Los ladrillos -amasados a barro y sol- se apilaban unos sobre otros para cobijar el hogar ubicado en Spandonari y La Merced. El patio estaba fresco y perfumado a fuerza de madreselvas, glicinas, santaritas, flores de ángel, trompas de fuego…

Las gallinas cacareaban alrededor del viejo horno respondiendo al gorjeo de los jilgueros y los cabecitas negra. Los techos altísimos daban sombra al interior sabiamente oscurecido para negarle la entrada al calor. La casa era un rincón apacible que invitaba a los gestos serenos.
Sólo el ruido de los coches recordaba que afuera corría la actualidad. En ese rincón de Villa Mathieu, cargado de tiempo, vivía el Mingo y la Chola.

Corrían los ’90 cuando Domingo Carlos Monti nos contó que había nacido en 1911 y que era de cuna porteña pero no tenía cinco meses cuando “mi familia se mudó para acá. Fuimos los segundos en habitar este lugar, los primeros fueron los Pérez. Éramos doce hermanos y mi papá se dedicaba a la construcción”.

La infancia de Mingo lo encontró en un Caseros que se multiplicaba en baldíos, lagunas y cielo. Un melancólico farol -que incitaba a los grillos- iluminaba apenas la esquina caserina. Los vecinos se movilizaban a caballo o en carro. Su padre trazó un camino de carbonilla que se extendía por «Loubet, Moreno, Hornos hasta las vías, con la finalidad de llegar a la estación».

«Nuestra Señora de La Merced se llamó Alvear y luego, Uruguay; Spandonari era Loubet… Fui, hasta tercer grado, a la escuela 21, que estaba en Puan, entre Loubet y Roosvelt… la maestra era la señora Recalde. Mi papá me sacó para ponerme a trabajar ¿¡Para que quería más estudios!?…», detalló Mingo. Y era el trabajo – quizás más que la escuela- lo que encaminaba a los muchachos de entonces. Comenzó ayudando a su padre hasta que -para sus años mozos-aprendió el oficio de yesero.

A Mingo, le gustaba «empilchar bien». Sombrero riguroso, corbata «hasta para ir a trabajar y ya a mis diecisiete años me hacia los trajes a medida en lo de Giacumini».

LA COLIMBA

«La hice en el Chaco paraguayo -como camillero-para socorrer a los heridos de la guerra entre Bolivia y Paraguay. Allí estuve durante siete meses, la temperatura pasaba los cuarenta grados. Cuando nos mandábamos una macana, nos ponían en un carro al rayo del sol. Allí, conocí a los indios matacos que vivían en una especie de chozas de paja. Eran buenas personas. Cada tanto, les llevaba pan; los chicos salían desnuditos de las chozas, me sacaban el pan de la mano y se iban corriendo para adentro. De vez en cuando, bailaban -a los saltos- unas danzas… no les gustaba que los miráramos y se escondían. Pero, nosotros, igualmente los espiábamos. En ese lugar, tomábamos mucho tereré…».

BAILARÍN, PICAFLOR Y… APARECIÓ CHOLITA

Una de las pasiones de Mingo era entreverarse en las milongas de rompe y raja que se organizaban en «el club Nacional (actual América), El Triunfo o el Villa Mathieu que estaba en Esteban Merlo y Roosevelt… el presidente era Cati Goytia. En estas veladas tocaban «Los Grau», «Los Crespolini» y se bailaban rancheras, valses, tangos y pasodobles.
También «a esos clubes, iban a bailar los Dimeo, Andrea, Giuliano, Rinaldi…»
Además de bailarín, el hombre tenía alma de picaflor y tanto la pinta como el empilche lo ayudaban en sus pretensiones. Más de una pollera provocaba sus requiebros y se las daba de ganador. Sin embargo, por esas cuadras merodeaba Elida «Chola» Cattáneo quien, con sus quince años, «era linda y trabajadora» y… Los jóvenes comenzaron «a afilar».

«Al principio nos tratábamos de usted; íbamos al cine Paramount, al Luchetti, al Salón Caseros…».

Se casaron en 1936 y por supuesto, los cobijó la casa de las madreselvas que iluminaban con faroles a carburo y lámparas a kerosén. La cocina económica a leña, calentaba la sopa y se quitaban las arrugas con la plancha a carbón. Dominaba el fondo del terreno el obligado gallinero y, más acá, la pileta con la tabla de lavar la ropa.
La casa tenía un local que les fue alquilado a conocidos carniceros como «Lavalle, Dante, Cid, Rego, Traverso…».

Los Monti tuvieron dos hijas: Hilda Nélida y Lucía Teresa, quienes ensuciaron sus rodillas infantiles corriendo por el patio de malvones y helechos, de la higuera y la parra…

«Para carnaval, las llevaba en el sulki al corso de Villa Pineral; una vez, con sus amigas, se disfrazaron de muchachos y les decían piropos a las chicas; yo pasé un calor».
Más adelante, vinieron los novios que se hicieron yernos y sumaron nietos y biznietos. La casa, siempre la casa fue escenario de innumerables fiestas familiares.

«Es una casa vieja de corazón grande»

Los vecinos entraban sin golpear y la puerta de calle – de alambre -apenas si, de noche, se trababa con un palo de escoba. Los años fueron pasando en el hogar de los Monti, quienes entrevieron el progreso más por el lado de los afectos que por la acumulación de objetos.
«Eso sí, la heladera Siam 90, que todavía tenemos, fue la segunda del barrio». Hecho que, sospechamos, habrá surtido de los primeros cubitos a los vecinos de los alrededores.

Cuando entrevistamos a Monti -quien fue muy fana de San Lorenzo- luego de la siesta rigurosa, arremetía con furibundas partidas de truco que protagonizaba junto a «Godoy, Cacho, Oscar y Marinoni…». Era emotivo y de lágrima fácil cuando algún recuerdo le hacía cosquillas en el alma. Pero en cuanto la Chola se ponía a su lado parecía que todo, todo volvía a estar bien.

Nos fuimos y allí quedaron los tres: Mingo, Chola y la casa de viejos ladrillos. Juntos, muy juntos. Como antes, como siempre.

Ni siquiera el flamante edificio podrá hacerlos olvidar.