Alfredito El Nene Salzano fue un chico de la calle Belgrano, entre avenida San Martín y David Magdalena, quien por los años ’50 fue alumno tanto de la Escuela 8 como del Instituto Evangélico, establecimiento educativo ubicado a una cuadra del domicilio donde transcurrió su infancia y adolescencia. Hoy, a sus 74 años, es un prestigioso pianista y compositor, jazzista eximio, amante leal de Chopin y Bill Evans, triunfador en EEUU, Australia, Corea, París… un músico de nivel internacional y consagrada trayectoria. El domingo 28 de enero de 2018, recibió, en el Madison Square Garden (Nueva York), el afamado Premio Grammy al Mejor álbum de jazz latino, por su disco Jazz Tango.

Aclaremos: ya no es más Alfredito y ahora se lo llama Pablo Ziegler, nombre artístico con el que lo conoce el resto del planeta. Pero acá en Caseros se lo recuerda como el hijo de doña Ema y Pascual Alfredo, como el flaquito loco por la música que empezó su carrera en la orquesta de Dino Tuchi, el mismo Dino que de noche era músico y en horas diurnas atendía su peluquería, ubicada en la esquina de La Merced y Caseros.

«Yo me cortaba el pelo en lo de Tuchi; un día me ofreció tocar con él… agarré viaje porque me gustaba tocar y, encima, el tano, que era macanudo, me pagaba… yo tendría unos catorce años, todavía andaba de pantalones cortos», nos confió Alfredo en cierta oportunidad. Con el recordado Tuchi, el pibe paseó su talento por José C. Paz, San Miguel, Pilar, Bellavista… «Dino conseguía muchos de esos laburos». Cuando lo entrevistamos, Alfredo – quien supo ser alumno de Galia Schaljman, condiscípula de Martha Argerich – ya tenía sobre sus hombros una brillante trayectoria: fue formador del terceto Música Clásica Jazz, conjunto apadrinado por Miguel Angel Merellano; musicalizador de obras del clan Stivel y de películas como «Adiós, Roberto» y «Tacos altos»; músico de estudio que grabó con Daniel Toro, Palito, Sandro, Serra Lima, Sergio Denis…

 ASTOR
Sus manos de pianista tocaron el cielo cuando quien lo convocó fue el genial Astor Piazzolla para integrar el legendario quinteto que fue aplaudido en todo el mundo, a lo largo de más de una década. Alguna vez, Alfredo recordó que «la primera vez que me junté con él, le pregunté por que me elegía a mí, que era un músico que no tocaba tango, y él fue claro en su respuesta: ‘porque quiero algo distinto’. Astor siempre destacaba que lo que le intereso de mí, fue mi origen jazzero. Él buscaba esa característica y creo que funcioné bien en su música. Después de esa experiencia, que fue definitiva para mí, impulsé la idea de combinar jazz y tango con distintas formaciones hasta llegar al trío, que funciona a la perfección».

Cuando lo entrevistamos, sus recuerdos sobre Caseros, permanecían intactos. «La casa de la calle Belgrano era de mi abuela. Ella tenía un piano y yo, desde chiquito, lo andaba tocando… Además, mi viejo era violinista… él tocaba en los cines de Caseros cuando las películas eran mudas. También, integré la Típica Columbia… fue un tipo muy tanguero, muy amigo de De Caro y Alfredo Gobbi. Yo tenía cuatro años cuando me mandaron a aprender piano con Dora Sculatti que tenía una sucursal del Conservatorio Williams, en la calle David Magdalena, entre Belgrano y Moreno».
«Jugaba a la escondida con Orlando, Bocha, Chiche Bonelli, Fernández, el Negro Carrizo…».

«Toqué en la confitería Lopresti (avenida San Martín y Urquiza), al lado estaba la heladería La Martita y después una especie de mercería, de la familia Anido».
«Mi médico era el doctor López que vivía sobre 3 de Febrero; el doctor Kusién era el que atendía a mis viejos… después apareció un muchacho de lentes que enseguida se hizo conocido (Enrique Turkienicz)…».

«Era habitué del club 9 de Julio donde iba Mirta Desimone, una noviecita platónica, y las chicas de Martínez».

«Con un amigo – Albertito Cambas – que tocaba la trompeta, armamos una orquesta dixieland… tocamos en las confiterías Borussia y Astoria… «Los Little Rambler»… así nos llamábamos. En Caseros, tocábamos en una confitería que había en avenida San Martín y La Merced».

Alfredo tras un paso frustrado por Medicina y, luego de la colimba, para llegar a fin de mes se la rebuscaba «vendiendo figacitas en un mostrador de San Martín o refaccionando locales porque de algo tenía que vivir… hasta trabajé en la Municipalidad de Tres de Febrero«, recordó. También relató que en la época en que las disquerías se cansaban de vender temas de Los Wawancó, «formé con unos muchachos de Caseros y San Martín, un conjunto tropical: La Charanga Colombiana».

No es la primera vez que nuestro ex vecino se lleva para su vitrina un premio Grammy, uno de los galardones más importantes de la industria discográfica internacional; en 2005, ya lo había obtenido por su placa Bajo Cero pero, el recibido hace dos años – subrayó ante distintos medios – tiene un sabor especial porque «es algo distinto que va más allá del jazz de siempre (…) de alguna manera vinimos a romper la idea imperante de latón jazz, como género que hasta hay tenía que ver fundamentalmente con Cuba, con Centroamérica, con algo de Brasil… Con Jazz Tango se abre una nueva puerto para la música de Buenos Aires». Y agregó: «El tango siempre logra reinventarse y dar muestras de vitalidad. Si no es por la música, es por el baile».

La obra de Ziegler se destacó especialmente porque fue galardonada en una jornada donde el rap y el rhythm and blues (R&B) registraron el consumo musical de estos tiempos. En la misma velada, también fueron premiados figuras como Shakira y Rubén Blades.  «Estoy en la gloria, realmente. Este Grammy a Jazz Tango posiciona de una manera indudable a la música argentina, y sobre todo al tango, en la gran industria mundial de hoy», apuntó el ex pianista de Dino Tuchi, el que jugaba a la escondida en la calle Belgrano, el que acá en Caseros, todavía se lo recuerda coma El Nene Salzano.

EL NENE SALZANO EN ROBLE BAR
Cuando ganó su primer Grammy, en 2005, Pablo Ziegler se dio una vuelta por nuestro barrio porque «extraño a Caseros», le había anticipado a su amigo Alberto Cambas Sabaté. Fue con Alberto, entonces, que a fines de diciembre de ese año, El Nene se acercó hasta estos pagos y visitó FM Caseros, la pizzería Ottonelli, cenó en La Esperanza y culminó la noche visitando el Roble Bar (Urquiza y David Magdalena). En el mítico local, tras abrazarse con amigos, se sentó frente al teclado y… «tocó dos entradas de cuarenta minutos, como si estuviese en un escenario de Manhattan o Berlín, con la misma seriedad, con la misma entrega. Tocó para nosotros, tocó para su gente. Lo tuvimos allí, privilegiadamente. Tocó tango, su música, ejecutó un Adiós Nonino que duró quince minutos. Nos maravilló con su profundo sentido de la improvisación ejercitada en sus largos años de jazz, con su técnica depurada, con un derroche de armonías casi imposibles. Así pasaron Los Mareados, Nieblas del Riachuelo (…) fue una noche religiosa, mística y él fue el sacerdote…», recuerda Alberto Cambas Sabaté.