Esta nota fue publicada en diciembre de 1996, en la revista Caseros y su Gente.

Pocho pasó su infancia en una isla rodeada por el Paraná de las Palmas, el Boca Carabela y el arroyo Toledo. Su casa humilde – de barro y paja, revocada, techo de zinc, asentada en postes de dos metros de altura para defenderse de las crecientes- hospedaba a su padre Luis, uruguayo, maestro panadero, su madre Francisca Noair, hija de vascos, y a sus cuatro hermanos.

«Nací el 19 de junio del ’26, pero me anotaron el día 22… Mi viejo dijo: si no ladra, lo anoto. No, en serio, soy geminiano… mi vieja me hacía siempre la torta de coco para mi cumpleaños». Doña Francisca era muy querida por los isleros; siempre bien dispuesta tanto resolvía una dolencia como se ofrecía rápido para las gauchadas. «Era de esas personas tocadas a la que todos querían y para todo tenía solución; además, hacia unos dulces espectaculares».
La isla, habitada en su mayoría por familias vascas, albergaba dos recreos masivamente concurridos los fines de semana. «Yo trabajaba de mocito y me ganaba mis buenas propinas». Eran bienvenidos los contingentes turísticos aunque también originaban ciertos reparos.
«Cerca de los recreos no se podía tener árboles frutales ni gallinas sueltas porque se afanaban todo; también, estaba prohibido bañarse en el río por las imprudencias que cometía la gente… por eso cuando se escuchaba que partía la última lancha, tanto nosotros como las gallinas nos poníamos contentos porque ganábamos libertad”.

Natación, pesca y remo eran las actividades preferidas de los pibes isleros, quienes adoraban las crecientes «porque nos permitían andar en bote por lugares donde, por ejemplo, habíamos jugado a la pelota el día anterior. Cuando llegaba la sudestada decíamos ‘vamos a tomar marejada’…eso significaba que nos íbamos a jugar al Paraná de las Palmas. Allí, hundíamos a propósito los botes, que como eran de madera, después flotaban, nadábamos y, sobre todo, pescábamos muchos dorados, surubíes… está bien aplicado el refrán: «A río revuelto, ganancia de pescadores. Muchas veces, a la hora de la siesta, me iba solo en el bote, con mi perro, a ‘tomar marejada’ «. 

La destreza y familiaridad con el río temible les permitió a aquellos pibes salvarles la vida a muchos visitantes de las islas. «Ocurría que algunos se caían de los botes al abordarlos y el Paraná, al borde del muelle, tiene diez u once metros; otros, que se la daban de buenos nadadores, pretendían cruzar el río desafiando la corriente… yo era chico y participé en varios salvatajes. Recuerdo que salvé a una chica que estaba de luna de miel y el esposo me dio un peso… (se ríe) se ve que la vida estaba barata en aquellos tiempos».

Pocho, así lo llaman desde chico, terminó la primaria en la escuela N°15 que estaba río arriba por el Boca Carabela. Colegio que se adaptaba a las necesidades de la zona ya que su horario educativo estaba relacionado con el horario del pasaje de las lanchas colectivas. «En general, fui un buen alumno salvo por la ortografía… la palabra vaca la escribía tres veces: con v corta, con b larga y con hache por las dudas; también, era horroroso en caligrafía… en cambio, mi vieja tenía una forma de escribir, con la pluma cucharita, que parecía música…”.

A mediados de los años ’40, ingresó -tras un arduo examen- en la Escuela de Mecánica del Ejército. «Mi viejo -que fue poco a la escuela- me había alentado para que hiciera una carrera… ‘para ser peón como yo tenés tiempo toda la vida’, me dijo». La rigurosidad prusiana del ejército de aquellos tiempos poco se parecía a la libertad de las islas, pero lo fue moldeando en disciplina y voluntad. «Trabajé en la fabricación de los famosos tanques ‘dele, dele’… le decían así porque cuando a Perón le llevaron el proyecto de fabricar un tanque argentino, respondió: «dele, dele'».
Ya egresado como cabo 1° – y como «especialista en tanques» – Pocho fue cubriendo distintos destinos: «Ciudadela, San Isidro, Campo de Mayo, Cancha de Polo… trabajé mucho tiempo con la primera importación de vehículos y también acondicionando y reparando la avalancha de desechos de guerra que llegaron a la Argentina; también estuve en la transición de unidad de caballería a motorizada de Campo de Mayo; probábamos los tanques ingleses ‘Cruzader’, los ‘Sherman’…»
A mediados de los años ’70, con el grado de suboficial mayor, le llegó el «retiro efectivo».

