Fue por los años’20, los ’30, los ‘40. El mentado barrio se dibujaba entre Bonifacini, Gral. Hornos, Alberdi y Lisandro Medina. Rigurosas calles polvorientas, zanjones, madreselvas, gallineros le otorgaban una fisonomía parecida a la de otros rincones caserinos. Pero los hombres del pueblo sentían cierta inquietud al pisar su geografía.

Se decía que era un barrio taura donde siempre se cobraba; sin muchos pretextos, los sopapos estaban a la orden del día. Las pujas intelectuales se dirimían mediante los ojos en compota y la exposición razonable de un silogismo se derrumbaba ante la contundencia de una piña. Sin embargo, esa fama de reducto hostil era, apenas, uno de sus aspectos.

Pascual Torchia vivía en la calle Kelsey (actual Murias), entre De Tata y Fischetti. Alguna vez nos dijo que el nombre de Barrio Chino derivó de un club que nació, en 1922, en la casa de Mario Arbondio, vecino de la calle Kelsey, casi esquina Fischetti.

Este club fue hijo de una bronca con el Defensores de Caseros, que era, decía Pascual, un club de pitucos.

«Al Defensores le decían “Culo de Fierro” porque nadie le podía ganar jugando a la pelota. Sucedió que Antonio Soler, uno de los fundadores del Club Barrio Chino, había visitado España donde conoció una institución que se llamaba así. Por eso, insistió para que al de acá también se lo denominara igual».

Y así le quedó ese nombre tanto al club como a las manzanas de los alrededores. Una de las primeras actividades de la institución fue armar una carroza para los carnavales. Se trataba de competir con la famosa “Botaflore” con la cual hacían roncha, en los corsos, los muchachos de Ciudadela. Fue por esto que los jóvenes caserinos armaron un carro, espectacular, que ostentaba un dragón adelante y una imagen de Buda en la parte trasera. Al armatoste carnavalero también lo llamaron Barrio Chino.

El susodicho club era frecuentado por los Fattore, Siffredi, Masotti, Seisdedos, Quinta, Pérez, los Razeto, los Torchia, Sante, Bordegharay, Tortonese… Claro que estos eran sus nombres legales, ellos atendían cuando los llamaban «Cachirla», «Chingolo», «Chancho Suizo», «Tore», «Roura», «Quito», «Estropajo», «Cabezón»

“A muchos de los que integraban la barra – recordó Torchia – recién les conocí el nombre verdadero cuando eran grandes. Me parecía mentira que se llamaran Antonio, Roberto, o Alfredo”.
Sobre la fama de barrio malevo, Torchia aseguró que se la habían creado los de afuera. Para aquellos tiempos, «ser de afuera» equivalía, más o menos, a vivir del otro lado de la vía. El trazado férreo actuaba como una frontera contundente. ¡Cuántas madres se alarmaban si su hija afilaba con un muchacho del otro lado de la vía.

Tal vez, era por esas cuestiones que los enfrentamientos eran inevitables. Pascual aseguró que “no era para tanto» y agregó: “A los que corríamos eran a las parejas que se venían pare estos lados porque eran oscuros. Tampoco permitíamos que alguien se sobrepasara con las muchachas del Barrio Chino. Muchas de aquellas chicas estarán hoy agradecidas por como éramos nosotros».

“Eran una manga de atorrantes organizados – nos precisó Juana D’ippoliti, vecina de la calle De Tata- la prueba está en que en la calle Kelsey y las vías existía una casilla negra, de madera, donde anotaban con tiza, por ejemplo, «PROHIBIDO PASAR DESPUES DE LAS 18 HORAS»… y el que se atrevía a pasar cobraba rigurosamente. Se tenían una bronca bárbara con los del otro lado”.

Si bien el comentario de Juana contradijo las afirmaciones de Pascual, no es necesario convertir esta nota en un conventillo dado qua la buena señora agregó afectuosa: “En el tondo eran buenos muchachos; hoy, son todos hombres de provecho… pero en aquellos tiempos eran unos reos bárbaros. Ellos no querían que nosotras saliéramos con los chicos de afuera. Y si alguno venía a hacerse el lindo, el galán, la ligaba seguro. Una vez, con mi mamá y otras chicas, volvíamos de Santos Lugares, adonde habíamos ido a ver a Alberto Castillo y unos muchachos de allí se ofrecieron a acompañarnos. A los pocos días, encontré a uno de ellos y me contó que después de dejarnos, tuvieron que salir corriendo porque le pegaban hasta los chiquilines”.

