Años ’90. En esta foto, aparecen, entre otros: El Cordobés Fernández, De la Cuesta, Rulo Tuñón, Millán, Frega, Moriso, Pereyra, Sardi, Valente, Naranja, Cordobesito, Casella, Añelo, Valina, Lechuga e hijo, Mingo, Paquito, Trencillo, Martín, Martela, Lalo García, Pepe Marchese

Fueron centenares (o miles) los vecinos que trabajaron en la VICRI, empresa de la que guardan los mejores recuerdos. Tras el cierre de la firma, sus ex empleados solían organizar concurridos asados para evocar ese tiempo de camaradería laboral, grata costumbre que con el paso de los años se fue perdiendo. En cierta oportunidad, fuimos invitados a participar a una de estas reuniones y conocimos algunos tramos de la trayectoria de la empresa. Esta vez, los muchachos se habían convocado en la sede del club Unión (Fernandes D’Oliveira, entre Esteban Merlo y Cafferata).

Todos habían trabajado en la Fábrica de vidrios planos y anexos VICRI, ubicada en Alberdi y Hornos. La costumbre de compartir un asado cada tanto – para mantener viva la camaradería – se inició apenas la empresa VICRI desapareció del mercado y sus empleados debieron buscar nuevos rumbos.

En los años ’40, la empresa que reinaba en el país , en materia de azulejos, era la VICRI (Vidrios Cristalizados). Sin vueltas. Y la VICRI levantaba su fábrica en nuestro Caseros.
El horno se encendió por primera vez el 15 de julio de 1941 y tardó alrededor de quince días en alcanzar la temperatura adecuada para empezar a funcionar.

Eran más de quinientos los vecinos que cada día se dirigían a la calle Hornos para cumplir su jornada laboral. Concurrían con la alegría de tener un trabajo; tal vez, gastándose bromas, hablando sobre familiares, sobre mujeres o discutiendo sobre fútbol o política (la mayoría, probablemente, apoyando a Perón; otros, probablemente, mascullando su oposición). Tenían trabajo, un buen trabajo. Un obrero de la VICRI podía mantener dignamente a su familia y hasta soñar con el techo propio. Había trabajo para los tres turnos. La demanda superaba largamente las posibilidades de producción. Por eso, cada pedido llevaba implícita una habitual demora. De un punto a otro del país, las cocinas y los baños estaban revestidos con azulejos VICRI. Blancos , celestes y verde clarito; de quince por quince.

Miguel Castronuovo trabajó en la firma desde mayo del ’43 hasta fines de la década del ’50… «rayando el ’60 que fue cuando se vendió la empresa», nos señaló nuestro vecino, ya fallecido, de la calle Caseros, entre Cafferata y Rebizzo. Miguel subrayó que “la materia prima para la fabricación de azulejos y placas de opalina era la arena diamante que la traían de Entre Ríos… cuatro o cinco camiones por día descargaban en la fábrica; el resto eran minerales que venían de San Luis, Córdoba que llegaba en vagones de ferrocarril que ingresaban directamente en la fábrica. Todo eso se molía y se le agregaban los químicos para darle color, en la sección Molienda y Material.     

Tras su paso por un horno que fundía a 1300 grados, la mezcla iba adquiriendo forma de azulejos, mediante sucesivos procesos, hasta que se clasificaban e ingresaban a la sección Embalaje. A partir de allí, el producto caserino se remitía a las latitudes más remotas del mapa argentino; incluso, se exportaron algunas partidas a Centroamérica.
“Favorecía que, por la guerra, no entraban productos extranjeros… La fábrica no paraba nunca porque había una demanda permanente”, precisó Castronuovo.

Los dueños de la empresa fueron las familias Thiferes y Locreille. “Uno de los Locreille se casó con una chica de Caseros y vivió, durante un tiempo, en los alrededores de avenida San Martín y Fischetti”, señaló Miguel, quien no pudo sustraerse a la nostalgia por aquellos años. “Había mucho compañerismo…cuando alguien se casaba se hacía una colecta para ayudarlo y éramos tantos que prácticamente se cubrían todos los gastos…lo mismo pasaba si alguien tenía algún problema, nadie quedaba en banda”.

Por supuesto, tampoco faltaban las broncas generadas por las agachadas, celos, torpezas, malentendidos… Pero casi nada sucedía que no se pudiera arreglar con un asado reconciliador en la vieja propiedad arbolada que la empresa había adquirido en Alberdi, entre Lisandro Medina y Kelsey (hoy, Murias).

La empresa también tenía una Asociación Mutual y Deportiva – inaugurada el 20 de diciembre de 1942 -en Urquiza y Andrés Ferreyra, donde actualmente se levanta una pinturería. También organizó disputadísimos campeonatos internos de futbol que se realizaban en la entrañable cancha de Vías y Obras.

La VICRI entró en declinación, a mediados de los ’50, cuando surgió la empresa San Lorenzo con una fabricación más moderna. Finalmente, fue la competencia de Opalinas Hurlingam que firmó la defunción de la fábrica de Caseros.