La señora de la calle Caseros, entre Belgrano y Moreno, fue elegida Miss Argentina, en 1971. Pero antes, cuando era una nena que diariamente concurría a la Escuela N° 12, se sentía, apenas, “un patito feo”.

Reportaje realizado en 2013

“Estaba en sexto grado y era muy alta y delgada para mi edad… era una jirafa flaca can aquellos zoquetes blancos que se usaban para ir al cole», recuerda Olga Noemí Ricciardi (58). Y agrega: «Era tan flaca que parecía de Biafra. Mi mamá me llevaba al médico para que me diera vitaminas, aceite de hígado de bacalao, algo para engordar… el doctor le decía que si veía que comía (y yo era una termita) que no se preocupara… en ese sentido, mi infancia fue traumática”.

Estamos en la biblioteca Alberdi y Olga pierde su mirada en las estanterías, cargadas de libros. Casi murmura cuando señala “cuántas veces estuve aquí cuando andaba floja en Literatura; en esa época, la biblioteca estaba abierta hasta las diez de la noche por la cantidad de gente que venía”.

Su patria chica siempre fue Caseros. Junto a sus padres Elvira Castaño y Pedro Ricciardi y su hermana Mirtha, transcurrió su infancia y adolescencia en la casa familiar ubicada en Mitre y Pringles. Fue alumna secundaria en el Instituto Nuestra Señora de La Merced donde, reconoce a medias, es posible que su figura ya espigada, su cabellera rubia y abundante, sus ojos claros hayan generado algunos suspiros, fenómeno que jamás percibió por su natural condición de “absolutamente despistada”.
“Siempre lo fui, tanto que hasta debo parecer antipática para quienes no me conocen, hasta mis hijos me lo dicen…”.

Claro que a la rubia de la calle Mitre, los chicos del colegio La Merced no le resultaban indiferentes y vivía noviazgos fogosos con alumnos que jamás se enteraron y que en este preciso momento se deben estar golpeando la cabeza contra la pared.
“Todo fue muy platónico, inocente, porque yo era una enamorada del amor, escribía muchísimo sobre el amor pero, a la vez, era tremendamente tímida para demostrarlo», dice sonriendo.
Apenas egresada del secundario, Olga buscó desandar su propio camino y lo primero que hizo fue buscar trabajo, a pesar de que su padre, tano bien tano, militar retirado, tenía entre ceja y ceja que una señorita (y mucho más si era una de sus adoradas hijas) debía pensar solamente en un futuro de señora y ama de casa. Necesitada de independencia y para convencer a don Ricciardi, la rubia consiguió un empleo a metros de su domicilio.

“El día que lo propuse en casa, en el comedor hubo una junta y cada uno, tíos incluidos, votó para darme el permiso”. Tras el sufragio familiar, la firma FODERAMI (Mitre, entre Pringles y Alzaga), de Italo Bessi, agregó una nueva tarjeta en su reloj de entrada de personal.
No pasó mucho tiempo hasta que nuevamente Olga – taurina y cabezona – desafiara la jurisdicción paterna y se inscribiera en un certamen organizado por “Feliz domingo para la juventud”, programa conducido por Orlando Marconi, que buscaba una Reina de la Primavera. “Agarré un tapado viejo de mi mamá, lo corté todo y me hice una maxifalda (no le pude terminar la cintura) y me presenté”. Fue elegida primera princesa y ganó una beca para hacer un curso de modelaje en el instituto de Jean Cartier.
Casi inmediatamente, Ana María Cachito Micheli le descubrió aptitudes para la alta costura y la inscribió en el Círculo Femenino. De allí hasta las pasarelas, apenas si hubo un lapso efímero.

“Mi primer desfile, mi primer trabajo profesional, fue para la firma Vittorio, un sueño… tenía como compañeras a Raquelita Satragno, Mirtha Massa… y además, me pagaban por un desfile lo que tardaba un mes para ganar como empleada…”.
No demoraron en repetirse los desfiles y sobre su hasta entonces cotidiana vida barrial se desató un vendaval de situaciones que jamás había soñado.
“El único antecedente que tenía como mannequen era cuando la esposa del doctor Galarza, cuando iba a La Merced, me invitó a participar en un desfile a beneficio», acota. 

