En cierta oportunidad, Raúl Zuccarino, vecino de Cavassa y La Merced, recordó a su amigo de la calle Urquiza, quien fue bohemio, artista, inquieto emprendedor e impulsor del Ateneo Cultural de Caseros.

A Juancito lo conocí cuando yo era chico. Soy del ’31 y él era del ’15. Jamás lo tuteé. Cuando discutíamos era pintoresco: él me tuteaba y yo lo trataba de usted. Siempre lo llamamos Juancito.

Su padre –don Juan– tenía una imprenta en el fondo de su casa. Fue un hombre increíblemente ingenioso. Me recuerda a un personaje de historieta: ‘Serafin, el ingenioso’, de la revista ‘HOBBY’. Era capaz de fabricar cualquier cosa; por ejemplo, cuando en Caseros no se conocía el lavarropas, él armó uno a manija. Junto a su hermano, dio las primeras funciones cinematográficas en el pueblo, en 3 de Febrero y Urquiza, donde había un mercado con salida por las dos calles. El lugar se incendió.

Don Juan era muy trabajador. Con los años, se enfermó y apenas si podía moverse sentado en una silla. Él iba moviendo la silla y trabajando la quinta de su casa. Cuando ya ni podía mover la silla, se decidió a redactar la historia de Caseros ¡Qué lástima que esos papeles se perdieron!. Estaba casado con doña Catalina Cafferata, quien recordaba que en su infancia había observado cómo se tendían las vías del ferrocarril.

• Juancito -quien se llamaba Juan Agustín Sedze– fue un bohemio, naturalmente bohemio, que heredó de su padre, inteligencia, ingeniosidad y gran capacidad de trabajo. Juancito, por su multiplicidad, era del tipo «renacentista», fue tipógrafo, cincelador, poeta, periodista, dibujante… como así también mecánico, carpintero, electricista y hasta se arreglaba sus zapatos.

En los años ’40, creó la Universidad Popular ‘Bernardino Rivadavia», en la sede del Partido Socialista, ubicada en la calle Sarmiento, entre Belgrano y Urquiza. Allí, yo enseñaba Preceptiva Literaria; en esa época, yo era estudiante secundario, así que hay que imaginarse lo que eran mis clases. Pero él me entusiasmó. También, otro muchacho enseñaba Mecánica y no recuerdo qué otras materias se dictaban gratuitamente.

• La casa de Juancito, era la ‘casa del pueblo’, el café. Como él trabajaba allí, la gente lo visitaba a cualquier hora. Y, la verdad, a él le gustaba charlar. Era muy entretenido; dominaba todos los temas, uno podía pasarse horas conversando. Era simpático y entrador, enseguida generaba el diálogo.

Su casa – ubicada en Urquiza 120 (numeración antigua), casi esquina Cavassa – tenia rejas y un corredor que finalizaba en una galería protegida por vidrios. Allí nos reuníamos a hablar de política, de arte, de lo que fuere. Y allí nació el Ateneo Cultural de Caseros. Más adelante, doña Catalina donó el terreno de al lado y allí levantamos la edificación, trabajando los fines de semana.

 

• Juancito se brindaba mucho a la comunidad y se prendía en todas las inquietudes. Además de todo lo que hizo por el Ateneo, también colaboró con biblioteca Alberdi y con la Cruz Roja. Fue socialista y reemplazante, por poco tiempo, de un concejal en la época de Ramón Landín.

Era bajito, extremadamente flaco y nervioso… pero nervioso en el buen sentido: inquieto como esos flacos que están siempre en movimiento. Permaneció soltero a pesar de lo mucho qua le gustaban las mujeres.

• Él era un pacifista nato al que le hubiera gustado tener una colección de armas. Su abuelo –Agustín Cafferata – había encontrado un fusil de la batalla de Caseros, Juancito lo puso en condiciones y tirábamos al blanco en el fondo de su casa. Una vez, cargó el arma con gamexane para desinfectar un árbol, disparó y se formó una nube que parecía un hongo atómico.

Fue un gran lector y le gustaba mucho escribir. Colaboró con los periódicos «Nueva Era», «Cabildo Abierto” y “Nuevo Cabildo”. Cuando Rómulo Repetto -el director de «Nueva Era” – se ausentó por un año a Inglaterra, lo reemplazamos entre su esposa, Juancito y yo.

• El dejó la tipografía para dedicarse al cincelado. Aprendió mucho con un cincelador destacado: Juan Trotta.

• Los trabajos de Juancito se hicieron conocer y lo contrató una empresa de Mendoza dedicada a fabricar elementos decorativos. Y Juancito se trasladó allí. Como serían de buenas las creaciones de Juancito que se estaba organizando una exposición, en Miami, de sus obras. Pero en Mendoza lo sorprendió la muerte, tras un ataque cerebral. Falleció en el «78. Tenía 63 años.