El siguiente artículo fue publicado, en 1978, en el diario «La Razón»

Una tradicional esquina de Caseros ha empezado a ser nostalgia. Ciertamente, parecía inevitable que el edificio del restaurante ubicado en San Martín y Fischetti tuviera que caer algún día bajo los golpes de la piqueta, ya que no se trataba de una construcción singular o valiosa desde el punto de vista arquitectónico, ni encerraba en sus recintos el recuerdo de hecho alguno extraordinario para los anales de la historia, general o lugareña.

La casa no sólo resumía los rasgos de las típicas edificaciones de comienzos de siglo, modestas pero muy espaciosas, sino que, por esto mismo y por aquella falta de méritos especiales, estaba condenada a la caducidad, y este fenómeno tal vez sea disimulable en otras partes, pero no en la zona de Caseros donde funcionaba el restaurante y bar «Los Pichones», una suerte de centro social y espiritual situado en medio de otro centro dinámico e impaciente de transformaciones, como muchos otros del Gran Buenos Aires.

Porque «Los Pichones» había llegado a ser casi una nota folklórica, una expresión antigua y cálida de la vida de esta barriada del partido de Tres de Febrero. Un periodista sagaz y ameno – Mario Carlos Ravbar– describió hace poco en El Matutino la silueta del local, “medio siglo – decía – de la pequeña historia del pueblo, escrita por cada uno de los parroquianos que en tan dilatado tiempo pasaron por allí».

También sugería en la nota que los muros parecían estar pidiendo la piqueta, pero no de modo que el lector desprevenido pudiese tener una demolición a corto plazo como ha venido a suceder. Valía la pena volver a la esquina acogedora. Algo se ha roto con la súbita clausura.

«Desde sus comienzos -sigamos al cronista- hubo clientes para todos los aspectos de este lugar múltiple: el bar para jugar a las cartas, el salón restaurante para comer realmente bien, la glorieta, la cancha de bochas. Cada ambiente era un pequeño universo aparte. Era raro encontrar un antiguo habitante de Caseros que no haya tenido su época de afición en este lugar de encuentro y comunicación».

Esto es, justamente, lo que ha desaparecido para todos cuantos -en especial, los jubilados- encontraron en esos ambientes la ocasión y el pretexto de comunicarse y de mantener encendida una tertulia para la pequeña historia cotidiana de Caseros. Los distintos dueños – Castro Hermanos, Burgo, un señor de apellido Nicola y más recientemente, Martín Hermanos– se parecieron en la virtud de atender el negocio en forma tal que «el único dueño permanente -dice el cronista- fuese el pueblo».

Es decir, «Los Pichones» conservó su personalidad a través de los años. Las canchas de bochas y de bolos atrajeron siempre gran clientela. Aun se rinde honor a las habilidades de varios jugadores que alcanzaron renombre en numerosos certámenes: «Perita», que provenía de Villa del Parque, el campeón local “Taita Manduca” y el célebre «Rosarino», todos ellos con legiones de admiradores. Los espectáculos artísticos no formaron parte del programa oficial, pero a veces surgían espontáneamente entre las familias y los parroquianos reunidos en el bar o cerca de la parrilla: los testimonios de más larga data se refieren entre otros, a un joven llamado Angelito, cuya hermosa voz – silenciada por una muerte temprana – resonó muchas noches de verano en la glorieta.

Los recuerdos no hablan de políticos, artistas o deportistas famosos, pero «Los Pichones» congregó siempre a vecinos muy caracterizados y trascendió por la respetabilidad de sus reuniones.
El hospitalario restaurante de Fischetti y San Martín -donde los jubilados constituían la única comunidad a la que se consentía en su derecho a permanecer horas y horas jugando a las cartas, con la sola consumición de un café o un vaso de vino- ya es un hueco en la vida menuda de Caseros.

Nota de redacción: Antonio Carrizo fue habitué de Los Pichones.

En la foto que ilustra esta nota, tomada en los años ’50, aparecen Pedro El Ruso, Ramón Turco Romero, Miguel Chacarita, Negro González, El Loco Felipe, Carlos Alonso, Anacoreto Beltrano y Biyuya Marcolini, en la cancha de bochas.