Alberto Alcaide transcurrió su infancia y parte de su adolescencia en este pedacito de universo llamado Caseros. Nos envió este relato que escribió durante la pandemia.

Cuando cerró la pizzería Ottonelli, me atrapó la nostalgia. Evoco mi niñez, asociada a lugares de Caseros, mi pueblo (hoy, ciudad), que van desapareciendo, transformándose o abandonándose. Llega a mi memoria la costumbre de ir al Paramount, ver tres películas, el noticiero y a veces, el “número vivo”, la presentación de artistas en  vivo, en los intervalos entre peli y peli.

Una vez, el “número vivo” no estuvo en el escenario, sino en la platea, entre los espectadores. Mi hermanito Hugo (tendría unos seis años) protagonizó un hecho que transformó un momento de tensión en un jolgorio. Paso a contar. Se proyectaba una película de Hitchcok: la protagonista, en la ducha, era amenazada, a sus espaldas, por un hombre con un puñal… y es entonces que Huguito, alarmado, le advierte: “¡Cuidadooo, atrás!”. Eso acabó con la sensación de terror y los espectadores se rieron a carcajadas durante varios minutos.

La salida familiar, grupal o individual, concluía comiendo una pizza, al lado del cine, en la pizzería Ottonelli.

Me fui de Caseros hace seis décadas; no muy lejos, a Morón. Durante el primer año (de mis 15 a los 16), apenas sentí el desarraigo, ya que pasaba más tiempo en Caseros que en mi casa: tiempo que repartía entre la casa de mis abuelos maternos y el Club Colón(Mitre, casi Olavarría). Recuerdo que por las tardes me paraba en la puerta del club, junto con Héctor y “Pedrín”, para mirar el paso por la vereda de enfrente de las chicas del barrio, sin molestarlas con groserías o acosos; cruzábamos solamente cuando se acercaba aquélla que en especial esperábamos.

Del club Colón, me queda el recuerdo de mis amigos más cercanos: Pablo, Ricardo, Emir y el “Negrito” Morón. A éste, lo reencontré años después, en Hurlingham, cuando coincidieron una de mis hijas y uno de sus hijos en el mismo banco del primario del Colegio Stepinac. Lamentablemente, el Negrito se fue de este mundo hace un par de años, sin haber podido consolidar aquella amistad de la niñez y adolescencia, a pesar de cruzarnos habitualmente, pero sólo con un saludo y a veces algunas palabras.

Hoy en día, no paro en Caseros. Les debo visitas prometidas a las familias de mis primos que aún viven allí. Pero, cuando voy para la Capital, elijo transitar por Cafferata de ida y Mitre de vuelta, aunque me desvíe y alargue el camino. Y si me acompañan mi esposa, mis hijas o mis nietos, siempre les doy la misma “lata”:

“Acá donde hay una sala velatoria (Cafferata y av. San Martín) vivían mi tía Lola y mis primos Héctor y Carlitos… jugábamos con mis primos en el amplio parque de la antigua casona, cuando íbamos de visita”.

“Acá, sobre la calle El Gaucho (hoy, Rebizzo) en pleno centro, a ocho cuadras de la estación, había un horno de ladrillos con caballos que apisonaban el barro”.

“Una cuadra más adelante, en la esquina con la calle Gral. Paz (hoy, David Magdalena), estaba la despensa y fiambrería “La Ideal”, de mi mamá. Primero se situaba 50 metros antes… pero tenía ese local una “maldición”: lo que se ganaba de día, desaparecía durante la noche. Dejo libre a la imaginación a que se debía el permanente robo en este local  alquilado en la parte delantera de un domicilio particular”.

En este Caseros tuve otros amigos, entre los que recuerdo a Isidro, compañero de primario en el Instituto Evangélico Americano, a sus hermanos y a Fernando. Los días de semana jugábamos a la tarde, después de las seis,  porque no me perdía las Aventuras de Tarzán, que escuchaba en la radio de mi abuela María.

En la misma cuadra de la fiambrería vivía una de las tantas familias italianas llegadas en la posguerra; a una persona de esa familia, Luis Desimone, la conocí no hace mucho, ya que en aquel entonces aunque nos habremos visto y hasta conversado en el negocio… no trabamos amistad ni nos recordábamos pues nos separaban “muchos años”: ocho, hoy imperceptibles. Y ahora, cada vez que nos encontramos, habiendo trenzado una amistad inigualable, aburrimos a Élida y Ezia, nuestras esposas, porque sólo hablamos de Caseros, prometiéndonos que vamos a recorrer cada cuadra, cada esquina, cuando la pandemia nos lo permita.

Volviendo al recorrido “de vuelta”, hacia Hurlingham, por la avenida Mitre, llegamos a Hornos y ahí reitero la lata:

“Sobre  la esquina izquierda, antes de cruzar, estaba la tintorería Arakaki, en la que manejaba la plancha Juan Carlos, el mayor de los hermanos, al que seguían Roberto y José. Precisamente, hace unos 30 años, durante un gran  terremoto que asoló a Japón, desde una radio reportearon a un ciudadano argentino en Tokio que resultó ser Roberto Arakaki”.

“Hacia la izquierda, a media cuadra vivían mis abuelos maternos y una cuadra más adelante Alejandro Sturgeon, compañero de banco en “primero inferior” y amigo hasta que me mudé.

“Cruzando Hornos, por Mitre, estaba el almacén y despacho de bebidas de los hermanos Capucci, padre y tío respectivamente de otros amigos que recuerdo: Julio y Hugo”.

“En la misma cuadra, estaban Fito, Juan Carlos, “Pelado”, Ricardo, hijo de uno de los dueños del Mercado de los Perillo. Ricardo y Rubi Coi visitaron mi casa en  Morón, cuando organizábamos los “asaltos”.

Volviendo a la esquina: por Hornos, dos cuadras a la derecha, estaba mi casa, que compartíamos con la familia Verna: Domingo, Rosa, Elba y Herminio “el Colorado”, capitán del Jota Jota, el único club de futbol legítimo de Caseros; hoy, tristemente desterrado.

Enfrente vivía Oscar, amigo y compinche en casi todas las horas del día que no estábamos en el cole, compartiendo las interminables colas que debíamos hacer para comprar el pan, la verdura fresca y el hielo para las heladeras de madera.

Terminando el recorrido por Mitre, luego de Hornos, a cuadra y media, pasamos por el aludido Club Colón y tres cuadras más adelante nos encontramos con las ruinas del Cine Teatro San Carlos, el más moderno de los tres del pueblo. Recuerdo la época de su inauguración y la primera obra de teatro que presencié: “Viuda, rica y estanciera”, con la compañía de Leonor Rinaldi.

LOS BANCO-CINE CALLEJEROS

Y hablando de cines, ahora que para evitar el acercamiento social con la cuestión de la pandemia, se aconsejan los autocines, me acuerdo de los banco-cines de los años ‘50. Uno era en el patio de la Iglesia de La Merced, donde nos descostillábamos de risa con las pelis del El Gordo y El Flaco. Otro, en la calle Caseros, en la cuadra de la “Cruz Roja”, entre Moreno y Belgrano. Allí la familia de Héctor Primavera, integrante del programa radial “Los Casi Casi chiflados” (al estilo de La Revista Dislocada), armaba a la noche, creo que los viernes, una pantalla gigante donde se exhibían películas del momento.

ALBERTO ALCAIDE