Aquel 2 de mayo de 1982, Margaret Thatcher dio la orden aterradora: “¡Hundan al Belgrano!”.

Minutos después, murieron 323 soldados argentinos.

En ese mismo crucero, en ese mismo instante que dos torpedos lo perforaban, estaba a bordo nuestro vecino Hugo Alberto Ruipérez.

Para él, nada volvió a ser igual. Nada. Su historia quedó marcada para siempre cuando a las cuatro de la tarde de aquel domingo, el primer torpedo inglés impactó en la proa del crucero General Belgrano.

Hugo – vecino, por entonces, de Mitre y Andrés Ferreyra, ex alumno de la escuela 45 y del Mariano Moreno (De Tata, entre Curapaligue y Murias – tenia dieciocho años y todos los sueños, las ganas de vivir.

Pero Argentina estaba en guerra y estaba cumpliendo con su servicio militar a bordo de la nave que surcaba las aguas heladas del Atlántico sur.

Cuando el inmediato segundo torpedo perforó la popa, el muchacho de Caseros quedó envuelto en uno de los episodios más dramáticos de la historia de nuestro país y de cara a la muerte que se llevaba, en apenas instantes, a decenas de compañeros con quienes acababa de compartir un mate, una cargada, un recuerdo de la novia que esperaba en tierra.

Hace un tiempo, Hugo nos relató lo siguiente:

El 2 de abril del ’82, yo debía salir de baja después de pasar catorce meses en la marina. En esos días, ya vestíamos de civil y, como de costumbre, cargábamos a los pibes nuevos de la clase ’83.

De repente, nos ordenaron que volviéramos a retirar los uniformes y nos dijeron que se anulaban las bajas y se cortaban los francos. Dejamos de contactarnos con nuestros familiares. Cuando preguntamos el motivo, nos respondieron que entrabamos en conflicto con un país pero no nos dijeron cuál. Sospechábamos que el problema era con Chile… después, nos enteramos que era con Gran Bretaña.

– Hice prácticamente toda la colimba a bordo del General Belgrano. Al principio de la guerra, por razones tácticas, estuvimos varados en Puerto Belgrano hasta que a mediados de abril recibimos la orden de zarpar. Recuerdo que ese día fui con mis tres mejores amigos de la colimba, mis compinches, a la cantina, y nos tomamos todo… juramos volver. De los cuatro, volvimos dos.

El crucero zarpó y empezamos a recorrer el Atlántico. Presentíamos que algo iba suceder… estaba en el aire. Entre nosotros, nos hacíamos cargadas de humor negro; organizábamos una especie de Prode en donde marcábamos en qué lugar del barco iba a entrar el primer torpedo. Es decir, teníamos un montón de señales que indicaban que algo iba a ocurrir.

– Teníamos miedo pero no lo demostrábamos, lo ocultábamos, hacíamos chistes, nos reíamos… Después que se nos pasó la bronca porque se nos había anulado la baja, empezó a embargarnos un sentido patriótico. Unos días antes del hundimiento, el comandante nos dijo que a partir de ese momento, nada sería zafarrancho… todo iba a ser real.

Ese domingo, salíamos de la zona de exclusión… eso lo puedo asegurar porque hasta pocas horas antes habíamos estado en nuestro puesto de combate. Eso significaba que estábamos patrullando en la zona de exclusión o estábamos cerca. Pero ya nos habíamos retirado y nos habían dado permiso para descansar.

– Yo me había quitado la ropa de combate y estaba vestido nada más que con un pantalón y una camiseta de mangas cortas, la ballenera. Estaba mufado porque me tocaba hacer guardia… y eso fue lo que me salvó la vida porque de los que se fueron a dormir no se salvó ninguno. Yo estaba tomando guardia, al lado del radar, a las cuatro de la tarde y, de repente, sentí que… cómo lo puedo explicar… el primer impacto fue en la proa y fue como si me hubieran levantado del piso… pensé que habíamos chocado con algo… algunos se dieron cuenta que fue un torpedo porque alcanzaron a escuchar cuando el vigía gritó: «¡Torpedo por la banda de babor!». Después, con diferencia de segundos, otro torpedo impactó en la popa y ese lo sentimos más porque rajó el buque de punta a punta, de atrás hacia adelante, y lo dejó sin energía. Se escuchaban gritos… el fósforo que despedía el torpedo iba incendiando todo a su paso… ahí fue cuando murió la mayoría de mis compañeros que estaban descansando abajo.

