Una noche de Carnaval – con la prometedora actuación del famoso trío, en la vieja cancha del Jota Jota – fue la excusa perfecta para que, años atrás, nuestro recordado vecino Quique Sarubbi diera vuelo a su pluma y, a pura nostalgia, recorriera lugares y momentos inolvidables de los años ´60.

Sólo porteros y serenos van quedando en mi camino, el silencio de los galpones, los talleres vacíos y las fábricas en el descanso de un feriado hacen que sólo el golpeteo de mis tacos sean la única música que me acompañe en la vuelta a casa. Atrás, quedó esa noche.

PETIT BAR
La última parada fue el Petit Bar (Andrés Ferreyra y Urquiza), aquél que el tano Romeo, por esos días, había agrandado con revestimiento en madera, reservado y manteles, y que a su propio decir era la mejor confitería de la zona. En cambio, para nosotros seguía siendo el boliche donde se daban cita los milongueros de la época… y otras compañías poco santas… tan poco santas que hasta las habían expulsado del legendario y algo tenebroso bar Pampa (Valentín Gómez y Andrés Ferreyra), el de José García, con mesas de billar, estaño, olor a tabaco y alcohol las veinticuatro horas.

Pero, bueno, era lo que había y nos alcanzaba para estar bien. Y, como siempre, el punto de encuentro para nosotros, los muchachos de entonces, era ése: el Petit Bar. Ahí nos íbamos juntando de a poco para luego decidir el destino de la noche: podía ser Huracán, Centro Montañés, el Tigre Hotel, Vélez Sarsfield, Zodíaco, Bamboche, San Jorge, Deportivo San Andrés, Defensores de Santos Lugares, Nino, Mi Club, Bomberos de Ramos Mejía, Claridad de Ciudadela… Pero esa noche, la decisión seria local: comenzaban oficialmente los bailes de carnaval y nuestro club, el Jota Jota para algunos o el Urquiza para otros, arrancaba tirando la casa por la ventana desde la cancha de fútbol. No eran los bailes de River, San Lorenzo, Comunicaciones o Vélez pero eran los nuestros, en el club de Caseros, y en la cancha donde tantos sábados nos emocionábamos, gritábamos, nos amargábamos y éramos felices hasta la disfonía.

Eran los sábados de los goles del Chueco Fraile, del Flaco Hubert, del Colorado Verna, de ese fenómeno llamado López Espinosa que ya en sus días de retiro hacía que la magia del hombre y la pelota fueran cosas de todos los días. Ese era el Jota, donde el Turco Broggi marcaba presencia, a pulmón, garra y actitud. Ese era nuestro club que esa noche largaba la carrera carnavalesca de los 8 grandes bailes 8 con importantes números nacionales y una destacada presencia de artistas internacionales… ahí nomás, sobre la calle Kelsey (hoy Murias), entre las vías y Juan Bautista Alberdi, con las luces de colores, el escenario en la esquina de los galpones, las pistas de baile y la glorieta con sus mesas, donde las mamás se sentaban a mirar con esmero que sus nenas no hicieran nada malo cuando salían a bailar.

LOS PANCHOS EN CASEROS
Desde ese paisaje, el petiso Héctor Primavera comenzaba su alocución dando la bienvenida, lanzando una infinidad de auspicios y anunciando a quienes durante esa velada estarían animando el baile. Esa noche, su garganta se agrandaba más que nunca cada vez que anunciaba la presencia internacional del trío Los Panchos (¡Sí, el mismísimo trío Los Panchos con los originales Johnny Albino, Alfredo Gil y Chucho Navarro), que nos permitiría soñar con sus boleros y con el que más de una vez compartimos un romance… y estaría frente a nosotros, en Caseros, en nuestro club… como no iba a agrandar, Héctor, su garganta y su emoción para anunciarlo.
La noche fue larga y a veces la ansiedad nos traicionaba pero el deseo por verlos en vivo superaba todo, hasta los distintos matices musicales de la programación para esa noche… y así vimos pasar a Henry Nelson, un joven cantante que por ese entonces era figura en Escala Musical, y al crédito local Beto Fernán que se escuchaba, y mucho, en «Una ventana al éxito», programa creado, dirigido y conducido por Antonio Barros. También esa fue la noche de Los Pickups con la voz de Horacio Ascheri (como explicarles a nuestros hijos como sonaban esos Teen Tops a la criolla)… y así entre baile, bromas y algún juego de carnaval fuimos pasando la velada Juliana, Raquel, Gina, el tano Pino Donato, el negro Kiko Gómez, Luisito, el Socha, el petiso Johnny, Gustavo, Raulito, los hermanos Arregui, Roberto, Oscar, Pichi Ramos, Oscarcito Quiroga, el tano Vicente, el gallego Palito Alvarez, Oscar Gralatto y tantos más…

Aún hoy resuenan en mis oídos las voces afinadas de esos mágicos creadores que supieron conquistar varias generaciones. Aún hoy la emoción hace que mis ojos se humedezcan, aún hoy me paro frente al supermercado (Unimarc) que actualmente ocupa aquel espacio entrañable… pero ya no es la emoción sino el dolor de no poder imaginar el arco de espaldas a Kelsey, las canchas de basquet, la vieja y querida tribuna de madera, las chapas que hacían de pared, los pilares de ladrillos, el portón de madera y la media luna que los unía: con la leyenda: Club Justo José de Urquiza, a modo de bienvenida… y aquel escenario con esa escalerita temblequeante por donde, en verdad, daba miedo trepar… pero era nuestra historia, la que teníamos y con la que habíamos crecido… y aún hoy nos sigue dando ganas de revivirla. Nadie tenía el derecho a quitarnos esa parte de nuestra vida, pero lo hicieron y nunca imaginaron cuántas cosas se llevaron al estampar esa firma autoritaria que dejó al Jota sin cancha y a nosotros, huérfanos de un pedazo de nuestra historia… Nunca pasó por la cabeza de aquellos mesiánicos cuánto dolor y orfandad estaban causando; es más, creo que jamás les importó porque no eran de Caseros y jamás lo entendieron.

Ya casi llego a casa y las imágenes se mezclan: las tres películas en continuado, la pizza de Ottonelli, el club Unión y el flaco Juan José May… pero, como bien sabemos, eso es de otra historia y seguramente de otro cuento.

Quique Sarubbi