Fue una muy querida vecina de nuestro barrio. Su carácter chispeante generaba inmediata calidez y alegría. Residía en la esquina de Alberdi y Lisandro Medina. La entrevistamos hace dos décadas y nos relató, entre otros comentarios sobre su vida, lo siguiente:

• En el baile en que conocí a mi esposo, en el Urquiza, me había citado con un rubio de San Martín, a mi me gustaban los rubios. Arturo Gil era morocho, lindo muchacho pero morocho. Me sacó a bailar y no me largó en toda la noche. En ese baile fui elegida Reina de la Primavera.

• Arturo me citó para otro día y cuando llegó ese día, yo, devota de la Virgen de Lourdes, le pedí tanto que lloviera mucho para que no nos pudiéramos encontrar… ¡Cómo llovió! A cántaros. Se inundó todo Caseros.

• Él  me siguió buscando y me consiguió, así empezó el idilio. Fue mi primer novio, mi primer amor… Yo tenía muchos festejantes, pero mi papá era severo- muy bueno, pero severo – no me dejaba salir. Con Arturo estuvimos cinco años de novios, nos casamos en La Merced.

• Arturo era habilidoso para todo; nuestra casa, que antes era un chalet, la hizo él. Yo le hice de peón albañil. Él hasta se hacía las camisas ¡qué camisas!… Goyito, que tenía una tienda en avenida San Martín, no podía creer que se las confeccionase él. Arturo falleció en 1988. Me costó mucho reponerme.

• Nací en la maternidad de Colasanto que estaba frente a la escuela Ricardo Rojas. Fui a la escuela 83 que estaba en la cortada Silva (hoy, Valentín Gómez) y Gral. Paz (hoy, David Magdalena) y a la escuela 33, en la calle Lisandro Medina.

• Mi papá (Bartolomé Quinterno) era viudo con cinco hijos y mi mamá (María Artuz) viuda con tres varones cuando se conocieron. Yo fui la única hija de ellos dos. Vivíamos en la calle Giles (hoy, Sabattini), entre Rauch y Brandsen (hoy, Perdiguero). Papá y mamá se quisieron mucho, parecían siempre novios. Fallecieron con seis meses de diferencia.

• Papá era maquinista del ferrocarril. Cuando volvía de sus viajes, traía huevos que vendían unos familiares. Me enseñó a manejar las locomotoras.

• Cuando me casé, me mudé a Medina y Alberdi. La plaza Unidad Nacional no existía. En una punta estaba el corralón de Acebrás; el resto, eran galpones de paperos y cebolleros; un lugar feo, espantoso. Había robos y una vez, un marinero baleó a la hija de un papero y se suicidó.

• Los vecinos tuvimos que luchar mucho para tener esa plaza. Me acuerdo de que lo pinchábamos a cada rato al intendente Schweiser para que terminara de construirla. El que diseñó la plaza fue el señor Cocchioni. Cuando plantamos los pinos, fuimos a buscar hojalata oxidada para abonar la tierra. También se plantaron 72 rosales, no quedó ninguno. Ahora me ocupo de cuidar una fuente de caléndulas y de regar las acacias.

• Cuando pusieron los juegos infantiles, con mi marido nos levantábamos de noche para alejar a los muchachotes que los rompían. Una vez, nos apedrearon todos los vidrios de la casa. Otra vez tuvimos que sacar corriendo a un circo. Lo hicimos echar porque estaban los animales sueltos arruinando la plaza ¡cómo iba a estar un circo en una manzana histórica!.

• Cuando sacaron el busto de Rosas- que estaba en San Martín y Urquiza – lo instalaron en una plaza de Santos Lugares. Fuimos a protestarle al intendente Di Cónsolo y lo hizo traer de vuelta a Caseros.

• Donde está ahora el Edificio Municipal estaba la casa del jefe de Vías y Obras, Domingo Ángel Buscarini. Ahí jugábamos a la pelota… nos mandábamos unos partidos bárbaros porque, eso sí, los deportes siempre me gustaron: practique natación, equitación, tenis, bochas, esgrima… dejé la esgrima porque mi hija, cuando me veía con la espada, se ponía a llorar. También jugué mucho al básquet en institución Sarmiento; el entrenador era Roberto D’Elía (ex intendente de Tres de Febrero).

• Yo quería ser escribana pero papá no quería que trabajase y me mandó a Corte y Confección porque decía que las mujeres tenían que saber coser. Me recibí de profesora pero le tengo bronca a la aguja. Siempre me gustaron los papeles y durante muchos años tuve una gestoría. También trabajé en la Caja de jubilaciones.

• Soy muy enérgica, camino y me muevo mucho, muy trabajadora; ahora tengo un quiosco y mi socio Hugo siempre me cacha con eso. Siempre tuve mucha fuerza. Recuerdo cuando papá le compró una cocina Volcán a Marisi y yo la levantaba del suelo. No lo podían creer.

• Además de manejar la locomotora, manejé tractores, un tranvía, coches, camiones, colectivos…

• Tuve una vida feliz. Caseros me gusta con locura… siempre dije que de aquí me van a sacar cuando este dura. Aquí tengo muchos conocidos, muchos. Una amiga me dice que a mí lo único que me falta es que me saluden las baldosas.

• Mi hija suele decirme: «Mamá ¿Cuándo vas a madurar?». Yo le digo: «Nunca, para no caerme del árbol».

La muy querida Amalia tuvo dos hijos – Mabel y Adrián – y cuatro nietos: Mariana, Luciano, Braulio y Lisandro. Como señalamos al principio de esta crónica, fue todo un personaje… un entrañable personaje. Falleció el sábado 6 de octubre de 2018, a sus 94 años.