Todavía sucede. Cuando se transita por la vereda de su barcito de Urquiza, casi avenida San Martín, se extraña su figura diligente, su media sonrisa afectuosa, las cargadas que lanzaba desde atrás del mostrador. El mismo café bar y quiosco que Pippo atendíó a lo largo de más de tres décadas.

PIPPO ERA AFRICANO

José Pippo Lo Presti había nacido el 12 de marzo de 1939, en el norte de África, en Bengasi (Trípoli, Libia). En aquellos agitados días, el territorio pertenecía a Italia y allí, su padre, don Víctor Lo Presti, albañil, había levantado la casa familiar que compartía con doña Giuseppina y la pequeña Graciela.

En verdad, los Lo Presti eran oriundos de Sicilia pero il Duce Mussolini alentaba a los paisanos que se animaban a extender la italianidad en la colonia africana. Fue así que don Víctor Lo Presti cruzó el Mediterráneo con el, imaginamos, afán de prosperar.

La trágica guerra mundial desmoronó tanto sus planes como sus ilusiones. En 1942, las beligerantes derivaciones de la contienda forzaron a la familia a regresar precipitadamente a Sicilia, «apenas con lo que teníamos puesto», nos contó Pippo, en cierta oportunidad (café de por medio, claro).

EN EL VIAJE DE REGRESO A ITALIA, FALLECIÓ AMETRALLADA, MAMÁ GIUSEPPINA

Acomodados en el avión que los trasladaría a su Italia natal, la nave fue ametrallada.
«Mi mamá me tenía en brazos y fue herida por una bala que me pasó a centímetros… cuando el avión aterrizó en Catania, ya había fallecido».

Con el tiempo, don Víctor Lo Presti, se casó con Rosalía y como tantos otros paisanos emigró para la Argentina, donde pronto consiguió trabajo de albañil. En 1953, llamó a los suyos y, juntos, se afincaron en un humilde rancho de Villa Alianza.

«Yo tendría trece, catorce años y apenas si había cursado hasta segundo grado… nunca pasé de ahí», recordó Pippo. Y agregó: «Mi papá tomaba todos los días el colectivo acá (señaló a la parada del 53, en Urquiza y av. San Martín). Toda esta esquina era un descampado, que pertenecía a la familia Cordero. No había nada, apenas algunas ovejas. Mi viejo le ofreció al dueño alquilarle un pedazo del terreno que apenas tenía cuatro pilares y techo de chapa».

Don Víctor levantó las paredes faltantes y lo techó con losa. En ese mismo espacio, el siciliano habilitó un copetín al paso que en poco tiempo – años ’50 – se convirtió en referente del barrio y, sobre todo, muy concurrido. «Trabajábamos mis viejos, mi hermana, yo y cuatro empleados».

Jornadas que se iniciaban a las siete de la mañana y se extendían hasta la medianoche. Por entonces, en medio del cruce de las dos adoquinadas avenidas se levantaba el monumento que homenajeaba a Justo José de Urquiza. En la esquina donde hoy Havanna abre sus puertas, se encontraba la farmacia Ferrari. La escuela 45 apenas si se insinuaba con un par de aulas. La cuadra se completaba con, entre otros comercios, la sastrería Rosconi, la librería de Zas, la vinería de Luis Mari, la zapatería de don Samuel, el mercado de Franceschi, las escribanías de Vaccaro y Siffredi, el impactante chalet del doctor Appollonio (hoy, Edificio Torre)…

Pippo recordó: «La leche se la comprábamos a Ramón Martín, el pan a la Ítalo Argentina, la soda a Scarinici y el fiambre al almacén que estaba en Sarmiento y Urquiza».

Favorecía el éxito del copetín al paso la cercanía con el por entonces muy convocante cine Urquiza, que cortaba diariamente centenares de entradas. Veteranos del barrio recuerdan que cuando se estrenaba alguna película de Sandrini, era tanta la concurrencia que debía acudir la policía a caballo para poner un poco de orden. Finalizada la función, el copetín de los Lo Presti se atiborraba de parroquianos.

«Mi mamá Rosalía se pasó la vida preparando milanesas a la napolitana, panchos y sanguches… pobrecita, se me murió cuando le faltaban quince días para cumplir cien… le estábamos preparando la fiesta».

Don Víctor, en tanto, fue adquiriendo el resto de la esquina y hasta levantó el edificio que hasta hoy se conserva; incluso, se animó a inaugurar una confitería a la que denominó con su apellido que si bien tuvo cierto éxito, también le generó muchos dolores de cabeza.

UN CAFÉ EN LO DE PIPPO

Con el correr de los años, el bar se transformó en una suerte de parada obligada para muchos vecinos. A Pippo no le gustaba cuando los parroquianos levantaban la voz por cuestiones de política o por lo que fuera y ya en su cara tenía dibujado un gesto que no necesitaba de palabras para sugerir el desagrado que invitaba a aliviar las pasiones. «Tampoco permito a los pasados de copas- nos manifestó – éste es un ambiente familiar», apuntó.

Nuestro vecino tenía dos hijos – Alexandra y Claudio – y un nietito: Luciano (Luchiano, pronunció). El hombre dijo que si bien había aflojado su jornada de trabajo – del bar se había hecho cargo Claudio, su hijo – todavía superaba las diez horas detrás del mostrador y esto, reconoció, le hacía bien: «Si me quedo en casa… ¿Qué hago?… me aburro», se justificó.

Vivía en el Edificio Torre. Se había dado el gusto de viajar en un par de oportunidades a Italia, «donde tengo 22 parientes», era simpatizante de Estudiantes de Caseros y de Boca, se prendía a la buena mesa y se confesaba, sobre todo, apasionado por la música. Al respecto, aclaró: «Me gusta todo, pero todo tipo de música… y si bien la italiana me corre por las venas, al tango lo llevo en el corazón».

José Pippo Lo Presti tenía 81 años cuando falleció el domingo 2 de agosto de 2020, víctima del Covid.

Su deceso produjo gran tristeza entre sus familiares, sus amigos y los parroquianos de su entrañable bar. Durante semanas, la persiana de su local de av. Urquiza expuso numerosos mensajes de sentido afecto, que habían dejado escrito sus múltiples amigos.