Héctor Vidal Rivas (vestuarista de Mirtha Legrand) la contrató para Sudamtex, empresa de primera línea en la fabricación de telas, productos que la firma promocionaba en todo el país a través del paso elegante de la joven de Caseros.
En 1971, se inauguró la ‘nueva calle Florida’ y se organizó un concurso para elegir la Reina de la Primavera. Olga se presentó, lo ganó y su nombre se repitió en los medios masivos. Pero mucho más se repitió cuando a fines de ese mismo año fue coronada como Miss Argentina, título al que accedió tras superar varias instancias eliminatorias. Fue en Canal 13 donde la proclamaron como la más linda del país, al concluir el certamen organizado por Nelly Raymond.
A la mañana siguiente, Clarín describía a la flamante reina como “una joven de Caseros, que luce 90-60-90, pesa 52 kg, mide 1.72, admira a Federico Luppi, Norberto Suarez, Thelma Biral y su libro preferido es Los caminos de Katmandú”.

La flaca rubia que, entre otros premios, ganó la suma de 200 mil pesos, tenía apenas diecinueve años y tocaba el cielo con sus manos. Las empresas más distinguidas se disputaban su contrato y se multiplicaban las ofertas. Por entonces, poco se la veía caminando por 3 de Febrero, por avenida San Martín o por la calle Spandonari. Sus pasos ágiles rebotaban en espacios reservados para las celebridades de la moda. Trabajó para las afamadas marcas Rhodia, Lola Ramini, Cocó de Eugenia, Juilliard, Nina Ricci, fue modelo exclusiva de Pierre Cardin para mallas… “los malleros me buscaban porque era una de las pocas mannequens que tenía lolas”.

Integró el Grupo Les Mannequins junto a Kuki Ceballos, Alaá y Diana Custodio, entre otras. El trabajo era tanto que hasta rechazó ofrecimientos de Japón y México. “Hoy me arrepiento… a pesar de que tuve oportunidad de viajar mucho… pero conocer otras culturas, otra gente, otros países, eso es maravilloso. Por eso estoy arrepentida. Siempre les digo a mis hijos: ‘Hay que arrepentirse de lo que una no hace, no de lo que se hace, aunque sea equivocado’”.
Olga también trabajó en televisión: en canal 9, su imagen se difundió en programas como “La ciudad de los niños”, “Tiempo de sonido”, “Las nueve noches” (ciclo en el Teatro Cervantes), “Buenas tardes, mucho gusto” (micro de moda) y “Pasado, Presente y Humor” (con Pablo Palitos, Ricardo Bauleo, Eddie Pequenino, Julio López…). Su rostro, su figura, eran tapa de las revistas de mayor alcance. Jura que “nunca me la creí”. Sus tiempos de mayor popularidad, afirma, jamás la sacaron de eje. Y no lo atribuye a una modestia virtuosa sino a su natural despiste. Vivía la fama, la belleza, el reconocimiento, con absoluta serenidad, sin marearse a pesar de su juventud. Cada fin de semana, tras el intenso ajetreo, ansiaba regresar a su casa “donde me ponía un vestidito, ojotas, y sin maquillaje me iba a hacer los mandados”.
“Conocí la fama pero no tuve conciencia de esa etapa. Me sentía una laburante que trataba de superarse en su profesión”.   

En ese vendaval que la arrolló apenas finalizada su adolescencia, Olga también se casó, se separó y tuvo dos hijas. Cuando se casó por segunda vez, concluyó su carrera para dedicarse exclusivamente al hogar y “porque mi marido era ultraceloso”, concede. Esboza una sonrisa cuando reconoce que jamás pudo cortar el cordón… “primero era mi papá el que me tenía cortita y después fue mi segundo marido…”. Se le nubla la mirada cuando recuerda a Juan Carlos Aznar, abogado, con quien también tuvo dos hijos y al que reconoce como “el amor de mi vida”.

“Falleció hace doce años. Lo extrañé muchísimo. Además de mi amor, fue un excelente compañero, mi mejor amigo”. La pesadumbre en la vida de Olga se estableció fatalmente. En un lapso muy breve también se fueron para siempre un tío muy querido, un sobrino de 17 años (lo mataron en Alvear y Mitre para robarle su ciclomotor) y su querido padre.