Sobre estos entreveros, Pascual insistía en que se trataba de cuidar el buen nombre de las mozas. «Acá éramos muy unidos – afirmó- y ninguno se iba a pasar con las muchachas. Eso era sagrado porque todos teníamos hermanas. A veces, yo salía del baile e iba para otro lado; entonces, le pedía a un amigo que acompañara a mi hermana hasta mi casa y era fija que él no la iba a dejar hasta qua la viera entrar».

Torchia reconoció, eso sí, que algunas veces iban a pelear con los muchachos de otro barrio y que solían haber piñas luego de los desafíos futboleros. Por otra parte, negó que un seductor forastero debiera pedir permiso a la barra para cortejar a una chica local.
Juanita, en cambio, aseguró que «si no les caía simpático, lo agarraban a trompadas”.

Desde ya, este era uno sólo de los aspectos del Barrio Chino; quizás, por el cual se hizo famoso. Pero era conocida, también, la solidaridad que había entre sus moradores.
«Acá, durante un tiempo, vivió la actriz rosarina Erika de Boerocomentó Juanita – y ella continuamente decía de lo maravillada que estaba por la solidaridad que había entre los vecinos”.

También, se hacía un culto del respeto a los mayores. «Si uno le faltaba el respeto a un mayor – aclaró Torchia- esa persona era capaz de venir y fajarme… y yo no me iba a ir a quejar a mis padres porque cobraba dos veces».

Por otra parte, la palabra empeñada, merecía el mayor de los cuidados. «A veces se le pedía dinero a don Carmelo Fattore y no se conocían los pagarés ni nada parecido, bastaba con la palabra», evocó Pascual.

Las puertas sin cerrojo hablaban también de un barrio sin hechos delictivos.
“Acá – recordó Angelita, hermana de Juana – se tendía la ropa en los tondos abiertos y jamás faltaba algo ¿¡Quién iba a poner un candado en la puerta!?».

«A lo sumo -confirmó Torchia- se afanaba alguna gallina que después comíamos en la casa de Francisco Colantonio. Una vez, agarramos un cordero que se había ahorcado en un alambrado de la estación y lo hicimos asado; lo hablamos invitado al doctor Varaona que sabía farrear con nosotros y, después de comer, le dijimos que el animal lo habíamos encontrado muerto y no sabíamos desde cuándo … se puso a gritar “¡Tráiganme las vísceras!. Cuando éramos más chicos, debíamos ser traviesos porque las viejas nos agarraban en la capilla de Curapaligue y Alberdi y nos hacían sentar adelante para vigilarnos».

La gente del Barrio Chino era modesta, de trabajo… “Yo me levantaba a las dos de la mañana para cortar huesos y después salía a repartir la carne. Se ganaban dos centavos por kilo y para hacer alguna diferencia tenía que caminar bastante. Todos los muchachos eran de trabajar mucho».
Las diversiones eran sencillas: jugar a la brisca o al siete y medio en las esquinas, ir a las kermesses, o concurrir a las milongas donde “uno de los Razeto la rompía”.
También, los muchachos solían ir a cantar serenatas, para el lado de Santos Lugares, donde vivían algunas señoritas que les encendían los corazones.

Ya reconciliada con los mozos, Juanita recordó: “A mí, me gustaba cuando se sentaban en la esquina de Curapaligue y Fischettl y se ponían a cantar o cuando sacaban una vitrola y se enseñaban a bailar entre ellos».

Para el ’35, el club había desaparecido y para los años ’50 ya nadie hablaba del Barrio Chino. Apenas quedaba la leyenda a la que el tiempo le fue atribuyendo, solamente, su pasado bravío.

Con el correr del tiempo, las veredas de Curapaligue, Medina, Sabattini, observaban el caminar lerdo de alguno de aquellos muchachos que se demoraban un rato en las esquinas entrañables. Mientras, el atardecer cobijaba a las mozas del Barrio Chino cuando evocaban a los reos de antaño, a aquéllos que pegaban un castañazo en su nombre. Para ellos, ese barrio no había desaparecido; era un recuerdo, sí… pero un recuerdo del alma.