DECADA DEL ’50. ANTONIO, PIO Y ROMUALDO GAMMAROTTA, PARADOS SOBRE EL TECHO DEL BAÑO (UBICADO FUERA DE LA CASA) SE ASOMAN POR LA MEDIANERA. EL VECINO LES SACA LA PRIMERA FOTO DE LOS TANITOS RECIEN LLEGADOS A LA ARGENTINA. ANTONIO SIGUE VIVIENDO EN CASEROS, ES EL CONOCIDO PLOMERO Y GASISTA QUE VIVE EN LA CALLE MORENO, ENTRE OLAVARRIA Y PRINGLES.

PÍO GAMMAROTA (69) tenía sólo cuatro años cuando llegó a Caseros, junto a su madre y sus tres hermanos. Aquí los esperaba su padre quien había partido desde Buonalbergo (Italia) – el pueblo natal de la familia – tres años antes, con el ánimo de «hacer la América».

Corría 1954 y los Gammarota se radicaron en la calle Esteban Merlo, entre Fernandes D’Oliveira y Caseros donde comenzaron la transición entre su lugar de origen y este rincón del mundo.
Vivió su infancia y juventud en este barrio que le abrió los brazos como a tantos otros de sus paisanos. Luego, la vida lo llevó por otros destinos. Tenía 29 años cuando se casó con Stella Maris Herrera, en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes. El matrimonio -que tiene dos hijos y un nietito – se asentó en la Ciudad de Buenos Aires.

Pío – quien es sociólogo y psicólogo social y fue docente de la UBA – siempre tuvo latente a su Caseros inicial y escribió «Buenos Aires no es un paraíso» (ed. textos intrusos), libro donde evoca su niñez. Tiempo igual al de otros chicos del barrio pero también distinto por su origen italiano y por su acento que pendulaba entre el que escuchaba en las veredas caserinas y el cocoliche que rebotaba en las paredes de su casa. 

En el prólogo de «Buenos Aires…», Pío avisa: «… Creo que a vida debe ser comprendida hacia atrás para poder ser vivida hacia adelante. Ese pasado lo fui armando como un rompecabezas con piezas que no siempre encajan. Incluso, algunos espacios quedan vacíos. Esos espacios entre el recuerdo y el olvido lo terminan ocupando otras voces y las fantasías. No hace falta encontrarnos con el chico que fuimos, lo que sería imposible, sino ser tolerantes y piadosos con el recuerdo del pibe que sigue dentro de nosotros, cerrar los ojos y acompañarlos».

Con prosa amena, Gammarota describe la añoranza eterna de sus mayores, su hogar, el almacén de Manolo, los vecinos, sus hermanos, las travesuras, su tiempo escolar, el Jota Jota, las vías del tren, los fuccile familiares… Desliza sus recuerdos hasta que en el último capítulo, Pío se aleja de Caseros y evoca la visita, junto a su esposa y a sus hijos, a su Buonalbergo natal.

En el final de «Buenos Aires…», se lee: «… EI último día en el pueblo, después del desayuno, se acercaron todos los primos y tíos, nos abrazamos, nos dijimos ‘arrivederchi’. Los invitamos a venir a la Argentina, les ofrecimos nuestra casa. Nadie se comprometió. Nunca supe lo que había ido a buscar. Quizá a verificar cuánto había de cierto en los relatos escuchados en casa. Seguramente vimos cosas de las que recuerdo y recuerdo más cosas de las que vi. En los cinco días en aquel pueblo, fui aceptando las cosas como son: yo era y no era parte de todo eso».