Cuando Armando Antonio Venanzi tenía apenas veinte años, un desprendimiento de retina lo cegó para siempre. Todo lo que palpitaba en su mirada se convirtió en una sombra interminable. Jamás volverla a ver el rostro de sus padres, su calle Hornos de siempre o el amanecer en Caseros.

El golpe fue duro, injusto… aniquilaría al más fuerte y (tal vez) lo llevaría a transitar en la compasión ajena. Pero Armando eligió el camino arduo y rasgó las tinieblas a fuerza de coraje; utilizó las armas legítimas del orgullo para construir un sendero de realización personal. Y lo hizo, vaya si lo hizo.

Cuando lo entrevistamos, Armando tenía 65 años y coincidía en que el destino le había jugado una baraja fatal, pero concedía a la vez que él se plantó y le ganó la mano. De prepo, nomás.

– Yo tenía un presentimiento de que iba a perder la vista. Caminaba por Caseros e intuitivamente me decía: «Esto no lo voy a volver a mirar». Al poco tiempo, sufrí un desprendimiento de retina, y en 45 días me transformé en un no vidente.
– ¿Sintió resentimiento?.
– No, porque mi primera reflexión fue que nadie tenía la culpa de lo que me pasaba. Miré para adelante. Ni siquiera me preocupé por saber si era un problema hereditario. Además de absurdo, averiguar esas cosas no me serviría para nada. Sólo pensé que era una situación para que yo demostrara la solidez de mis principios.
¿Cuáles?
– Yo creo que el amor propio, el orgullo o la recta ambición si se los encauza positivamente son elementos de una dinámica formidable. A mí, me levantó mi amor propio y mi amor por la vida.
¿Vivía con su familia?
– Sí, y mi primer problema fue justamente liberarme de la protección familiar. Lógicamente, comprendí la sobreprotección, pero también entendí que puede perderse la vista pero no la hombría ni la dignidad. No quería vivir a expensas del amor de los míos… pero ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?. Comencé a acostumbrar a todos a iniciar un nuevo camino para que me dejaran superar mi carencia. Yo quería ser del elenco útil de la casa. Me dolía enormemente despertar a las cinco de la mañana y escuchar que mi hermana se levantaba para ir a trabajar y yo permanecía en la cama. Me dolía en mi dignidad. Y eso también me empujó porque ¿Qué futuro tenía yo? Siempre creí que la vida nos ofrece todo, pero hay que merecerlo. Me propuse transformar la compasión que me podía brindar la sociedad por un sentimiento de admiración. Siempre es más digno que a uno lo admiren y no que lo compadezcan.
– ¿Cuáles fueron sus primeros pasos para manejarse de manera autónoma?
– Aprendí el sistema Braille y entré a un instituto de rehabilitación que había en San Isidro. Pero antes de internarme tuve que acostumbrar a mi madre a mi ausencia. Tuve que hacer un trabajo de gota de agua hasta que reparé que no sufriría por mi desprendimiento. La idea de ella era que, al verme disminuido, estaría expuesto a peligros y malas atenciones. Cuando logré lo buscado, me interné en el instituto. De aquel tiempo, tengo una anécdota. Mi hermano me llevaba los lunes por la mañana y me traía los sábados por la tarde. Yo no quería que el fuera y viniera, lo consideraba un sacrificio. Un día, avisé que no me fuera a buscar porque pensaba quedarme hasta el domingo. El sábado a la tarde dejé, por mis propios medios el instituto, tomé el colectivo 4 (actual 304), me bajé en San Martín y De Tata, y me largué a la odisea de llegar, sin bastón, hasta mi casa en Hornos, entre Sabattini y De Tata. Cuando llegué se armó una conmoción.
– ¿Por qué no usa el bastón blanco?
– Por un lado, porque sin él trabajan más los reflejos: hay que usar la presunción, la intuición y la deducción. El otro motivo era que, por ser jovencito y soltero, lógicamente gustaba de la companía femenina. Deduje entonces que podía haber señoritas susceptibles a las actitudes de la gente. Porque eso yo lo vi: se mira al no vidente, se mira al acompañante, se vuelve a mirar al no vidente y se hace un gesto de cabeza como diciendo «¡pobre!». Entonces, me acostumbré a caminar sin bastón y creo que no estuve equivocado. Porque, además, evité la indiscreción de la gente.
– ¿A qué se refiere?
– Aprendí que es más favorable pasar inadvertido… ¡a veces se escucha cada cosa!. Hay gente que piensa que el no vidente también es sordo o que está en otro mundo. Yo he escuchado decir: «Pobrecito… yo si perdiera la vista me mato». Con esto quiero dar un ejemplo de las cosas que se escuchan.
– Pero al no usar un bastón que lo identifique… ¿Cómo hace, por ejemplo, para cruzar la calle?.

