En una próspera región del Antiguo Oriente reinaba cierto monarca, famoso por su carácter caprichoso. Cierto día, se le antojó hacerle un encargo al hombre sabio de la zona y mandó llamarle.

Quiero que tomes esta caña de bambú y recorras todo el reino. Cuando encuentres a una persona que consideres la más tonta, deberás entregársela, le ordenó.

El sabio tomó la caña y partió. Viajó sin descanso, recorrió cada camino, cada pueblo, cada rincón del reino y entrevistó a numerosas personas. Sin embargo, no halló a persona alguna a la que considerase merecedora de entregarle la caña de bambú.

Luego de meses, el sabio regresó al palacio donde le informaron que el monarca había enfermado de gravedad. Los médicos le explicaron que el rey estaba en la antesala de la muerte, se esperaba un fatal desenlace en minutos. El sabio se aproximó al lecho del moribundo.
Con voz quebrada pero audible, el monarca se lamentaba:
¡Mira que desdichado soy, que desafortunado! Toda mi vida acumulando riquezas… ahora no sé qué haré apara llevarlas conmigo… Tengo oro, joyas preciosas, diamantes, rubíes… pero ¡no los quiero dejar, no los quiero dejar!… ¿¡Cómo me los llevo!?… apelo a tu sabiduría, dime.
Como toda respuesta, el hombre sabio tomo la caña de bambú y se la entregó.

Cuento sufi