En este fragmento de una entrevista que la revista `La Maga’ le realizó a Alejandro Dolina, en febrero de 1995, nuestro consagrado ex vecino recuerda así a su tiempo en Caseros:

– ¿Cuáles eran los límites de su barrio, no los geográficos, sino los personales? ¿Entre qué calles de Caseros circulaban ustedes y sus amigos?
– -Claro, claro, está bien eso. Porque hay una especie de límites espirituales, ya que no municipales. Se trata de unas calles determinadas y no de muchas manzanas. El Caseros que yo tengo como mío es un cuadrado de calles que va de avenida San Martín hasta Villarino, ahora Lisandro de la Torre, la vía del ferrocarril y Mitre. Ese es mi barrio desde que nací hasta por lo menos, los veinticinco años. Pasando Lisandro de la Torre las calles eran de tierra y allí había zanjas. Entonces nosotros, ya como aventura en el exterior, cruzábamos esas calles y allí sí había quienes con un piolincito decían que cazaban ranas. Yo nunca vi pescar ninguna, ésa es la verdad. Pero examinábamos, como si fuéramos Darwin en pantuflas, los renacuajos como especies de Jacques Costeau avant la lettre, explorábamos lo que había allí en la zanja. El accidente geográfico más notable eran los talleres del ferrocarril, los talleres Alianza donde se podía entrar con cierta facilidad, si bien estaba prohibido. Pero nos metíamos para recorrer la playa de maniobras, andábamos caminando por encima de los vagones de carga, robábamos bulones, afanábamos carbón de piedra que usaban para la locomotora. Era un lugar extraño y muy grande, deben ser de los más grandes que quedan, llegan desde Caseros hasta Sáenz Peña. Recorríamos eso no sin peligro porque había muchachos montaraces que hacían valer el derecho de dominio de esos lugares porque vivían más cerca que nosotros y no permitían las excursiones de extraños. De todos modos no hay que olvidar que la actividad principal era jugar a la pelota en la calle y disputar algún partido especial como el que jugábamos contra un equipo de pibes que vivían pasando Villarino, ‘los del Rata’. Pasando Mitre, había otros muchachos cercanos al club 9 de Julio, que también tenían sus propios equipos.

– ¿Cómo estaba formada su barra, cuántos miembros la integraban y quiénes eran los más notables?.
-Era un grupo no tan grande, diez o doce. Pero como en todas las barras creo que ésta también tenía su centro y periferia. Había un centro íntimo y una periferia que sólo intervenía en grandes ocasiones. Esto estaba determinado por una cuestión geográfica y afectiva. El centro de aquella pequeña barra estaba ubicado en las calles Moreno y Cavassa que no sé si se llama así, ahora. Ahí nos juntábamos unos ocho o diez y después había otros diez o doce que son los que se integraban en algunas ocasiones cuando había lo que llamábamos un asalto o una fiesta.

– ¿Cuál era la rutina diaria?.  

– La rutina consistía prácticamente en sentarse en la misma esquina, donde había un chalet que tenía unos pilares muy a propósito para sentarse. Yo he visto que el chalet está pero el dueño le ha puesto unas rejas, seguramente harto de que se le siente allí la gente. De todos modos, no ha habido sucesión para esa barra. Esa esquina era como solían ser algunos cafés de Buenos Aires, uno iba allí sabiendo que más temprano que tarde alguien iba a llegar para conversar. Entonces, uno se sentaba a la nochecita, estamos hablando de los doce, trece años, el tiempo que va desde el final de la niñez al principio de la juventud, la parte – creo yo – más interesante y más movida de lo que podríamos llamar una barra, cuando no éramos del todo niños pero tampoco del todo muchachos. Allí, uno llegaba y siempre alguno había, siempre alguno había…