– Salí y respiré aire frío, reponiéndome del sacudón; el mar estaba embravecido con olas de diez metros de altura. Tratamos de socorrer a nuestros compañeros pero el fuego nos limitaba… tocábamos la cubierta y parecía recién salida de la fragua… el calor cortaba el aire… sentíamos que se nos quemaban los pulmones. El torpedo también largaba un gas amarillo que nos atontaba… esa es la gran impotencia que hasta el día de hoy no podemos olvidar… porque quizá a dos metros de nosotros podíamos salvar una vida pero nos confundían los gritos, las cosas que se desmoronaban, el humo, la oscuridad y, también, por supuesto, influía en nosotros el instinto por sobrevivir… casi ahogados, volvimos a subir…

– Por mi cabeza, empezó a pasar «la película de mi vida», pensaba en mis familiares, mi novia, mis amigos… pero empecé a actuar como un autómata, fríamente… no pensé en lo que estaba ocurriendo sino en sobrevivir. Tuve la suerte de haber participado en muchos zafarranchos de abandono de barco y estaba entrenado; los pibes de la ’63 no sabían qué hacer.

– El barco se estaba inclinando definitivamente y llegó la orden de abandonarlo. Alcancé a manotear un salvavidas y así como estaba, en ballenera, sin abrigo, me arrojé sobre una balsa. En un primer momento tuve suerte porque caí arriba de la balsa, otros cayeron al mar porque, con ese oleaje, se movían de un lado para otro. En esas latitudes, con esa temperatura, más de un par de minutos no se puede aguantar… fue por eso que muchos murieron de paro cardíaco por contacto con el agua fría. Por otro lado, tuve la mala suerte de caer en una balsa que estaba pinchada y tuve que arrojarme al mar.

– Habrá sido un minuto que estuve en el agua pero para mí fue una eternidad… ya las piernas y los brazos no me respondían, inflé el salvavidas y quedé flotando como una boya… sentía que me estaba «yendo» cuando me agarraron de los hombros y me subieron a una balsa. Se habían dado cuenta de que estaba vivo y me rescataron.
Hasta ese momento no había sentido el frío… creo que fue por la adrenalina de mi cuerpo corría con todo. Transpiraba a pesar de que estaba sin abrigo… después ¡sí!. El frío en la balsa era terrible. Lo combatíamos bebiendo unas ampollas de morfina que había en el botiquín de la balsa, nos orinábamos encima para mantener el calor del cuerpo… éramos alrededor de veinte personas.

– ¿De qué hablábamos en la balsa?… sentíamos una gran impotencia porque no nos habían dado ninguna oportunidad… teníamos rabia porque habíamos recibido un golpe y no lo podíamos devolver. Ya nada nos importaba. Es como todo: si uno recibe dolor llega un punto que se hace inmune a ese dolor y sólo busca venganza. Nuestra idea fija era llegar a tierra y pedir que nos asignaran un nuevo puesto de combate. En ese momento, ni en la familia pensábamos… Ahí creo que sufrimos el cambio de lo que acá, en Buenos Aires, se llamó «madurar de golpe». Hasta ese día, para mí la vida era sólo ir a recitales, salir con chicas, bailar… y, de repente, tanta muerte, tanta destrucción…

– En la balsa estuvimos alrededor de 36 horas. Nos rescató el aviso «Burruchaga». Hicimos un agujero en el techo de la balsa y ellos nos tiraron una red. Era la única forma de rescatarnos después de estar 36 horas en medio del mar… habíamos soportado una tormenta… estábamos casi congelados. Entonces, como podíamos, nos agarrábamos de a uno a la red y nos iban levantando. Recién ahí me sentí seguro.

