Corría 1924 y Lucas Liberato Salazar pisó estas pampas con ganas de «hacer la América». Portaba apenas 15 años y allá en España, había dejado atrás su pago natal: Orduña, pueblo serrano que también supo ser cuna de don Juan de Garay.

El españolito fue recibido aquí por sus hermanos – León y Emiliano – quienes lucían sus estampas tras los mostradores de las tiendas «Gran Barato Roma», cadena de locales que tanto se especializaba en tiradores y sombreros «rancho» como ligas para medias u otros artículos tanto para damas como para caballeros.

«Fui a trabajar como cadete en la sucursal de Cañada de Gómez (Santa Fe) donde mi hermano León era el encargado», recordó Lucas cuando lo entrevistamos.
Sus primeros tiempos en los pagos santafesinos le provocaron cierta urticaria pues le dolía inclinar su honor ante las imaginables cargadas pueblerinas.

CARGADAS CAÑADENSES

«Me tenían loco con el «gallego de aquí, gallego de allá»; una vez a uno lo corrí a escobazos y a otro le partí media docena de copas en la cabeza… Como lo primero que aprendí fue a decir malas palabras, tampoco me quedaba atrás en los insultos».
El muchacho, convengamos, era algo leche hervida.
«Una vez iba caminando y me mojaron de un baldazo… me agarró tanta bronca que la chica que me empapó, al verme la cara, salió corriendo; claro, era carnaval y yo desconocía las costumbres… de la rabia me puse a saltar arriba del balde hasta que lo dejé todo abollado».

En otra oportunidad, le pusieron huevos en el sombrero «y cuando me lo coloqué se rompieron sobre mi cabeza».
El lector sospechara que Lucas sólo guardababa recuerdos ingratos de su pasaje por Cañada de Gómez.
«Todo lo contrario, allí viví casi diez años y todavía tengo amigos de esa época. En Cañada, jugaba mucho al futbol y pasé una etapa muy linda… lo de las cargadas, bueno, yo también las hacía. Pero, en general, allí pase unos hermosos años».

CASEROS

En 1933 arribó a Caseros donde ya su hermano Emiliano se ocupaba de confeccionar ropa de trabajo.
«Emiliano iba a la feria con el centímetro y ahí mismo -de parado, nomás- le tomaba las medidas a los feriantes para hacerles la ropa».

«Me instalé en una piecita de la calle Bonifacini… recuerdo que me gustaba empilchar bien y tenía la costumbre de lavarme los trajes y tenderlos en la azotea; enfrente, vivían unas señoritas que tenían buen concepto de mí porque decían que era ordenado y trabajador».

A milonguear iba a «la pérgola del Jota Jota, Institución Sarmiento, Villa Pineral, El Zonda y, en especial, a los bailes vascos del centro…«.

A capa y espada, el español defendió su soltería hasta que claudicó ante los encantos de una piba de Villa Pineral – Ana Buzeta– sobrina nieta de Angel Villoldo, el autor de «El Choclo».
Dos años de afilar y en la desaparecida capillita de madera – ubicada en Alberdi y Curapaligue- la señorita alargó su apellido.

«Mi suegro -don Isidro- fue compañero de Angel Gallardo y Carlos Pellegrini. También fue dueño de casi la mitad de Campo de Mayo… se lo expropió el general Roca».

El flamante matrimonio alquiló una pieza y cocina en Moreno y 3 de Febrero… «el baño estaba tan alejado que cuando llovía, teníamos que ir con paraguas».

Junto a sus hermanos, inauguró la tienda «El Basko», en 3 de Febrero y Mitre.
«Como sería Caseros que desde esa esquina uno miraba hasta El Palomar o Ciudadela».
«Yo hacia el corretaje y ellos atendían el negocio… Emiliano era muy emprendedor; una vez se le ocurrió hacer un agujero en la vereda y plantó un muñeco con un mameluco ¡Cómo llamaba la atención! Los vecinos se paraban para hablar con el maniquí».

De a poco -como antes sucedían las cosas- y con mucho trabajo, los hermanos se fueron consolidando.
«Para mí es cierto eso de que «el trabajo es salud»…Creo que hay un tiempo para todo; yo, a pesar de trabajar mucho, no me privaba de ir a la cancha o con mi esposa al cine Urquiza o a Liniers».

Cuando le hicimos esta nota, Lucas Liberato andaba por sus 84 abriles. Delgado, sopero y frugal, le gustaba todavía manejar el centímetro y la tijera. Seguía activo, chinchudo y discutidor «aunque ahora un poco menos» y si bien siempre se destacaba por su laboriosidad, también hacía gala de honestidad.

Una vez por semana le gustaba escaparse hasta el Jota Jota para jugar a las barajas y no se perdía partido del Deportivo Español. También le gustaba fumar unos puchos a escondidas de su esposa quien, en este aspecto, lo marcaba a presión.

Lucas es también todo un capítulo en el libro caserino de todos los tiempos.