«Me volvieron a convocar en el ’78, cuando la Argentina casi se agarra con Chile. Me acuerdo que mi gran amigo, Juan Perachino, estaba emocionado y preocupado y yo le dije: «Mirá, Juancito, sería un hipócrita si después que el Estado me preparó durante tantos años, me disgustara cuando me necesita’… Fui destinado a La Plata para acondicionar los vehículos que se fueron confiscando. Todavía se me hace un nudo en la garganta cuando recuerdo que vino un chaqueño con su camión y me dijo: Aquí estoy con mi vehículo, para lo que guste mandar…’ «

CASEROS
Para los años ’50, el mozo de las islas había comenzado a revolotear por estas playas atraído por una piba que poco sabía de tanques pero con ancestral sabiduría desplegaba las bondades de anclar en tierra firme. En el ’53, en la parroquia La Merced, Nelly Gutiérrez y Pocho se dijeron ¡Sí! y se afincaron en Hornos y Urquiza. El nuevo vecino – quien ya compartía su actividad en el ejército con la de vendedor de productos eléctricos se fue insertando en la vida caserina. Integrante del Rotary Club Caseros, con la fuerza de un tanque – junto a sus compañeros rotarios – impulsó la quijotesca construcción de la nueva biblioteca Alberdi, obra que prácticamente, ya es una concreta realidad. También es integrante de la comisión directiva de la casa de libros, actividad que le da muchas satisfacciones: «porque no hay nada que me gratifique más que entrar en la biblioteca y verla llena de lectores». Además es colaborador de LALCEC., filial Caseros.

Por otro lado, apasionado por la vegetación, se encargó personalmente de plantar una hilera de «palos borrachos» a lo largo de la calle Kennedy, en los terrenos del ferrocarril.
«Mi intención es hacer una franja de flores rosadas entre Caseros y Palomar».
En varias oportunidades, los árboles fueron arrancados por el trazado de algunas obras subterráneas o por la labor de algún vándalo, pero, tozudamente, cada año, Pocho sigue renovando los árboles y además, plantando margaritas.
«En casa tengo un almácigo; este año, por ejemplo, tengo ya nueve o diez listos para plantar… me gusta el «palo borracho» porque es un árbol que no se apesta ni lo atacan las hormigas. El primer año, sí, hay que cuidarlos…».
No es extraño, entonces, verlo de pantalones cortos, en los atardeceres, echándole agua a sus queridos árboles.
Añora su pasado islero… «cada tanto sueño con las islas, con los sauces llorones peinados por el río, pero también me gusta Caseros por la gente, por la sencillez… «.
Vive en la calle Kennedy, entre Hornos y Olavarría, junto a su Nelly. Tienen una hija: Patricia Mónica y dos nietas: Stefanía y Aniela«nene (le dice a este cronista), no te olvides de poner que fueron escoltas de bandera en el colegio Abate«.
Desde aquel pibe que ‘tomaba marejada’ y fabricaba ‘dele, dele’ hasta este vecino que trabaja en la construcción de la Alberdi y planta margaritas en los terrenos del ferrocarril, han pasado 70 años. Canoso, pintón, divertido, fanático del truco, dice que no le gusta andar por la vida «haciendo cosas fuleras porque soy demasiado alto para andar agachando la cabeza por haber hecho macanas».

Nota de redacción: Raúl Carlos Pocho Roveta falleció el lunes 26 de mayo de 2014, a sus 87 años, poco tiempo después de que la Biblioteca Popular Juan B. Alberdi – entidad con la que tanto colaboró – había celebrado su centenario.