Pisa el Corsódromo y se transforma, admite. Pisa el Corsódromo y la energía que baja de las tribunas le pega en la piel, lo enardece. Pisa el Corsódromo y deja de ser el muchacho tranquilo que cada tarde atiende detrás del mostrador, en la librería familiar de Andrés Ferreyra y Belgrano.

Es flaco, musculoso, tatuado; sus dos metros de altura le impiden pasar desapercibido. Fue alumno de la escuela 12, también del instituto La Merced y apenas le faltan un par de materias para recibirse de contador público. Se trata de Andrés Dueñas (45) a quien hace una década visitar los populares carnavales de Gualeguaychú le «cambió la vida», asegura. Fue tan grande el impacto, que al año siguiente ya era un integrante más de una de las tres comparsas que, cada verano, desfilan a lo largo de 500 metros en el denominado «Carnaval del País», considerado como la «mayor fiesta a cielo abierto de la Argentina y uno de los mejores del mundo».

El mentado Corsódromo se extiende a lo largo de cinco cuadras transitadas por cuerpos maquillados, luminosos; algunos cargados de disfraces, máscaras y alegorías; otros, casi desnudos, que exudan sensualidad. Un recorrido vibrante atravesado por el fervoroso, repetido, africano tamboril. Las carrozas, las luces, las arengas, las batucadas, el brillo de lentejuelas y caireles, completan el fenómeno pagano. El recorrido dura entre 60 y 75 minutos, señala nuestro vecino, y al finalizar queda extenuado, con el cuerpo húmedo pero palpitante de felicidad. La que culminó el pasado marzo fue la novena temporada de Andrés en Gualeguaychú.

Su cuidado aspecto le permitió crecer en protagonismo y que le asignaran interpretar papeles más destacados en cada escuadra carnavalera. No se reconoce como un «bailarín de primera» pero sí que le pone «garra» a cada rol que le toca personificar. Alguna vez fue diablo, otra fue cacique, también se destacó como aguerrido gladiador. Para las noches 2020 le pidieron que se luciera como un gigantesco árbol porque la temática de su comparsa («Papelitos») alertó sobre la importancia de cuidar la Naturaleza.

Cada conjunto- que tiene alrededor de 300 integrantes- desfiló bajo los acordes de dos canciones: la institucional y la ideada para dar fondo a la temática abordada. Andrés señala que cualquiera – independientemente del físico y la edad («hay chicos de siete, ocho años como adultos de 80») – puede integrar una comparsa. Cada director, aclara, está capacitado para asignar el papel adecuado. Más que la aptitud, se privilegia la actitud, subraya. «Hay algunos que ven las tribunas repletas y se achica, les agarra miedo escénico, y eso se nota a pesar de las arengas de su compañeros o del aliento del director… tenés que tener ego… creértela en ese momento, agrandarte… yo, que no me considero introvertido pero tampoco lo contrario, apenas pongo el pie en el Corsódromo, tengo la sensación de que me explota el pecho», se entusiasma. «Es que me siento protagonista de una apasionante fiesta», abunda.

Ya en la pasarela, completamente desinhibido, Andrés es abducido por el espíritu del carnaval y por el fondo tribunero – 25 mil, 30 mil personas, cada noche – que manifiesta a través de sus gritos y ovaciones, que también es parte de la fiesta.

Y, sí. Fue desfilando en una comparsa que se enamoró de Victoria Saino, bastonera de Ara Yevi, espléndida morocha, entrerriana, de familia carnavalera; kinesióloga y profesora de baile en los meses de no carnaval.
«Al ser los dos del palo, nos entendemos, nos comprendemos. Ella, al bailar desde chiquita y ser de Gualeguaychú, lo tiene bien claro. De lo contrario, sería difícil. Hace cuatro años que vivimos en Caseros».
No. Andrés no gana plata. Al contrario, viajar cada semana y la estadía le genera gastos. Pero sí se atiborra de plenitud y el resto del año, espera con ansiedad la llegada del próximo verano. Incluso, cuando la rutina o los problemas cotidianos lo bajonean, su mejor terapia es poner música carnavalera que lo transporta a Gualeguaychú… «la música, como el perfume, tiene esa capacidad», concluye.