Vivió en nuestro barrio, entre 1951 y 1957. En dos entrevistas, nos respondió lo siguiente:

– ¿Cómo llegó a Caseros?.
–  Enamorado de Alicia Pando, mi esposa, a quien conocí en radio El Mundo. Su familia vivía en Lisandro Medina y Bonifacini, en una casa que le alquilaban los Moroni, frente a lo que en aquel entonces era la quinta de Romero – Beazley, cerca de la escuela (la N°33) en la cual fue directora la señora de Lusich, la mamá de Fernando Siro. Con Alicia, me casé en la capilla de chapa que está en Bonifacini, entre Medina y Kelsey (actual Murias). Fue un 9 de mayo, el día que en Wembley se jugaba el famoso partido de Rugilo. Cuenta la leyenda que cuando subí al taxi, le pedí al conductor que pusiera la radio para escuchar el partido y que el taxista dijo: «Nunca me pasó esto». Al principio, vivimos en Roverano (actual Fischetti) y San Martín, frente a la casa del doctor Varaona. Allí nació Blanca Lorena, mi primera hija. Me hice amigo de los muchachos (los Gallo) de la esquina que tenían carnicería y en la otra esquina jugábamos al metegol, en un bar (Los Pichones). Ahí fui amigo de un muchacho que se llamaba Arturo. Después, nos mudamos a De Tata y Hornos; era un lugar medio descampado. Ahora está todo edificado. Los Moroni eran todos amigos nuestros… Emilia, los muchachos eran poceros, una familia espléndida. El viejo Moroni me regalaba un vino que hacia él. Nos apreciaban mucho, los Moroni, y nosotros a ellos. Además de los Moroni, conocí mucho a la familia Torres, a los Manzanares, a los Paoletti, a los Landa… por la calle Hornos, vivía otro muchacho, no vidente, ahora se me escapa el nombre que era compositor y poeta… recuerdo al club Alianza, al cine Luchetti…
– También conoció a los Madrigano…
 – A ellos les compramos los primeros muebles, de a poco. Primero le compramos una cama, el ropero y una mesa de luz… no me daba para más. Después, compramos una cómoda, otra mesa de luz, una mesita de comedor con un aparador. De todo esto hay todavía señales en casa de familiares. Ah… después, le compré un juego vasco que ellos también hacían, además del provenzal. Era un mueble muy lindo y muy pesado… todavía tengo una silla de ese juego donde diariamente me siento para hacer fichas de libros. Los Madrigano efueron los dueños de ‘Académico’, ¡epa!… uno de los grandes campeones.

– ¿Otros recuerdos de Caseros?.
Cuando llegaba a la estación, me cruzaba al «Pampa» y, como era tarde, y ya se me daban las cosas, poder tomarme un taxi hasta casa. En la esquina de casa estaba el almacén de Guala, también vivía cerca un morocho, campeón de maratón: Ezequiel Bustamante. A mi hija Blanca yo la llevaba desde De Tata y Hornos, a hacer mandados, hasta Medina, montadita en mí. Allí, en Caseros, me compré mi primera heladera a hielo y también compre el primer televisor del barrio donde con los muchachos vimos aquel partido, también con Inglaterra, que se suspendió por lluvia en el primer tiempo.  En Caseros, viví unos lindos años. A veces, tengo ganas de ir a visitar algunos amigos, a algún bar… pero no se adónde ir, donde encontrar… me dijeron que frente a las vías, cerca de la estación, hay un club social…
– El República…
– ¿Allí se reúnen antiguos vecinos?.
– Algunos…
– Con mi mujer decimos de ir a saludar, nos gustaría…

 

SU TRAYECTORIA

– Tiene una voz enérgica… ¿Es un don natural?.
– No sé si es un don o un defecto. Yo soy bastante enérgico en todo. Siempre tuve una buena voz, aunque últimamente ha perdido alguna cualidad pero, bueno, cuando la necesito, la tengo. La voz se lastima con los años; además, la cargué de tabaco… hace mucho tiempo que dejé de fumar, pero ya era tarde.
– ¿Sus comienzos?.
– Leía bien de chico y decía los versos en la escuela, leía en voz alta ¡Era un plomazo!. También trabajé en la propaladora del pueblo, en Villegas. Después, con un camioncito sonoro de Mejoral hice propaganda por calles de pueblos de La Pampa, San Luis, Buenos Aires. Luego del servicio militar, un señor ligado a Mejoral me probó en radio El Mundo y quedé. Tenía veintidós años y nunca más me fui de la profesión. Tuve mucha suerte.
– «La vida y el canto», «Sábados Continuados», «Guitarreadas», » Los Grandes»… carrera exitosa Ia suya ¿Ganó mucho dinero?.
– Trabajé en altos niveles; ocurrió que, por la época, no gané lo que ganan ahora animadores como Tinelli o Susana. Si «Sábados Continuados» lo hubieran dado ahora yo estaría ganando centenares de miles: fue un gran éxito; pero era otro mercado, otra sociedad, otro mundo. Pero no me quejo, en absoluto.
– Además de su ingreso a «El Mundo”… ¿Qué otro episodio marco su vida?.
– El primer libro que cayó en mis manos- ni sé cuál fue- me despertó una vocación irrefrenable por la lectura. Mi profesión no depende de la lectura pero me hizo un profesional distinto.
– Usted tiene una formación autodidacta… ¿Esa formación fue anárquica o siguió algún criterio?.
– Anárquica, voraz y anárquica. De todas maneras, rechazo la idea del autodidacta. Autodidacta significa que no se tiene maestro guía. Pero nadie aprende sin maestros. Todos los autores que uno ha leído, la gente con que uno ha hablado… esos son los maestros guía. Pero, bueno, no he tenido bedeles, celadores, terminé sexto grado y a otra cosa. En algunos casos fue una ventaja; por ejemplo, leí a Quevedo porque me gustaba sin obligaciones de un profesor. La desventaja que uno tarda mucho en sistematizar los conocimientos; empecé a poner en orden la biblioteca en la cabeza a mis treinta y cinco años cuando un chico a los dieciocho ya sabe dónde están las cosas.