– Apenas subí al Burruchaga, me dieron una jarra completa de chocolate caliente. La bebí como si fuera una gaseosa; el que me la dio se quedó asombrado porque agarré la jarra así como venía mientras él la sostenía con un trapo, de tan caliente que estaba. La vacié casi toda y recién ahí empecé a sentir un poco de calor en el pecho. Mientras tomaba el chocolate, con una tijera me cortaban la ropa porque era la única forma de quitármela ya que estaba congelada y pegada al cuerpo. Me envolvieron en una frazada. Después, me revisó el médico y me llevaron a la caldera para buscar más calor. Luego de estar ahí cuatro horas, recién pude salir a caminar sin ayuda. Nos llevaron a Ushuaia. Los residentes de allá se desvivían por atendernos; las mujeres querían darnos los tapados… De ahí, fuimos a Comodoro Rivadavia y después, a Puerto Belgrano, donde recién me pude bañar… estaba negro de petróleo. Esa ducha fue vida. Ahí nos dieron nuevos destinos, pero en Buenos Aires.

– El único contacto que había tenido con mis familiares fue a través de un piloto que en Comodoro Rivadavia me dijo: «Te conozco, sos de Caseros y sos el hijo de un señor grandote que vive al lado de la Sociedad Italiana, en la calle Mitre…». Ese hombre me compró una postal en la cual escribí a mis viejos que estaba vivo y todos los pibes pusieron sus números de teléfono para que le avisaran a sus familiares. Y este piloto (nunca pude agradecerle el gesto, ni siquiera sé su nombre) apenas aterrizó en Palomar, vino a mi casa y le avisó a mi papá que yo estaba vivo.

-A los pocos días, nos dejaron en Constitución. Veníamos de a doce, catorce conscriptos. Lo que más nos chocó fue la conducta de la gente a la que notábamos más preocupada por el mundial de futbol que por la guerra. No podíamos creer tanta indiferencia, tanta apatía… Para más, tuvimos un encontronazo porque algunos nos gritaron ¡“Qué hacen acá en vez de estar peleando allá!». Es de imaginarse la que se armó ¡Los queríamos matar! Veníamos custodiados por la Policía Militar y ellos enseguida nos sacaron de Constitución.

– Yo tomé el 53 y me bajé en Mitre y avenida San Martín. Serían las siete de la mañana. En vez de ir para casa, empecé a caminar por avenida San Martin para el lado de la estación. Me pareció que el barrio había cambiado mucho… no me animaba a ir para casa, estaba como atontado. Caminé un par de cuadras. Los pocos que estaban en la calle, me miraban. Volví por la calle 3 de Febrero… el primero que me vio fue Luis Galera, el diariero de Mitre y 3 de Febrero, quien tiró los diarios y me vino a abrazar… no sabía que decirle; él, por la emoción, tampoco…

– Empecé a caminar para casa… me preguntaba ¿Cómo entro?… Justo, cuando voy a tocar la puerta, sale mi vieja… bueno, empezaron a salir todos los vecinos… fue un momento que no puedo definir, yo estaba en otro mundo… quizá, debía agradecer… pero, estaba muy encerrado en mí. Me di cuenta que no era el mismo de antes.

– Los comerciantes y los vecinos me regalaron una medalla durante un acto que organizaron en Patria y Labor. Esa noche, los chicos de los colegios me entregaron cartas donde me escribieron cosas hermosas. También, el padre Eduardo Gloazzo celebró una misa a la que concurrí de uniforme. Cuando terminó, me pidieron que me acercara al altar y todos los vecinos pasaron delante de mí… me daban un beso y me decían «¡Gracias!». Hoy lo entiendo, pero en ese momento me sentía peor porque me preguntaba: ¿Gracias? ¿Por qué?… si no había hecho nada. La gente me miraba como un héroe y eso me molestaba.

– Del tema no hablaba con nadie. Pasó mucho tiempo (hice tratamiento psiquiátrico) hasta que volví a reinsertarme en la sociedad. Mi familia me apoyó muchísimo y fue mi mejor terapia. Yo era una persona jocosa, informal, y ese episodio me cambió la vida.

A Hugo le perdimos el rastro. Su casa de la calle Mitre, como tantas otras, fue demolida y reemplazada por un imponente edificio.

Sabemos que él se mudó a otro barrio e ignoramos su presente. Sí, imaginamos, que lo padecido aquel domingo de hace 40 años, de alguna manera lo marcó para siempre.

Ojalá pueda sobrellevarlo.

NdeR: tras publicarse esta nota, nos comunicaron que Hugo falleció -víctima de un cáncer – el 21 de mayo de 2016, a sus 56 años. Tenía dos hijos.