Nuestras calles: pasaje Juan Ramón Quintás
By Caseros y su Gente

Nuestras calles: pasaje Juan Ramón Quintás

El tramo de Villa Mathieu, que corre desde Kennedy hasta Moreno homenajea a quien fuera un inmigrante español  – entusiasta emprendedor de Caseros – de quien se cumple el 65° aniversario de su fallecimiento.

Su hija Nelly, en cierta oportunidad lo recordó así:

Algunos pueblos se parecen; sin embargo, tienen genes que los hacen diferentes. Es por eso que cada uno escribe su propia historia. Ciento treinta años tiene mi querido Caseros.

EMMA, MI MAMÁ

En aquel tiempo, sólo unas pocas familias – entre ellas, la de mis abuelos italianos – sembraban esta tierra, fértil para frutos e hijos, en su quinta grande, ubicada en lo que hoy es el Golf Club, al final de la calle Urquiza.

Junto a sus ocho hijos, trabajaban de sol a sol como tantos otros inmigrantes. Luego, los `ingleses’ compraron el campo y ellos se mudaron al centro de Caseros donde nació mi madre, Emma Picardo, en 1910.

JUAN RAMÓN QUINTÁS, MI PAPÁ

Años más tarde, la guerra en Europa hizo que mi padre adolescente llegara desde España con su madre viuda y una hermana también pequeña. Su primer trabajo fue de lavacopas en las cantinas de los cuarteles de Ciudadela; a partir de allí, lo que se puede sintetizar en pocas palabras: años de lucha intensa, sin descanso.

Pasó muchos carnavales, penas y alegrías, creció y fue aprendiendo todo lo que no pudo aprender en la escuela. Fue incansable para leer, ver teatro…y trabajar y trabajar.

Conoció a mi madre en uno de esos bailes de pueblo. En aquellos años, en carnaval, se armaban fantásticas carrozas que competían en los corsos.

BOTAFLORES – LOS MUÑECOS BILLIKEN

Mi padre, con un grupo de amigos, adornaban un carro tirado por caballos que se llamaba `Botaflores’  (foto) y casi todos los años se llevaban el premio. Todavía hay quien los recuerda. Los muchachos les regalaban unos muñequitos Billiken a las jovencitas, ellas los vestían y se los devolvían… ése fue uno de los primeros tratos de mis padres.

Novios formales de visita dos veces por semana en la casa de mi madre que era la menor de una gran familia. Fue una hermosa muchacha mimada por sus hermanos mayores y, como correspondía a su tiempo, profesora de piano y bordado. Se casaron en 1933. En los primeros años, vivieron en la calle Bonifacini, a cuadra y media de avenida San Martín. Allí nací en 1941 y, dos años después, mi hermano Jorge.

PAPÁ EMPRESARIO

Mi padre – protagonista de esta historia – era un empresario exitoso y querido: tenía una fábrica de soda y de la primera gaseosa `bolita’, fue concesionario de una importante marca de cerveza, contaba con una cantidad considerable de empleados y, los sábados, hacía asados para todos. También, les ayudó a tener su casa propia, las edificaba y se las vendía en mensualidades por menos de lo que costaba un alquiler. Fue padrino de varios hijos de sus empleados y recuerdo haber ido con él, a llevarles regalitos para los cumpleaños

Todavía quedan algunos descendientes de sus empleados que siempre me hablan de su bondad.

Tuvo también varias agencias de automóviles e inmobiliarias. Cuando detuvo un poco el ritmo de trabajo para viajar y disfrutar la vida, delegó en una persona que no fue la adecuada y sufrió una estafa millonaria que aceleró su tiempo: murió a sus 59 años, el 16 de agosto de 1957.

Esta vida de años difíciles es símbolo de una época de inmigrantes sufridos y trabajadores – en su mayoría, europeos – que hicieron nuestro país grande y cosmopolita dando así las características fundamentales a nuestros pueblos.

Mi padre creía que era indispensable una buena educación, nos envió a los mejores colegios y él, a su vez, trataba de aprender de todos los que supieran más; ayudó a muchos a estudiar y recibirse.

SOLIDARIDAD

Decía que todo se lo debía a la Argentina que amaba. Se le llenaban los ojos de lágrimas al escuchar el Himno, tanto como al mirar el extenso Rio de la Plata imaginando que lo separaba de su lejana infancia y de tantos sueños. A pesar de la estafa y de tener que comenzar de nuevo, a sus cincuenta años, a subir la cuesta, siguió colaborando con quien lo necesitara: colaboraba permanentemente con las hermanas del colegio Cristo Rey, comprando el calzado para las chicas pupilas; un año, regaló 1000 libretas de ahorro para todos los alumnos de las escuelas de Caseros y alrededores. Donó el terreno en el que se construyó la Escuela Ricardo Rojas. Ayudó a hogares, escuelitas, Cruz Roja, Cooperadora Policial, dispuesto a brindar su mano abierta con una sonrisa.

Una mañana de Reyes, me llevó hasta el garaje y con gran entusiasmo me mostró cómo habían llenado su auto de juguetes. «Los Reyes me pidieron que los ayudara a repartirlos», me dijo…Y con toda inocencia y alegría lo acompañé a un barrio ubicado tras la estación Tropezón y les explicaba a los chicos que se arrimaban que estábamos `ayudando’ a los Reyes.

Me llena de orgullo que, a tantos años de su muerte, tanta gente lo recuerde con admiración y cariño. Esta historia es muy personal, pero creo que la idiosincrasia de un lugar la conforma tanto el que planta un árbol en un terreno ajeno para embellecer el barrio como el que roba el motor que mueve el agua en las fuentes de las plazas, el que trabaja desinteresadamente por la comunidad restando horas a su tiempo de descanso, como el que destruye un teléfono y el que saluda amablemente a sus vecinos; por eso, creo que vale la pena compartirla aunque no forme nunca parte de la historia grande.

Pasaron muchas décadas, pero Don Ramón, mi padre, vive en mi corazón y seguramente tiene una sonrisa y también los ojos húmedos por verme aquí, en este pueblo (hoy, ciudad) que él eligió.

Hace tiempo, descubrí su maravillosa herencia: aprender a ser generoso no por sus consejos sino por verlo practicar la generosidad y sentí que debía tomar la posta.

Ahora junto a mi esposo, también español, que no tenía idea de donde quedaba Caseros y desde hace 60 años, por AMOR, lo conoce y comparte, porque aquí nacieron nuestras hijas y nuestros nietos, tenemos los amigos y tratamos, en la medida de lo posible a hacer conocer, fuera de las `fronteras’, los valores caserinos.

Es muy fuerte la presencia de quienes me precedieron formando las raíces y tronco de esta historia, en que cinco generaciones transcurren en un mismo pueblo y eso me hace sentir parte viva de este LUGAR EN EL MUNDO.

 

                                                                                                          NELLY QUINTAS

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