 – ¿Qué hacían entonces cuando se juntaban?.
– En principio no hacíamos nada, sólo se trataba de estar ahí y molestar al universo. Se daban esas conversaciones propias del nacimiento de la adolescencia, cuando uno pone en práctica esa tendencia a ejercitar lo peor de uno mismo nada más que para evitar ser tenido como blando. Voy a hacer una descripción que no es muy favorable: aquél de la barra era un mundo muy duro, había que procurar ganarse un lugar que, desde luego, no se conseguía con el dinero ni por los antecedentes de buena familia, al contrario. Ser de una buena familia del lugar no caía muy bien que digamos, eso era más bien un escarnio. Entonces había dos o tres cosas con las que ganar prestigio. La primera era jugar bien al fútbol, la segunda – casi tan importante como la primera – era saber defenderse, al punto de tener que ganarse el prestigio a piñas. Y la tercera era saber hacer uso de la inteligencia y de la rapidez mental a favor de un humor atorrante que también generaba una especie de prestigio. Es decir que uno en todo momento debía demostrar, siempre a partir de los particularísimos cánones del grupo, que uno no era un estúpido, ni un flojo, ni un delator. De ese modo, se lograba ser reconocido como miembro. De todos modos, por debajo de estos rigores más bien indeseables circulaban unos afectos que a veces tenían que luchar contra esa preceptiva. Y yo creo que es lo que me ha quedado. El afecto que se iba ganando a veces por caminos más oscuros y que ninguno de nosotros percibía. De modo tal que, quizá, los que yo ahora quiero más no eran los que mejor jugaban al fútbol ni eran los más audaces ni los mas rápidos. Alguno de ellos es todavía un amigo mío en ejercicio y otros me visitan con frecuencia, y otros han desaparecido de mi vida y yo de la de ellos.

 

MÁS DOLINA EN CASEROS

Fragmentos de entrevistas realizadas a Alejandro Dolina, por Caseros y su Gente (en agosto del ’87 y julio del ’88).

…puedo mencionar algunas fantasías que son propias de Caseros habitualmente vinculadas con lugares curiosos. Puedo mencionar el caso del Zonda que era un lugar donde se milongueaba. Nosotros no íbamos porque éramos chicos, entonces uno se imaginaba que era un lugar donde sucedían cosas espantosas donde los tipos iban a bailar con cuchillos y en el que había proxenetas y mujeres lujuriosas. Bueno, eso nosotros no lo sabíamos, pero para nosotros la puerta del Zonda era como la puerta del infierno. También existía el mito de lo que ocurría en la oscuridad de las cortadas que mueren en la vida donde imaginábamos unos amores tremendos. Bueno, eso era más mito que realidad porque uno no se iba a meter a ver lo que sucedía.

– ¿Qué personajes típicos de Caseros recordás de tu niñez ?.
– A Moscatito; al corredor Aguaviva; a Tito Ramos; al boxeador Horacio Salvarezza, al portugués don Tomé; a la orquesta de Dino Tuchi; a Piojini, el croto oficial de Caseros… Piojini era a Caseros lo que Narducho a Santos Lugares.

– ¿Adónde ibas a hacer los mandados?.
– A la verdulería de Carlitos Banana Marochi, en Cavassa y Urquiza. El pan lo compraba en la panadería ‘La National’ que estaba en Moreno y 3 de Febrero. Más adelante, cuando vivía al lado de la iglesia La Merced, iba también a la panadería ‘Nobel’ que estaba en la esquina de San Martín y Mitre y después, se trasladó a media cuadra, por Mitre. Recuerdo también un despacho de pan que había en Belgrano, entre Cavassa y David Magdalena. Para las compras del almacén iba a lo de Raúl que estaba en Belgrano y Magdalena o al que se llamaba ‘El Cañón’, en Magdalena y La Merced, que tenía, en un costado, un despacho de bebidas, También, en aquel tiempo, en Mitre, entre Magdalena y San Martín, estaba la despensa ‘9 de Julio’ y, claro está, también iba a la fiambrería ‘Carlitos’, de don Jesús Hernando, que sigue abierta y la atiende su hijo Luis, gran amigo mío