Integró de una de las familias más tradicionales de Caseros. A lo largo de sus 104 años (falleció el 4 de diciembre de 2015), siempre vivió en nuestro barrio.

Su vida (la entrevistamos cuando cumplió sus 90 veranos) fue de mucho, mucho trabajo.

Lo dijo amablemente – toda ella era amable – pero tajante. Ser la menor de los diez hermanos Buffoni le generó mimos querendones pero, a la vez, el cargo de chica de los mandados. Sea tanto para facilitar trámites a los hermanos, ayudar a cuñadas o atender a sobrinos (fue tía desde siempre) inmediatamente surgía el «andá, Rosa». Y allí iba, obediente, chapoteando el barro caserino.

«Había tanto barro en Villa Pineral que, cuando íbamos para el centro de Caseros, me llevaba un par de zapatos de repuesto para calzármelos cuando llegaba al adoquinado», detalló.

Los Buffoni vivían en la calle Angel Pini, entre avenida San Martín y 3 de Febrero. Vivienda sencilla, la única de los alrededores, construida con chapa, madera y piso de tierra que se regaba y barría prolijamente.

«Por el frente de casa corría un zanjón que tenía un metro de profundidad… cuando llovía parecía un río. Uno de mis hermanos cayó ahí y lo salvaron de milagro», recordó.

Papá, don Luis, era un esforzado trabajador del horno de ladrillos de Bergani. Cuando volvía de trabajar, se ocupaba de la quinta donde tenía plantado de todo… «en casa, jamás se compraba verdura o fruta porque mi papá, ayudado por mis hermanos, había extendido la quinta hasta casi ocupar toda la manzana».

Mamá, Carolina Cartabia, fue evocada por Rosa como una laboriosa ama de casa que jamás descansaba: cosía, cocinaba, limpiaba, fregaba, planchaba, ayudaba con las tareas escolares, recogía yuyos para socorrer las nanas de sus hijos…

Eran, Luis y Carolina, italianos; ella, de Turín; él, de Milán.

 Le preguntamos a Rosa:

– ¿Cómo hacían sus padres para poner orden entre sus diez hijos?.
– Papá jamás nos pegó… le bastaba con abrir los ojos para que todos dejáramos al instante de hacer bochinche… Si, además de abrir los ojos, decía chidento de un boia (jamás supe qué significaba esa frase) daba a entender que estaba muy enojado.
– ¿Y mamá Carolina?.
– Ella, cada tanto, nos cascaba un poco… con la zapatilla nos daba en la cola… jamás en la cabeza… con dos chancletazos en la cola, alcanzaba.

Ya jovencita, Rosa fascinó a un españolito entrador, Manuel González, que vivía sobre avenida San Martín. Para militar en la condición de novio, Manolo , quien era repartidor de almacén, debió cumplir los siguientes requisitos:
• Presentarse en la vivienda de la calle Angel Pini, con un ramo de flores y las piernas temblando, para solicitar lo mano de su pretendida asegurando día y hora de casamiento. Nada de andar calentando sillas.
• Sin chistar, acatar las directivas de sus futuros suegros: visita de novios, los jueves y domingos, con despedida en la puerta que no se extendiera por más de cinco minutos.
• En caso de invitar a su novia al cine, concurrir acompañado por un hermano o sobrino.

En menos de un año, el padre Brendel, párroco de Nstra. Sra. de La Merced, bendijo el matrimonio Buffoni-González.

Al poco tiempo, la pareja inauguró una carnicería en Mitre y Spandonari. Más adelante, instaló una lechería La Martona en la calle 3 de Febrero, entre Rebizzo y Parodi.

Rosa siempre acompañó, codo a codo, todos los emprendimientos generados por Manuel. La pareja no tuvo hijos pero sí sobrinos a granel.

«Mi esposo falleció hace unos años y me quedé sola… claro, relativamente sola porque somos una familia muy grande… me vine a vivir acá, a Cavassa y Parodi, con mi hermana Carolina que falleció hace poco… ahora estoy con mi sobrina Ángela, la hija del lechero Lorenzín«.

Entre otros recuerdos, Rosa dejó caer los siguientes:
• A mis ocho años, en 1922, fui a primero inferior de la escuela Angel Pini. La directora era la señora Bruzzone y mi primera maestra fue la señorita Fracueli que venía a trabajar, desde Ramos Mejía, en sulky… algunos de mis compañeritos fueron Celeste Cruci, Pereda, Tarco, Provelaire, Palotta, Ania, Grisolía, Siorio, Abruchece… fui hasta tercer grado y después me dediqué a trabajar en casas de familia o ayudando a mis hermanos y cuñadas.
• Villa Pineral era tan oscuro que, cuando volvía de trabajar, de noche, alguno de mis hermanos me iba a esperar, con un farol, en Mitre y 3 de Febrero, para acompañarme hasta casa.
• Durante mucho tiempo, mi hermana Carolina y yo, la hinchábamos a mamá para que nos agujereara las orejas para ponernos aros. Nos puso un corcho entre el lóbulo y la cara y con una aguja quemada hizo el agujero; después, atravesó un palito de orégano hasta que cicatrizó la herida… ¡Ay, cómo dolió!.
• Los corsos eran hermosos… pasaban, adornados, todos los carros del barrio… las chicas les dábamos, a los muchachos, ramos de flores y ellos nos entregaban muñequitos. Sobre la calle Valentín Gómez se colocaban palcos. Después del corso íbamos a bailar; me gustaba el tango, el pasodoble, el vals…
• El primer colectivo que conocí fue un auto, un Studebaker que manejaba un tal Siarrita o Sierrita, que iba desde la estación hasta Villarino (actual Lisandro de la Torre) y Carlos Tejedor.