«No quiero envejecer» se llama uno de los libros de la psicóloga y escritora chilena Pilar Sordo. Pilar sostiene que la obra es fruto de la observación diaria y de «cuatro años de investigación en toda Latinoamérica».

En la siguiente entrevista, Pilar señala:

– La vejez… te atreviste a tocar un tema con tan mala prensa. 

– Se habla mucho, pero desde lo contrario. Se habla muchísimo de que se encontró equis técnica para verse más joven. Es un tema raro, y por eso decidí investigarlo, porque encontraba que se hablaba mucho del paso de los años. A mi abuela, que tiene 97 años, nunca la escuché hablar del tema. Y menos de la forma en que todos hoy hablan, que es, ¡ojalá!, verte más joven. Cuando me dicen que me veo más joven que la edad que tengo, comencé a preguntarme por qué eso es interpretado como un piropo. A mi deberían notárseme los años, porque han sido hiper transitados, dolorosos y felices ¡Se tienen que notar en el cuerpo! Si me dicen que parezco de 30, y tengo 48, me están quitando 18 años de experiencia. Eso, y las tortas sin velas, que los abuelos no quieran ser llamados abuelos para no sentirse avejentados, que los cumpleaños sean una tragedia, ese «no me llames que me voy a deprimir»… Nadie quiere celebrar. Bajo todo eso hay un acto de súper poco agradecimiento a la vida, que es muy triste.

-Envejecer es algo natural, es parte de la naturaleza. Como seres humanos ¿nos perdimos cuándo? ¿Por qué?

Cuando comenzamos a tener más y más poder adquisitivo. La plata te da la sensación de que puedes controlar miedos, entonces, si tengo plata controlo mi miedo a enfermarme, porque tengo plata para ir al médico más excepcional. Si tengo miedo a verme «fea», ocupo todo mi poder económico para comprarme productos.

– ¿Cómo entendiste la vejez?

-Una de las cosas más difíciles fue definir vejez. Porque en mi investigación las personas más viejas tenían 35 años; era gente seca del alma. Que ya tiene el auto, ya dio el pie para el departamento, ya ha «webeado» todo lo que se le ocurrió en términos emocionales, hijos no tiene pero tampoco le interesa realmente, y que no tiene mucho más que hacer. En teoría le quedan 40 años más de vida, y no saben qué hacer con ella. “Qué se hace cuando ya lo tienes todo, materialmente hablando?», me decían. «¿Otra casa? ¿Otro auto?». Era impresionante. Y encontré jóvenes muy jóvenes a los 89 años. Uno de ellos me regaló la mejor definición de vejez: «Cuando los recuerdos superan los proyectos, la vejez llega«. Mientras tengamos más proyectos que tiempo para sentarnos a recordar, uno nunca envejecerá.

Las mujeres somos las más susceptibles al paso de los años…

-Sí, muy cierto ¿Por qué es una falta de respeto preguntarle la edad a una mujer? ¡Quién inventó esa estupidez! Deberíamos gritar la edad con orgullo. Si tengo la oportunidad de conocer a los hijos de mis hijos, ¡es un privilegio gigante! Todo este ruido que yo escuchaba se unía a que la medicina nos regaló 20 años más… ¡y no sabemos qué hacer con ellos! Entonces, el que tiene más recursos se opera, se mete al gimnasio y se separa a los 50, porque no va a seguir toda la larga vida con la misma persona, y se busca alguien más joven. En los estratos socioeconómicos más bajos hay una resignación, entonces me pongo vieja y ya no me depilo, los hombres dejan crecer su panza… ¿¡Para qué ponerse perfume o regalonearse con algo rico!? Si ya salí del mercado para qué me cuido tanto… No hay una visión de valoración del paso de los años. Lo que pasa es que la sanción social entre pares es mucho más fuerte en mujeres que entre hombres.

-La publicidad en general, pero especialmente aquélla para mujeres ¿tiene una cuota de responsabilidad?

-¿Es muy loco! Porque lo cierto es que no podemos detener el paso del tiempo. NO SE PUEDE. Pero la publicidad te dice que se puede al menos «evitar», «retardar» un proceso que lo cierto es que no se puede detener. Entonces, las mujeres nos engañamos creyendo que podemos algún dia detener el tiempo. No tenemos tal poder; lo que si tenemos es el poder de autocuidarme, de chequearme mamas, de hacernos el PAP, de hacer ejercicio y comer sano…

– Esta supervaloración de la juventud y la negación por envejecer también trastoca vínculos familiares…

-Hay un rollazo en los sectores socioeconómicos altos: la competencia entre mamás e hijas. Yo no quiero que mi hija, que tiene 20 años, sienta que pretendo competir o ser tan joven como ella. Quiero que mi hija sienta que tiene una mamá, no una mejor amiga que se viste igual. Ella me dice «huele a mamá la pieza» o «me visto como mamá». Me encanta eso, sería horroroso que me sintiera como otra amiga. Esto se mezcla con la falta de autoridad garrafal que existe hoy con los niños de esta generación, donde los padres necesitan caerles bien a sus hijos, «necesito que mis hijos hablen bien de mí con sus amigos». ¡Queremos ser la mamá más top, regia, guapa! Y para eso las madres de hoy establecen estas aberraciones, donde los límites de «yo te educo y debo ponerte límites» se borran y terminan en cualquier cosa. Esto también toca un tema país que no es menor… ¡Claro!

-¿Cómo uno arma un Estado y una política pública que le permita a esa gente tener proyectos?

