A fines del siglo  19, doña María Antonia Beazley de Romero heredó una serie de terrenos en este Caseros que apenas si desperezaba su trazado urbano.
De cuna aristocrática, para los Romero BeazIey – quienes residían en la Capital Federal – los pagos caserinos, probablemente, serían “el campo”. Y no les faltaba razón. Lo cierto es que en una franja de tierra comprendida entre las actuales calles San Martín, Bonifacini, San Francisco y Petkovic, levantaron un chalet de lujo rodeado de un parque espléndido. Con el tiempo, el vecindario llamó al lugar «la quinta de la viuda de Romero», dado que había fallecido el esposo.

(Nota de redacción: la foto de arriba donde se observa la entrada a Cristo Rey fue tomada en los años ’50. La imagen también refleja al antiguo boulevard que por entonces  dividía a av. San Martín)

Clorinda Galli (foto) nació y vivió en esa quinta: era la hija de los caseros: Silvio Artemio y Clorinda, ya fallecidos.   
«La viuda tenía tres hijas: Otilia, María Antonia e Inés, las tres permanecieron solteras», nos contó Clorinda.

La morada estaba cercada por una tupida ligustrina que custodiaba una imponente hilera de eucaliptos. La entrada principal daba a la calle Bonifacini, a la altura de la actual Lisandro Medina. Quien traspasaba el portón de madera, ingresaba al camino – enmarcado por pinos- de 150 metros que llevaba hasta la casa principal. Ombúes, álamos, paraísos, árboles frutales completaban la generosa fronda que cobijaba toda clase de pájaros.

“Había un garaje para diez autos y también una caballeriza. Detrás de un ombú, estaban la cancha de bochas y la de tenis de polvo de ladrillo”, recordó Clorinda.

En los años ’40, en un rincón de la propiedad, se comenzó la construcción del actual colegio Cristo Rey, en un terreno de 3000 m2, donado por doña María Antonia, quien fue madrina de la piedra fundamental de la obra.
«Eran muy religiosas, todos los domingos iban a misa, en auto, a la iglesia La Merced: incluso, ellas mensualmente entregaban un subsidio a la parroquia», destacó Clorinda, quien agregó: «Inés, en un pino de la quinta había esculpido la imagen de la Virgen y la de Jesús durante la primera caída en el Calvario».
Don Silvio Artemio Galli, además de cumplir con las tareas generales de un casero, también se encargaba de cultivar y cosechar todo tipo de hortalizas en un sector que lindaba «con la quinta de Caserta».

EL CHALET
La casa principal – rodeada por una galería – estaba dividida en tres plantas integradas por habitaciones amplias con grandes ventanales desde donde se observaba el majestuoso parque y, por supuesto, el cielo caserino.
«En la planta baja, estaban la cocina grande con una ventana por donde la cocinera le alcanzaba la comida a la mucama que servía el almuerzo y la cena: enfrente estaba ubicada la despensa y, más allá, el comedor grande. También había un dormitorio para doña María Antonia que era paralítica y debía movilizarse en silla de ruedas. Además, había un baño completo y otros ambientes».
“En el primer piso estaban los dormitorios de las hermanas y habitaciones para huéspedes, cada una con su baño y sala para desayuno. En el segundo, vivían las dos mucamas, la cocinera y la ayudante de cocina. También había un gran altillo donde guardaban de todo. La casa tenía un teléfono interno desde donde se comunicaban con mi papá” .
Desde ya, el menaje estaba formado por piezas de primer nivel: cubiertos de plata, talladas copas de cristal, porcelana inglesa, mantelería de hilo…
Las Romero llegaban, en época invernal, cada sábado por la mañana, en un auto conducido por Otilia o María Antonia (h). Por la tarde, las hijas de la viuda iban hasta la estación a recoger a una tía infaltable que llegaba en tren.

CASEROS: EL LUGAR DE VERANEO DE LAS ROMERO BEAZLEY

Apenas asomaba la primavera, la familia se instalaba permanentemente en Caseros hasta que se agudizaba el nuevo otoño. Nuestro barrio era, para ellas, “su lugar de veraneo”.
Cada fin de semana, los parientes se sumaban y la quinta adquiría especial animación. Mientras los más jóvenes se entreveraban en esforzadas competencias tenísticas, las sombras de los árboles guarecían interminables partidos de canasta protagonizados por los más tranquilos.
«Salvo una de ellas que era medio ‘nariz para arriba’ – señaló Clorinda- las Romero eran amables… tenían mucho respeto por mi papá. Otilia fue madrina de mi hermano».
«Nosotros vivíamos a pocos metros de la chalet. A mí me dejaban jugar sin problemas… pero no eran, por ejemplo, de invitarme a comer con ellas. Esa intimidad la guardaban. A las cinco en punto tenían la costumbre de tomar el té que, por supuesto, servían las mucamas… ellas no hacían nada de las cosas de la casa».

Con el correr del tiempo y tras el fallecimiento de doña María Antonia, la quinta comenzó a tener menos visitantes. Sus hijas ya no concurrían con la asiduidad de antaño. La regia mansión y el magnífico parque fueron perdiendo de a poco el esplendor de sus mejores días. A pesar de las negativas de don Galli, los muchachos del barrio invadían la morada para aprovechar la generosa sombra y jugar a la pelota o robar mandarinas. Una noche, incluso, los amigos de lo ajeno ingresaron al chalet y se llevaron muchas pertenencias.
“Pero los ladrones fueron detenidos y mi papá tuvo que ir a la comisaría a reconocer las cosas que habían robado”.
A mediados de los años ’50, las chicas Romero decidieron vender la propiedad. Los Galli adquirieron el pedazo de terreno que ocupaban sobre la calle Medina y allí vivieron durante muchos años. La demolición del chalet, la devastación del parque y el loteo pertinente fueron apenas un instante en el transcurrir caserino. Actualmente, casas y comercios se levantan sobre aquella soberbia morada que todavía es recordada por muchos vecinos de Caseros.