José Kucykowicz: el runner, el médico frustrado, el lector de Krishnamurti, el titular de «Wolney»… nuestro querido vecino
By Caseros y su Gente

José Kucykowicz: el runner, el médico frustrado, el lector de Krishnamurti, el titular de «Wolney»… nuestro querido vecino

Compartimos con José un café en Urquiza y 3 de Febrero, en la misma esquina donde estaba Poi, la recordada pizzería. A cada instante, nuestro entrevistado devuelve con cordialidad el saludo que los ocasionales peatones le envían a través del ventanal.

Con pudor, confiesa: “A veces saludo sin saber a quién, lo que pasa es que son tantos años en el negocio y atendí tantos clientes…”.

José Kucykowicz es el titular de Wolney, la sedería que de tiempo inmemorial inauguró su padre en la calle 3 de Febrero, entre Urquiza y Belgrano.

“Mi papá era ucraniano y mi mamá, polaca… cuando mi mamá era joven, fue hermosa… de mayor, no envejeció tan bien”, detalla José. Y agrega como al pasar un dato curioso: “Nunca supimos ni yo ni mis hermanos en qué fecha ellos cumplían años”.

José abunda sobre algo que suele repetirse: ¡qué poco se conoce sobre la vida de nuestros padres y abuelos!; en especial, de los antecesores inmigrantes. Tal vez, sucede porque cargaban historias pesadas, devastantes, y fueron remisos al momento de recordarlas. En parte, también, porque cuando uno es joven se interesa por otras cuestiones.

– ¿Por qué, José, su negocio se llama Wolney?.

Sonríe (José es de sonrisa fácil) antes de responder: “Mi papá fue armador de zapatos, después abrió una tintorería como las japonesas de antes; más adelante, inauguró una zapatería y, por último, se puso a vender telas. Ninguno de esos comercios tuvo nombre… un día entró un cliente o amigo, no sé bien, y le dijo, tampoco sé porqué, ponele de nombre ´Wolney´ y mi papá le hizo caso… y quedó ´Wolney´, nomás. Con el tiempo, entró una persona al negocio extrañada por el nombre y la sorpresa fue mayor porque esa persona también se llamaba Wolney (de nombre, no de apellido) y estaba tan extrañado como nosotros por la coincidencia”.

Fue alumno de la escuela 8 (actual 12) cuando ésta se ubicaba en la esquina de 3 de Febrero y Belgrano.

“Yo cruzaba la calle y ya estaba en la escuela porque vivía donde ahora está el negocio, junto a mis viejos y mis hermanos, León y Cecilia. Me acuerdo que la escuela tenía un patio grande; la entrada principal era por 3 de Febrero y tenía otra entrada más chica por la calle Belgrano. Después, en esa misma esquina, estuvo el Hogar Obrero. El portero del cole se llamaba Gutiérrez”, señala.

El José pibe fue de mucho jugar a la pelota.

“Aunque parezca mentira, jugábamos en la calle Belgrano, entre 3 de Febrero y avenida San Martín porque pasaba un coche cada media hora. También en el llamado Campito de la empresa (Valentín Gómez y Cavassa)”.

Asiduo runner (se le decía footing) recorría perseverante la que supo ser la cancha del club Villa Alianza, espacio donde hoy expone sus góndolas Chango Más.

Cursó el secundario en el colegio Sarmiento (Libertad y Juncal, CABA) adonde viajaba de lunes a viernes, en los trenes puntuales de la línea Pacífico (actual, San Martín). Cumplió con el servicio militar en el Hospital Militar de Campo de Mayo y fue estudiante frustrado de Medicina (“abandoné en segundo año”).

MEMORIA DE ELEFANTE

Sus ojos de por sí vivaces se encienden cuando recuerda a sus amigos de la infancia y juventud Son tantos que es imposible nombrarlos a todos. Muchos, ya no están. Memoriza sus tiempos de habitué del Bar Central (ubicado enfrente de su casa) donde se prendió en infinitas partidas de truco y billar.

Recuerda con minuciosidad a los comercios y comerciantes que hubo en la cuadra de su negocio y también en la otra y en la otra. Recuerda anécdotas relacionadas con sus amigos; algunas, desopilante… en especial, las vinculadas con su vecino inmediato, el bandeononista Alfredo Porcile y con la Cochería Menini, por entonces, situada sobre la calle 3 de Febrero, casi esquina Belgrano.

Nuestro vecino circula por sus 84 años que desmiente con su paso ágil. A algunos momentos de su vida los califica como “bravos”. Se levanta el pullover y muestra una de las cicatrices que le recuerdan la importante operación de corazón que, décadas atrás, salvó su vida.

Atribuye su buen aspecto a la frugalidad – soy muy frutero, aclara – al caminar y a tener la mente lúcida a fuera de resolver sudokus y crucigramas.

Simpatizante de River y Chacarita, le gusta ver por televisión programas deportivos y políticos. Una vez viajó a Europa y lo disfrutó. Pero recalca: “Argentina tiene también cosas muy lindas”.

Un hecho marcó su vida: alguna vez, alguien puso en sus manos un libro con las enseñanzas del pensador indio Krishnamurti, quien, entre otras reflexiones, dijo alguna vez: “Conocerse uno mismo es el principio de la sabiduría”.

José enciende otra vez su mirada y se apasiona al repetir lo que leyó. Señala, por ejemplo, “hacer cosas sin esperar el resultado”, “lanzarse, no tener miedo”,  “cada adversidad, esconde algo bueno”… Resume que el ego nos joroba la vida y subraya la importancia de practicar la “desoiyocidad”… aunque, concede: “no es fácil aplicarlo… pero hay que intentarlo”.

Más terrenal, cuando se le pregunta, dada su larga experiencia como comerciante, qué le aconsejaría a quien desee abrir su propio negocio en el barrio, José no anda con vueltas:

“Tener buenos modales, no ser cascarrabias, ser respetuoso, honesto…”.

Más allá de medir, cortar y vender telas, José fue impulsor destacado de dos entidades que tuvieron repercusión en Caseros: la Unión de Comerciantes de 3 de Febrero y calles adyacentes (incluso, cedió la parte de arriba de su casa paterna como sede de la entidad) y también Gente de Tango de Tres de Febrero donde mucho colaboró, siempre cultivando un perfil muy bajo.

José – quien reside en la calle Valentín Gómez, entre 3 de Febrero y av. San Martín – está casado con Rosa Szklanny, a quien conoció en un baile en Ciudadela. El matrimonio tiene dos hijos: Adrián y Gabriela.

Caserino de pura cepa, aquel pibe algo atorrante que jugaba a la pelota en la calle Belgrano, el ex alumno de la escuela 8, el frecuente parroquiano del Bar Central, el antaño runner de la canchita de Villa Alianza, el frustrado médico, el impulsor de la UC3F y Gente de Tango, el entusiasta lector de Krishnamurti es hoy, tras un vasto itinerario, un sólido comerciante y querido vecino de estos lares.

Cuando se escriba la Historia de Caseros de Todos los Tiempos, nuestro entrevistado, sin duda, merecerá tener un lugar especial.

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