Se llamaba, en realidad, Agustín Pradelli. Sin embargo, se lo conocía como Pichón, apodo que lo acompañó “desde siempre… no sé quién me lo puso, pero siempre me llamaron así: Pichón”, nos confió en cierta oportunidad.

Nació, recordó, “a la manera de antes en esta, mi casa de toda la vida… mi partera fue la señora de Pampín”; vecina que, según parece, presenció la llegada natal de medio vecindario.

El hijo de la genovesa Ana Riccioti y Pedro Pradelli, sereno de los Talleres Alianza, entizó los pizarrones de la Escuela N° 8. Tiempos en que por la calle Caseros circulaba el colectivo 54 y “por Mitre, el 141, que llegaba hasta Pilar”.

Junto a “Quito” Fattore integró una pareja de zagueros que estrolaba lindo en la “canchita cercana a la Vicri”. Cada carnaval lo encontraba entreverado en entusiastas contiendas a baldazos “contra los de la otra cuadra”.

A sus trece años, ingresó a Editorial Atlántida donde conoció a personalidades como Borocotó, Frascara y los hermanos Vigil. Por las tardes, se la rebuscaba como caramelero en los cines “Caseros” y “Paramount”.

En los fines de semana, recorría el barrio, pedaleando un triciclo donde transportaba helados Laponia. Al trabajo, en verdad, nunca le escapó.

CLUB UNIÓN DE CASEROS

Ya mozo, su mayor placer fue prenderse en las milongas del club Unión, donde lo esperaba su querida barra de amigos. “A veces, en una mesa, éramos como 40 los que estábamos comiendo ‘sanguches’ y tomando cerveza”.

Se le encendía la mirada cuando recordaba los bailes en el Unión. “Actuaban orquestas de primera Pugliese, D “Arienzo, Brunelli, Di Sarli, Varela… venía Oscar Alemán, Castillo con Tanturi; incluso, un domingo, en un baile que empezó a las cuatro de la tarde, vino Francisco Canaro… él no venía a la provincia de noche”.

Cada orquesta tenía su hinchada y muchas veces la discusión, originada en el favoritismo musical, se zanjaba a los sopapos. “Piñas, había; pero sin exagerar porque el subcomisario era “Pipita” y con él no se jorobaba”.

Durante más de 20 años fue habitué de la  institución – ubicada en Moreno y San Jorge – donde se desempeñaba como tesorero. “Con los muchachos hacíamos asados todas las noches; menos los lunes porque estábamos muertos por la farra del fin de semana… a la tardecita, caíamos por el club, jugábamos a las bochas, al ping pong, a las cartas; comíamos el asado y a eso de las once nos íbamos a dormir porque al otro día había que trabajar”, describió con nostalgia nuestro entrevistado.

En una noche de destino, conoció a Alicia Luscher, una piba de la calle Urquiza que le encendió el corazón. “Fue un noviazgo como los de antes. Teníamos días de visita hasta que entrábamos en confianza y después caíamos cualquier día por la casa. Estuvimos ocho años de novios, nos casamos en la iglesia de La Merced”. El matrimonio tuvo dos hijos: Aníbal y Adriana.

El hombre continuó trabajando, hasta su retiro, en Atlántida. “Fui jefe de depósito… también vendía en librerías como la de don Elías o de Zas, aquí en Caseros”.

APARECE EL GALLETITÓLOGO

Para los años ’60, inauguró la galletitería “Trivial”, en la parte delantera de su casa, que muy pronto se hizo conocida en el barrio. “Atendía alrededor de 200 vecinos por día; a veces… me quería prender en alguna discusión de fútbol y no podía porque tenía que atender”.

Era una costumbre que los chicos, a la hora de la leche, se acercaran hasta el local a comprar “criollitas”, “imperiales”, “fideitos” o “maicenas” y volvieran corriendo para no perderse las radiofónicas aventuras de Tarzán, auspiciadas por “Toddy”.

Algunos vecinos recuerdan que frente a su casa, cada tanto se cortaba el tránsito, se  instalaba una pantalla y se proyectaban películas al aire libre. Otros tiempos.

Por casi cuatro décadas, Pichón siguió pesando galletitas, peleándole, incluso, a la competencia supermercadista.

Fanático y socio de Independiente, aseguró sin ponerse colorado (por única vez) que la mayoría de los caserinos deliran por la divisa roja. Alguna tristeza se le cruzó cuando recordó que, con el correr de los años, fallecieron muchos de sus viejos amigos. Pero enseguida se recompuso y sostuvo que “por suerte, algunos siguen vivos… y, bueno, así es la vida”.

El querido Pichón Pradelli partió para siempre el lunes 28 de julio de 2008, a sus 83 años.