-Las personas mayores tienen ganas de hacer cosas, pero si no tienen pensiones dignas, no se puede. Ahí está la responsabilidad que traspasa lo individual, hay un tema político, social, inmenso. En el 2025 vamos a ser más viejos que jóvenes y el Estado no ha hecho nada de real impacto, y a los políticos les importa nada. Chile va a ser un país donde la gente que puede tener niños bien mantenidos, con recursos, está decidiendo no tener hijos, y nos estamos poblando de niñas embarazadas pobres. ¡Ése es el índice de crecimiento en Chile! Los proyectos para la Tercera Edad no están siendo incentivados. Sé que algunas municipalidades hacen cosas, que Sernatur implantó el tema de viajes para los mayores… pero una política integral sobre el tema no existe.

-¿Cómo está Chile respecto de otras realidades de América Latina?

-Uruguay es el país que aparece con mejor calidad de vida para las personas mayores en Hispanoamérica. Por infraestructura, clima, tipo de pensiones, etcétera. Ellos igual se quejan de que son bajas, pero comparativamente son mejores. Argentina tiene esto de que valora la imagen de los mayores, pero tiene un culto a la flacura que es brutal y ahí se quedan pegados. Y hay algo muy importante: los pueblos que tienen culto a sus indígenas, como Perú, Bolivia, Ecuador, Guatemala, México, son países que veneran a sus ancestros, por lo que tienen un muy bonito concepto de la autoridad. Y al tenerlo tienen respeto por el paso de los años y se envejece mejor que en países como el nuestro, donde renegamos del tema indígena y tenemos conflictos con el tema ancestral en ese sentido.

¿Qué debemos comenzar a hacer desde lo personal para enfrentar esto?

-Creo que debemos abordar dos procesos diferentes: el primero es asumir el paso de los años, y luego aprender a disfrutarlo. Porque en la medida en que uno acepta lo comienza a gozar, si no hay una negación permanente de los años. Y hacés como mujer todas las estupideces que se comienzan a hacer para evitar lo inevitable. Hay una cosa que me decía una guatemalteca, «hay que hacer un regreso a la Pacha Mamá», es decir al útero. A esta sensación de sentirnos lindas tan sólo por el hecho de ser mujeres. Esto también implica el cuidado, la coquetería natural: depilar-te, comprarte algo lindo… Pero no esto de querer ser por siempre joven y de torturarte con ser flaca toda la vida.

-¿Cómo no perderse en el intento?

-Hay que apelar al faro interno. La luz no está afuera, sino adentro. Hay que volver a mirar para adentro. Todas las mujeres saben perfectamente si se están cuidando, si están tratando de negar la vejez, si les da susto la muerte, saben lo que les pasa para los cumpleaños… A lo que apelo es a la conciencia interior. Todos sabemos cuándo estamos metiendo la pata y nos hacemos los ofendidos porque no nos conviene. Hay que buscar la luz para nuestra vida, para que esa luz se note en el rostro, para que tu sonrisa sea tan luminosa y brillante que la gente se quede en ella y no en la arruga del entrecejo o de la cara. Cuando uno ríe todo se estira. Hay que valorar eso, es la clave para que los procesos se vivan distintos.

-¿Ha sido un proceso personal esto de los años para ti?

-Lo que me pasaba era que como tengo cara de cabra chica me pasan diciendo que me veo tanto más joven, y la verdad es que estoy profundamente orgullosa de mis 48 y no quiero que me los quiten. Los llevo bien, intento cuidarme, pero por ejemplo mañana no iría a operarme, simplemente porque no creo que ante el paso de los años, haya algo que corregir. Soy la que soy, y ésa que soy es la que quiero que vean mis hijos envejecer.

-¿Te sientes linda a tus casi 50?

– Siento que ahora, a mis 48 años – y mucho tiene que ver mi pareja, Juan – nunca me he sentido más guapa que ahora. Independiente de que él me haya resucitado y sanado, que me acompaña y me ama, nunca me he sentido más linda, más guapa. Sigo teniendo las rodillas chuecas, pero me importa un carajo, las asumí y las encuentro lindas igual. Todo gracias a él. El paso de los años es un proceso personal que vale la pena, porque te hace feliz, no podría ser lo que soy si tuviera 30 años.

-¿Qué es lo mejor de los años?

-No hay nada mejor que los años, porque cada día que pasa uno aprende cosas nuevas, puedes disfrutar de otra manera, vas eliminando prejuicios, vas quitándote miedos. Uno va perdiendo el miedo a todo: a la muerte, a las cosas que puedan pasar… Uno va ganando cierto arrojo frente a la vida… Me encanta ver a mis hijos construirse. Emocionarme como crecen, como construyen sus mundos y como probablemente se van a equivocar y van a tener que aprender a pararse como lo hemos hecho todos. Me gusta ver eso.

-Te casaste de nuevo, ¡nueva vida!

-Me encantó volverme a casar… ¡Nunca imaginé que me iba a suceder! Tenía todo pautado para irme a Puerto Varas a vivir sola. lba a dejar a mis niños que vivieran su vida, porque no quiero envejecer en Santiago. Necesito un lugar que no me diga esto de que me faltan tres pares de zapatos para ser feliz y que me encantaría tener. Y para eso uno debe irse a un lugar donde necesite menos y donde pueda ser feliz con menos. Hasta que me reencuentro con este hombre al que conocí hace 20 años, con su mujer y sus hijas desde chicas, porque las ayudé terapéuticamente. Y de pronto nos encontramos los dos viudos, y desde otro lugar se reajusta y se rearma mi vida, y me quedo en Santiago, todo de vuelta de nuevo, armamos familia, decidimos casarnos y ahora vivimos nosotros, mis dos hijos y la menor de él, que tiene 15 años, y construimos algo totalmente nuevo. Volver a comenzar y sentir que la vitalidad está… Creo que de eso se trata la vida, los años son un eterno reencantarse.

Pilar Huilcaleo Mateluna (Publimetro Mujer / 2014)