Nota rescatada de nuestro archivo / mayo 1989

A principios de los años ‘50, un morochito cordobés enfervorizaba a los caserinos amantes del boxeo. Piña va y piña viene, el «Torito de Caseros» (así le decían) tejía una leyenda deportiva que aun hoy, es recordada por los veteranos del barrio. Su guapeza – quizás, mayor que su técnica- demolía a los rivales y estiraba su fama más allá de la idolatría local.

Una noche, ‘las luces del ring» se apagaron definitivamente para Horacio Guillermo Salvarezza. Las tribunas ensordecedoras que le exigían hasta el último respiro se callaron para siempre. Al día siguiente, sus manos desnudas de boxeo empezaron a enfrentarse con esa vida ‘común’ que a veces golpea más fuerte que un terrible noqueador. Y, en esta pelea, nadie arroja la toalla piadosa que finaliza con el castigo. Y si Horacio se cayó algunas veces, otras tantas se levantó y siguió. Como antes, como en el cuadrilátero.

La cuadra de la calle Iribarren, entre Kennedy y Belgrano, se destaca por su fisonomía de barrio. Cierto aire tranquilo rodea a los pibes que juegan a la pelota. Es una calle en la cual – como diría Dolina«las veredas son la continuación del patio de casa».
Y en esa misma cuadra, en una casa coqueta y prolija a fuerza de cuidados hogareños, nos recibe Horacio Guillermo Salvarezza.

– Usted es cordobés.

Sí, de la capital. También viví un tiempo en Santa Fe. Pero cuando tenía ocho años, nos vinimos para Caseros y aquí me quedé para siempre. Y ya tengo 60 años.

– ¿Vivió siempre en esta casa?. 
– No, vivíamos en la casa de mi finada abuela, en Olavarría y Rebizzo. Yo hice la primaria en la escuela 28 – «Angel Pini»- que está en la calle Puan. Estuve a punto de empezar la secundaria pero me puse a trabajar. Ayudaba a mi padre que era tornero.

– ¿Se peleaba muy seguido cuando era pibe?.
– No, es extraño, pero no era muy peleador. Me tenían que hacer «embroncar» mucho para que me agarrase a piñas. En realidad, yo era amigo de todos.

– ¿Cómo fueron sus comienzos en el boxeo?.
– A mí, este deporte me gustaba mucho, me gustaba verlo, analizarlo. Junto con mi hermano Ismael, en la quinta de mi abuela, habíamos armado una especie de gimnasio y allí nos pasábamos muchas horas pegándole a la bolsa o haciendo «guantes». Yo admiraba a Amelio Piceda, quien fue campeón argentino de los medio medianos. Acá, en Caseros, vivía un boxeador: Luis Nayen, a quien le fui a pedir asesoramiento. Él me llevó a practicar al gimnasio del Luna Park y ahí empezó todo. Tenía dieciséis años. Hice 77 peleas como amateur; perdí 6 y 80 como profesional, de las cuales perdí 5.

– ¿Boxeó muchas veces en Caseros?. 
– Sí, en aquel tiempo el club Unión organizaba, los viernes, veladas boxísticas y allí peleé mucho. También lo hice en El Zonda y en el club Libertador realicé algunas exhibiciones. Recuerdo que una noche estaba peleando en el Unión contra un muchacho de apellido Zacarías. Estábamos meta piña y piña y, de repente, se suelta una cuerda y como lo tenía arrinconado, se cayó sobre la gente que estaba en el ring side. Tuvieron que parar la pelea, levantarlo y subirlo, era un ring precario.

– ¿Vivía del boxeo?

No, también trabajaba en Fabricaciones Militares; salía del «laburo» y me iba a entrenar al Luna Park. Mi entrenador era Alfredo Porzio, quien también lo fue de Lausse. pero de Porzio no guardo un buen recuerdo.
– ¿Por qué?
– Yo estaba en el punto más alto de mi carrera y muy cerca de pelear con Gatica. Incluso, ya se había publicado en los diarios, el posible enfrentamiento. Pero, de buenas a primeras, me cortan la pelea y me dejan sin entrenar. De repente, en una semana me hacen bajar cinco kilos y me hacen pelear con Alfredo Prada. Y Prada me mata. Todos sabían que así, en ese estado físico, iba a perder.

– ¿Existían muchos tejes y manejes?
– Si, subían y bajaban a quien querían.

– ¿Quienes fueron sus rivales de mayor renombre?
– Además de Prada, Oliveri, Gaño, Meneses. muchos nombres se me escapan de la memoria.

– Usted fue un ídolo local.
– Sí, me seguía mucha gente de Caseros y de los alrededores. También tenía seguidores entre los artistas. En estos momentos, recuerdo a Alberto Morán, Jorge Casal, Alberto Marino
– Fue conocido por su guapeza en el cuadrilátero… ¿Nunca sintió miedo?.
– Es que cuando uno está arriba del ring no se alcanza a pensar en eso. Ni siquiera cuando uno la está «ligando» o está caído. Lo que uno quiere es «zafar» el momento. En todo caso, el único temor es el de no poder levantarse para seguir peleando.
– ¿Le gustaría que su hijo fuera boxeador?
– La verdad. no. Y menos después de todo lo que experimenté. A mí me desmoralizó todo lo que había alrededor. Como práctica, me parece un deporte bárbaro: la soga, la bolsa, el «punching ball»… todo eso lo veo bien. Pero sin hacer tanto «guante», sin golpearse tanto. Esto, por supuesto, lo digo ahora, después de mucho tiempo y con toda la experiencia.

Alguna vez, «Ringo» Bonavena sostuvo que muchos aconsejan a un boxeador, pero cuando suena el «gong» lo dejan solo. «Te quitan hasta el banquito», chispeó. En este tramo de su vida no boxística – quizás el más difícil- Horacio Salvarezza no está solo: lo acompañan el infinito amor de su esposa Juana Veneciano; sus hijos Daniel y Mónica y la alegría de sus nietos Romina, Gimena y Néstor.