Pedro Malvido Giménez (94) es un querido vecino de nuestro barrio. Fue oficial en la Policía Federal y fundador de la desaparecida empresa LECA (David Magdalena y Mitre). Pero, fundamentalmente, se dedicó a la producción de seguros. Lector apasionado y tanguero de ley, conoció a fondo la noche porteña, experiencia que volcó en un libro. Es uno de los pioneros de la legendaria barra que hace más de medio siglo nació en el club República. La vida, señala, lo llenó de amigos pero también lo golpeó con el dolor más grande que puede tener un padre.
Hace un tiempo, charlamos con él en su coqueto departamento de la calle Urquiza, casi esquina 3 de Febrero, donde, entre otros comentarios, nos dijo lo siguiente:

Nací, el 6 de junio del ’26, en el hospital Argerich. Hasta que tuve diez años viví en Luis Viale y Boyacá, cerquita del café La Humedad. En 1936, vinimos a vivir a Caseros. Nuestra casa estaba en Sarmiento y Pehuajó (actual Rebizzo). Era una casa tipo chorizo como de 80 metros de largo, con muchos árboles frutales. Nos empachábamos de tanta fruta que había.     

Yo fui hijo único pero estábamos rodeados de familias prolíficas: los Varvuzza (Juancito fue un amigo muy querido), los Galera, los Ferrari, los Cucarese, los Vilela, los Serpelli, los Cantamesa, los Ferrari (Pablito era todo corazón, parecía un personaje extraído de un libro de D’Amicis), los Toto, los Cocchiararo (Pedrito fue un pibe que con su oboe conquistó el mundo), los Casai, los Onzari, los Onorato, los Mazzobrio, los González, los Gálvez, los Mures, los Pace... eran todas familias numerosas con chicos que se convirtieron en amigos entrañables. Vivencié tanto esa esquina, esa gente, que capitalicé esa memoria y tuve la fortuna de poder volcarla a través de algunos escritos, publicados en Caseros y su Gente

• De mi infancia en Flores no tengo muy buenos recuerdos. Pero mi vida en Caseros fue maravillosa. Caseros me abrió las puertas de un mundo completamente distinto. La más bella página que yo pueda escribir de mi vida está relacionada con la adolescencia. A veces, no hay argumentos para explicar porque uno ama u odia ciertas cosas. Caseros es para amarlo… uno se arraiga tanto en este pueblo sin saber, a veces, cuál de todos es el motivo…

• Mi casa estaba rodeada de calles de tierra. Y parecía que si uno no tenía el barro no podía disfrutar de la vida. El barro permitía chapalear bajo la lluvia… eso no tenía precio. Permitía hacer bolas de barro para tirárnoslas… caminar agarrados a los alambrados para no caernos al zanjón. El asfalto cambia las cosas. En algunos aspectos, para peor porque la esquina, al principio, se convirtió en una laguna y había que poner defensas para que el agua no entrara a las casas… con el asfalto también deja de venir el lechero con sus vacas. 

• Me acuerdo del tiempo en que los actos políticos se hacían en avenida San Martín que a partir de Mitre, para el lado de Ciudadela, era de tierra y entonces, venía la gente del Círculo Tradicionalista El Rodeo que organizaba jineteadas, carreras de sortija… Tuve un buen amigo, Tristán, que vivía por allí. Su padre tenía un reñidero de gallos.

• Jugando a la pelota, yo era un morfón. Con algunos chicos formamos un equipazo, el Peñarol de Caseros. Estaban Albertito Noya, el Nene Lucero, Ñato Filet, Orlando Serpelli, Pablito Baumann, un jugador excepcional… El Chino Naranjo fue un jugadorazo. Estaba por encima de nosotros, fue nuestro mentor, todos queríamos emularlo. Fue un crack, sin vuelta de hoja, en una época donde ser crack era una cosa muy seria. Verlo era un espectáculo. Jugaba divirtiéndose y hacía divertir a los demás. Su escuela era el potrero… creo que cuando desapareció el potrero, desapareció esa magia que tenía el futbol argentino. Muchos de los chicos que nombre eran magos con la pelota.

• En 1940 ingresé al Colegio Nacional «Sarmiento», ubicado en Libertad y Juncal. Ahí me recibí de bachiller. De esa época, también tengo recuerdos maravillosos. En el ’42, conocí a Antonieta María D’Amico, la hermana de un compañerito que vivía en Santa Fé y Paraná. Esa chica me gustó tanto que cuando entre como cadete a la Policía Federal, en el ’44, me le declaré vistiendo el uniforme para impresionarla. Nos casamos en 1949, llevamos más de 60 años de matrimonio.

• Desde chico, fui un lector empedernido. Creo que esta inclinación la tuve por influencia de los profesores del colegio Sarmiento. Un grupo de profesores impresionantes que parecían un libro abierto. Tras recibirme de bachiller, ingresé a la Facultad de Derecho pero no concluí los estudios. También hice durante algunos años el profesorado de Historia en el colegio Elizalde… tampoco lo concluí por razones de trabajo pero me nutrí de conocimientos que me apasionaban.

• En 1944, ingresé como cadete a la Policía Federal de donde me desvinculé, en 1957, por razones personales, como oficial principal. No estaba cómodo, en esos momentos, en la repartición y renuncié. Ya había empezado a dedicarme a la actividad aseguradora que, en definitiva, fue el principal sostén de la economía familiar porque con la remuneración como policía vivía estrechamente. Con los seguros, mantuve una carrera que duro varios años y logré una cartera importante que luego siguió mi hijo menor, Flavio.

• Junto a mi esposa pude recorrer gran parte del país y también hicimos varios viajes al extranjero. Lejos de nuestras fronteras, uno valora más el país que tiene… valora todo lo hermoso que tenemos, nuestras costumbres, nuestra gente.

• Desde el punto de vista personal, mi vida no fue apacible; por el contrario, tuve grandes dolores. Pero desde el punto de vista social, me precio y enorgullezco de tener muchos amigos a los que quiero entrañablemente. Me dieron una vida para recordar y junto a ellos pasé momentos muy felices. Amo Caseros y a los amigos que conocí en Caseros.

Me considero una persona respetuosa, mis hijos también lo son. El respeto, creo, es producto del entorno donde uno se cría. Es producto de ciertos códigos estructurales que nunca cambian. Pero diría que esos códigos existían en todas las familias. No era una cosa inventada… algunas familias eran más rigurosas que otras pero en todas se enseñaba a respetar. En aquella época, no había lugar para berrinches irrespetuosos y un moquete correctivo no creaba trauma alguno.

• Me duele la injusticia social y la pobreza estructural. Cuestiones que, desde que tengo uso de razón, he escuchado que iban a erradicar. Desfiles de políticos lo han prometido. He escuchado discursos que parecen de un disco rayado. Ha sido una mentira repetida a través de generaciones. Entonces, como no me va a doler la pobreza, la falta de trabajo… un hombre sin trabajo pierde la dignidad…

• Somos parte de un país indisciplinado. Disciplinado no significa marcar el paso ni vivir haciendo la venia. Pero si implica respetar la ley… creo que ahí empieza todo. Respetar la ley y conocer aquello de que mi derecho termina donde empieza el ajeno y que nunca se debe hacer aquello que no quisiéramos que nos hagan. Es tan fácil, tan sencillo, tan simple… claro, todo empieza por la parte más alta de la pirámide; los que están en el vértice superior son los que tienen que dar el ejemplo.