METAFISICA
Hace algunos años, Olga comenzó a estudiar metafísica. “Con distintas personas inquietas por lo mismo, nos reuníamos, hablábamos y estudiábamos el tema. Todo eso me ayudó para soportar lo que me vino después, porque mi umbral de dolor para soportar las pérdidas era muy bajo. La metafísica me abrió un panorama para resistir lo que me iba a llegar y encontré sentido a las cosas, tranquilidad espiritual». Sobrellevó una profunda depresión. El dolor sepultó las luces, el glamour y condenó al arcón de los recuerdos (o del olvido) aquel vendaval, y sólo, manifiesta, la concreción de la presente entrevista, reaviva la memoria.
Las fotos sepias fueron rescatadas y, en sus manos, ilustran las evocaciones: “Mirá, acá, estoy en el Hermitage…”.

– ¿Cómo manejaste el tema de tu timidez durante tu carrera profesional?
– Creo que la misma profesión hizo que me armara de una coraza que me protegiera y me atreví. En esa época no había representante, así que me la tenía que arreglar solita y sacar coraje de donde fuera. Siempre me pude defender sola. Jamás me ha pasado algo que no quise.
– ¿Y en la pasarela?
– Yo sabía que me plantaba y decía ‘aquí estoy’… pero fuera de la pasarela, cuando retornaba a lo de todos los días, volvía a ser una persona simple, normal.
-¿El ambiente era, como ahora, una usina de rumores?.
– Nunca vi a nadie que pusiera algo raro en los tragos. Ni siquiera se hablaba de drogas ¿qué era eso? Nunca tuve acosos, ni asedios, ni para tener trabajo tuve que hacer concesión alguna. Sé que ahora no es lo mismo. A mis hijos no les aconsejé que siguieran mis pasos porque soy consciente que las cosas cambiaron mucho. Se perdió el glamour, el respeto.
– ¿Las mannequens de alta costura suelen aparecer en televisión?
– Son pocas las excepciones. Debo haber sido una de las muy pocas que estuvo en ambas a la vez. Incluso, mujeres como María Amelia Ramírez, con su cara bellísima, no pudo hacer.
– ¿Los vestidos que vos pasabas eran exclusivos?
– Claro… después había clientas que pedían ese vestido. Por lo menos, así era antes.
– ¿Cambió mucho la profesion?.
– Cambió la forma de caminar, el ritmo de los desfiles, ya no quedan mannequens como Elsa Rosas, Cristina González, Ana María Soria… eran diosas de la pasarela, tenían poder de convencimiento. Vendían lo que llevaban puesto, eso era lo importante… la modelo, en cambio, busca venderse ella. La ultima mannequen que vi era Mariana Arias que no tenía una cara bellísima pero si mucha personalidad y era una gacela, daba placer verla en la pasarela.
– ¿ Es tan bella la mujer argentina como se suele decir?.
– Es bellísima. Lejos, la mejor del mundo. Uno sale a la calle y no sabe con cuál quedarse. Las rumanas también son bellísimas pero son todas iguales. Llega un momento en que, como me dijo Sergio Renán, «me quiero casar con una, pero voy al kiosco, o a la plaza y encuentro otra igual». Pero acá, te podés encontrar con una morena hermosa, una rubia espectacular, una medio achinada preciosa, una colorada, encontrás todo… es un crisol de razas.
– ¿Recuerdos gratos?
– Pasar ropa de novia o lencería de Cocó de Eugenia era un placer… tenía un satén maravilloso… desfiles que coordinaba Vidal Rivas, con la música de Soleado de fondo, en el Hermitage, las luces, la ambientación… yo sentía que volaba. 0 la presentación de la moda joven al ritmo de HAIR… era un pret a porter que hicimos luego que concluyó la obra, con el mismo decorado… algo maravilloso. Pasar pieles de Calfún, zorros blancos de Kamchatka, vestidos de Norma Lerein de Sagitariana, Pétalos Azules de María López… un placer para toda mujer. Fue una etapa hermosa de mi vida y me gusto muchísimo el glamour. Pero es una etapa superada. Ahora soy de leer muchísimo, cocinar (odio limpiar), me dan gran placer las plantas, me gusta trabajar con las manos, el tejido, hacer puntillas, trabajar el hilo… Ahora estoy haciéndole las puntillas a una mantita para mi tercera nieta pero todavía no la terminé y ya me avisaron que llegará una cuarta… no me da el tiempo (se ríe).