– Bueno, no hay que olvidar que hay una disminución física y es necesaria la ayuda de los demás. Nos movemos en un mundo que está hecho para los cinco sentidos. Así que simplemente pido: «Señora, me ayuda a cruzar la calle» o» Señor,me indica cuando viene el colectivo.
– De acuerdo… pero ¿Cómo repara en que hay alguien cerca de usted?.
– Ahí está la astucia del ser humano en encontrar elementos que le sirvan. Por eso, antes hablé de la capacidad intuitiva, deductiva y presuntiva. Un carraspeo, un perfume, unos pasos… permiten no sólo adivinar la presencia de una persona sino, además, individualizar su sexo. Todo esto sirve para movilizarme y no olvidemos que yo viajo solo.
– ¿Dónde trabaja?
– Hace veintiséis años que comparto la atención de un kiosco en la Facultad de Ciencias Económicas. De esta forma, logré mi independencia económica que es, para mí, la madre de todas las libertades. Eso no quiere decir que el dinero me da derechos sino que me sirve para cumplir con mis obligaciones de ciudadano. Por ejemplo, al pagar el pasaje en los medios de transporte, puedo hacerme respetar y hacer respetar a los demás. De lo contrario, si no pago el boleto y defiendo al chofer, algunos dirán: «Claro, si viaja gratis». Y si defiendo a los pasajeros, el chofer podría decir: «Cállese, que usted viaja gratis». Es cruel, pero cierto.
– Usted es orgulloso…
– Muchas veces me dijeron: «Vos sos un orgulloso, un soberbio…». Yo les respondía: «Déjenme con esa soberbia que no es soberbia para despreciar a nadie». Este orgullo, esta vanidad, es lo que me lleva adelante, me mantiene en pie. Este orgullo es el que me permite luchar por mi independencia económica y llevar, por ejemplo, a mi esposa (Pura) de vacaciones. El que yo no pueda ver no quiere decir que ella no tenga que disfrutar de lo que pueda ver. Además, yo disfruto de otras cosas.
– ¿Cuáles?
– De saber que alguien está feliz de la companía de la gente y también, de las influencias telúricas que, a veces, se desvanecen en el encandilamiento de la vista.
– ¿Por ejemplo?
– Hace poco estuve en Usuhaia frente a los glaciares. Se me erizó la piel porque sentí la magnificencia de la fuerza cósmica, fue una sensación inolvidable.
– Que, tal vez, alguien con sus sentidos intactos no la percibe…
– Es posible, pero atención! quiero a esta altura hacer una aclaración que confieso con sinceridad. No estoy contento por no poder ver. Me las aguanto sin resentimiento, ni reproches y sin usufructuar la beneficencia de la sociedad. Pero si a mí me dieran a elegir cinco años de vida con vista o treinta sin vista, elijo lo primero. Estoy en esta ubicación, me duele no ver: pero si no hay otra posibilidad ¿qué puedo hacer?.
– Conformarse…
– No, yo no tengo una filosofía conformista pero si de comprensión. Si yo fuera conformista, no sería lo que soy.
– Al ser no vidente… ¿Es mayor el temor de que pueda quedarse solo en el futuro?.
– No, además, como el temor no sirve para vivir, trato de no darle consistencia, yo tengo una profunda fe. Pienso siempre, un poco metafóricamente que nunca estoy solo, ni voy a estarlo, ya sea por convivir o por companía espiritual.
– Sé que es compositor musical …
– Sí… me siento consustanciado con la noche: hasta me atrevo a decir que siento vibraciones especiales. A veces, me despierto a In madrugada y ‘tengo’ una melodía. Todas mis creaciones son espontáneas. Una vez, Waldo Belloso – cuando era pianista de los Hermanos Abrodo – me dijo ‘¿Por qué no hacemos algo juntos?’. Le respondí que sí pero que no me pusiera fecha. Y una noche surgió el tema que luego lo grabaron ‘Los Fronterizos’. Se llama ‘Destino de zamba y noche”; Waldo es el autor de la música y yo, de la letra. Uno de los primeros que la escuchó fue Antonio Carrizo cuando vivía acá nomás, en Hornos y De Tata. También grabaron interpretaciones mías Juan D’Arienzo y ‘Los nocheros de Anta’, entre otros
– ¿Con qué tema musical se siente más identificado?
– Puede ser con la zamba ‘Desde mi noche’. Pero me inclino mucho por las milongas que compuse. Tal vez, porque como decía Yupanqui, ‘ la milonga es buen pretexto para decir cosas’

«CUANDO EL HOMBRE QUIERE, PUEDE»

“Mi padre me acostumbró desde chico a ir solucionando los problemas de la casa. Eso me llevó a la convicción de que uno tiene que cuidar su casa como cuida su físico. Y así, las cosas se disfrutan más porque uno las arregla. Cuando perdí la vista, me esforcé para encontrar la forma de seguir haciendo cosas. Cuando se construyó la casa, yo dirigí la obra. A pesar de no ver, me encargué de la compra de materiales y de contratar a los albañiles, al plomero, al azulejista, al parquetista, al cementista. Cuando estaba el encofrado listo para hormigonar, con la ayuda de mi mujer, subí al techo y distribuí los caños de luz dejándolos preparados con sus correspondientes bajadas. Cuando levantaron as paredes, con un cortafierro y una maza hice las canaletas para pasar los caños y para los tomacorrientes Todo lo que se ve en este ambiente (el comedor) fue colocado por mí. Esas cortinas de tela, la persiana de madera, los zócalos, los vidrios de la ventana, todo lo coloqué yo. También arreglo las llaves de luz, las canillas, los desperfectos de la plancha… a las cerraduras las desarmo y las vuelvo a armar, al automático en el tanque lo instalé yo, los mosquiteros están hechos por mí. Y me siento muy contento de poder hacer estas cosas siendo no vidente porque de esta forma es más mía la casa, no en sentido posesivo, sino que la siento algo mío. Esto lo cuento, aunque parezca egolatría, para confirmar que cuando el hombre quiere, puede”.

Armando Venanzi falleció el 3 de mayo de 1993. Tenía 70 años.