Miguel González, Fernando Laucha Quiroga y Carlos Galera arriba del carro detenido en Urquiza y Cavassa, con el que hacían delivery de carne para «La Nobleza». Claro, las calles del pueblo, por aquellos años, eran de tierra, tierra y tierra. Los zanjones estaban llenos de sapos y zapateros. Las baldíos rebosaban desmesurados de mariposas y las noches caían sometidas por grillos y bichitos de luz.

El pueblo amanecía con el voceo de los vendedores ambulantes. Prácticamente todo se vendía a domicilio: desde leche al pie de la vaca hasta pan o helados. Churros, escobas, maníes, forraje, pescados, artículos de mimbre, kerosén, toallas, pirulines, hielo, acaroína, lupines, gallinas, pavos, trapos de piso eran ofrecidos casa por casa. Y no faltaba el fiado… (Atención: cayó en manos de nuestro equipo de investigación una libreta donde figuran todos los que no pagaron; un día de estos damos a conocer los nombres)

Tampoco faltaban quienes se ofrecían para afilar tijeras, arreglar paraguas, cortar el pelo o cardar los colchones. Era un tiempo de puertas tan abiertas que los vendedores ambulantes podían aparecerse de repente en la cocina sin más anuncio que el «Buenos días, vecina», para ofrecer sus productos/servicios.