sol para que se blanquearan: «Cuando estaban secas las volvíamos a humedecer para que se pusieran más blancas, todavía».
«Mi madre poseía un excelente oído para la música. En casa teníamos un comedor de siete metros de largo. En una punta estaba el aparador y en la otra el piano. Y en ese piano, ella me enseñó las primeras nociones musicales. Más adelante, estudié con Anita Tiller y me recibí de profesora de piano en el Conservatorio Paganini».
La familia Salvarezza se destacó por su amor a la música. Quien no tocaba el violín, se defendía con el bandoneón o le robaba melodías al acordeón a piano.
«En la época de las «cintas» mudas, junto a Pedro Tercero – que era violinista- tocábamos en el cine-teatro que estaba en la calle Moreno, entre Sarmiento y San Jorge. Después, las mismas cintas las daban en el Salón La Honradez (actual Paramount) y nosotros también íbamos a tocar allí. Cuando había una escena triste, tocábamos un vals o música clásica, pero cuando daban una de Chaplín directamente nos íbamos a sentar en la primera fila porque con las risas y el griterío del público no se podía escuchar nada«.

Angelita, en 1925, se casó con José Ricardo Pradelli. El matrimonio tuvo dos hijos: Noemí Lidia y Ricardo David. El esposo de Angelita fue ferroviario y, como tal, el matrimonio Pradelli andaba de estación en estación, de mudanza en mudanza.
«En el ’44, vivíamos en San Juan. Allí, el 15 de enero, nos agarró el terremoto. Fue terrible. Nosotros estábamos en la estación Albardón y los galpones del ferrocarril se llenaron de heridos».

Retornando a su pasado musical, Angelita recuerda cuando, con sus hermanos, integraba la orquesta «América».
«Tocábamos en las veladas que organizaba la Cruz Roja. Por supuesto, también tocábamos en los bailables de Carnaval. Todas las noche, hasta el «Micareme» (última noche de carnaval). En ese tiempo, a las chicas se les servía un chocolate caliente a medianoche. Ellas tenían un «carnet de baile» donde anotaban las piezas que les prometían a los muchachos. Tocábamos fox trot, rancheras, pasodobles, valses y, por supuesto, tangos… a pesar de que a mi padre no le gustaba que una chica tocara tangos… y menos, su hija» .
En el prolijo comedor de su casa de la calle La Merced, sentada en un sillón-mecedora, Angelita fue urdiendo estos recuerdos.