TANGO
– Me gusta el tango ¡sí!. Si me preguntás del pensamiento dramático, trágico, filosófico de las letras de tango… bueno, algunas me gustan y otras no. Si me hablás de la forma tanguera de vivir… hay formas de vivir que me gustan más. Me gusta el tango y me gusta los que considero son los mejores: Troilo, Di Sarli, Rivero, Goyeneche, Floreal Ruiz, Castillo… no hay novedad en eso.

FUTBOL

– A un hombre tan atrapado por la literatura… ¿Qué le gusta del fútbol?.
– El fenómeno sociológico, el emocional, el pasional… La idea de que el fútbol es como un sustituto de la guerra… el hombre no puede desposeerse del tono épico, no puede vivir sin tono épico. De manera tal que si uno se pone en pacifista en contra de las guerras… cosa que me parece ridícula porque ninguna nación puede defenderse de una agresión sin armarse…las guerras no son un propósito, son consecuencias de la política llevada a su extremo… vayamos al revés: la paz no es el agujero que queda cuando se saca la guerra: la paz es tan difícil de hacer como la guerra. No hay paz como hay aire: hay que hacerla permanentemente. Cuando los pacifistas a la violeta vienen a hablarme con tanta ingenuidad, les pregunto: “Para ustedes ¿era igual el ejército nazi que el aliado? ¿Eran lo mismo los mariscales nazis que Montgomery, Patton o Eisenhower?». No se puede hablar de la guerra en términos banales. Goethe, que algo sabía de estas cosas, cuando vio pasar a Napoleón, dijo: «Ahí va el espíritu del mundo». En el espíritu del mundo hay guerra, hay paz… En un mundo en el que ojalá los que hacen la paz, ganen más batallas… ¿De qué manera el hombre va a mantener el tono épico, el matiz épico que su espíritu necesita como el odio, como el amor? Bien, uno de esos sustitutos es el fútbol; por eso cada vez hay más violencia en las canchas y por eso, igualmente que en la sociedad, vamos a tener que permanentemente trabajar para que esa violencia se erradique de la tribuna… Me preguntaste que veía yo en el futbol gustándome tanto la literatura… Fijate que te di una larga respuesta, como si te te estuviera contestando a vos y a mí. Fijate si el futbol tiene matices para discutir. Multitudes gritando, aplaudiendo, llorando, abrazándose por una casaca… Y cuando te pregunten si el fútbol es un juego para divertirse, decí que no: el fútbol es una competencia. Cuatro chicos jugando al fútbol en una calle están compitiendo: quieren ganar: es difícil que se rían, se van reír cuando hagan el gol. Los ingleses han escrito bibliotecas sobre fútbol: un sociólogo inglés sostuvo que el fútbol es el alma inglesa y un sociólogo alemán mostró al fútbol como paralelo al mundo del trabajo… el fútbol como juego, eh. Hace poco, en `Tribuna Caliente’, dije que hay cuatro tipos de espectadores; cuatro formas ‘madre’ de ver al fútbol: la estética para aquellos que van a ver el juego bonito; la emocional, para aquéllos que van a ver jugar fuerte; la intelectual, para aquéllos que le gustan las tácticas y la pasional, para los hinchas.
– ¿Usted donde se enrola?.
– En las cuatro, pero si tuviera que elegir una: la pasional. Sí, antes que nada, soy hincha de fútbol.
– Literatura, tango, fútbol… es un privilegiado de la vida…
– Sí, soy sensual en ese sentido. Soy bastante ecléctico… qué palabra fea, eh… soy universal… como dice Walt Withman: ‘ Contengo multitudes’
– Son legendarias sus entrevistas a con Borges…
– Reconozco que, en general, no fui un mal profesional. Pero seguramente si alguien me recuerda en el futuro será por el trabajo que hice con Borges porque está en libros, se ha editado, se ha leído en todo el mundo, es un grueso volumen del Fondo de Cultura que es muy consultado… es probable, entonces, que sea recordado por eso. Siempre quise figurar en la historia de la literatura pero ingresé por la banderola, prendido a tos pantalones de Borges. Mis otros trabajos se van a degradar en la memoria como se degrada el papel de diario. Reconozco que con Borges logré algunas cosas. Una vez le cité un poema suyo de memoria: «Mi destino es la lengua de Cervantes/ el bronce de Francisco de Quevedo…». Me dijo: «No, no, es así: ‘Mi destino es la lengua castellana / el bronce de… ‘, hubiera sido excesivo decir Cervantes y Quevedo». Yo lo había citado mal y él me corrigió. Y alguna vez le pregunté por qué había puesto tal palabra y no otra en determinado poema…
– ¿Cómo sé recuerda de cuando era chico?.
-Con un poco de nostalgia, con tristeza… tuve una infancia que empezó bien, pero después, por crisis económicas… tenía una farmacia, papá, y no le fue bien. A veces, cuando alguien me pide un autógrafo, pienso qué era de mi cuando tenía diez años, enfermo de tifus, flaquito, con los chicos del barrio, muy pobres… pienso ¡cómo han cambiado las cosas!… la diferencia que hay con aquel chico que fui. Así que me miro también con curiosidad y hasta con mucha ternura.
– Seguramente, aquel pibe tenía sueños…
– Sí, sí, todos los chicos que leen mucho tienen sueños.

Antonio Carrizo falleció el 1 de enero de 2016, a sus 89 años.