PATRICIO HERNAN BARGADOS, JOVEN VECINO DE DAVID MAGDALENA, CASI ESQ. VALENTIN GÓMEZ, TUVO EL PRIVILEGIO DE ESTAR EN LA TRIBUNA DEL NOU CAMP LA TARDE EN QUE PEP GUARDIOLA SE DESPIDIÓ DE LA DIRECCION TÉCNICA DEL CONSIDERADO POR MUCHOS, MEJOR EQUIPO DE TODOS LOS TIEMPOS.

La historia futbolera contará que fue el sábado 5 de mayo de 2012 cuando el equipo de los sueños, el mejor equipo de la historia, el Barcelona de Pep Guardiola, daría su última función en el Camp Nou. Sin dudas que puede haber sido el cierre del ciclo futbolístico que más admiración ha despertado en cada rincón del planeta.

En esos mis entonces 33 años de vida, nunca había visto jugar a un equipo como ése. Mi tesoro era una página impresa 121 días antes, desde mi domicilio caserino, que decía que la Butaca 6 de la Fila 15, de la segunda bandeja, estaba reservada para mí. Claro que, el día del partido, debía canjear esa promesa por el ticket oficial. Esa misma mañana, aterrizamos, con mi esposa Naty (García Salles), en Barcelona y desde ahí, creo no exagerar, al 50% de las personas que crucé les pregunté con cuánta anticipación tenía que ir al estadio para obtener la entrada. Con dos horas estaba bien, coincidieron. A las 21, empezaba la función. A las 17,30 tomé el subte en la Rambla (algo así como la calle Lavalle) y a las 17,50 ya había finalizado el trámite (la burocracia catalana me demoró diez segundos, aunque pensándolo bien, pueden haber sido menos).

Las puertas del estadio se abrirían a las 19.30, con lo cual tenía una hora y media para sentarme en mi butaca, y tres hasta el comienzo del show. Di una vuelta completa al Camp Nou, recorrí la boutique (merchandising barcelonista de todo tipo y color), y me senté en una esquina a contemplar cómo la gente se iba arrimando. Se escuchaban conversaciones en ruso, inglés, portugués, catalán, español), con lo cual era sencillo deducir que un gran porcentaje de los asistentes no eran de los que iban todos los domingos (más teniendo en cuenta que era la anteúltima fecha del torneo y el Real Madrid ya se había consagrado campeón).

El día era espléndido, con una temperatura ideal para ver futbol. Se comentaba que Dios había mandado a sus angelitos a barrer el cielo para poder observar bien las andanzas de Messi y companía. Con puntualidad inglesa, a las 19.30 empecé a ver movimiento. Tenía la misma ansiedad que los chicos en Nochebuena o en la noche de Reyes. En la mochila, llevaba un abrigo, dos cámaras de fotos y la filmadora. Atravesé una pequeña puerta de hierro y me encontré con el «control de acceso», a quien le supliqué que no cortara demasiado mi ticket así lo podría conservar en perfecto estado. Muy cordial, él sonrió, aceptó mi pedido y dio luz verde a mi sueño. Subí unos veinte escalones, ubiqué rápidamente mi puerta de acceso y en breves instantes me presenté ante el césped del Camp Nou. Debo haber sido una de las primeras 50 personas en ingresar. La mole de cemento estaba vacía. Mi butaca estaba a cuatro metros de la puerta de acceso.

Poco a poco, las tribunas se fueron completando. La voz del estadio (aunque allí, además de voz, tenía cuerpo de carne y hueso y se lo podía ver por las pantallas que estaban detrás de ambos arcos) presentaba a cada uno de los jugadores (Puyol y Messi, los más queridos) y recordaba a todos que ese día todos debíamos agradecerle al entrenador Pep Guardiola, porque era el último partido que dirigiría en ese estadio cerrando el ciclo más exitoso de la historia del Barcelona.

Faltaban 20 minutos para el comienzo del partido y, para mi sorpresa, las tribunas sólo se había llenado un 50%. Estaba sorprendido e indignado porque imaginaba, y esperaba, una multitud para semejante acontecimiento. Claro, otra sorpresa me llevé cuando vi como en tiempo récord se completó la capacidad. Eso ya tenía un marco adecuado para la ocasión. Los jugadores saltaron al campo de juego para hacer la entrada en calor, aunque esto no despertó demasiado interés en el público. Pero para mí, todo era único, irrepetible.

Admiraba la naturalidad con la que Messi ponía la pelota en el pecho de Mascherano, a 30 metros de distancia, o como Xavi acariciaba y dominaba un pase de un compañero. Ellos entrenaban y calentaban, mientras yo guardaba cada imagen en mi retina, como el tesoro futbolístico más preciado. El ambiente, comparándolo con el de nuestro país, se parecía más a un recital de música que a un partido de futbol. Se percibía el gusto, la simpatía, la admiración, el agrado por un equipo de futbol pero no el fanatismo desenfrenado, esa cuestión de ganar o morir que se instala por estos pagos. Debajo de las tribunas, estaban los puestos que vendían panchos, hamburguesas, bebidas y productos de copetín a un precio parecido al que uno podía encontrar en la calle (a diferencia de las canchas de acá donde te pueden llegar a multiplicar por cinco el precio que se consigue en un kiosco).

En el entretiempo, comprobé una vez más el respeto y la organización del primer mundo. Una moderada fila conducía hasta cada puesto de comida. Para las necesidades fisiológicas, también había una fila. Lo sorprendente fue que nadie se pasaba de vivo ni quería colarse. Uno podía relajarse porque no era necesario cuidar el turno, ya que nadie quería arrebatarlo.
Hasta el árbitro era respetado. Creo que el insulto más agraviante e hiriente que escuché en toda la jornada fue: «Cabrón de mierda», cuando no sancionó con amonestación una patada criminal a Messi. A los jugadores del Espanyol apenas los silbaban en alguna ocasión. Pero nadie se acordó de la madre ni de la hermana, ni de ninguna rama de su árbol genealógico. El partido fue ganando en emoción a medida que pasaban los minutos. Messi convirtió cuatro goles y llegó a 50 gritos (en 38 partidos !!!) su máxima marca en una temporada, batiendo un nuevo record.

El Barcelona ganó 4 a 0. . Tenía una sensación de felicidad total. Quería inmortalizar ese momento. Que el partido durase otros 90 minutos. No me importaba el sufrimiento del Espanyol ni el papelón que estaban pasando. Estaba viendo a Messi en su máximo nivel y al equipo de los sueños en una tarde inspiradísima ¿Qué más pedir? Terminó el encuentro, Messi tomó la pelota que iría a parar a su vitrina (fiel a la costumbre de estos tiempos en que quien convierte tres goles se lleva la pelota a su casa), Pep Guardiola se despidió de su público con un discurso improvisado en catalán y yo aplaudí y agradecí por todas las satisfacciones que su Barcelona me había regalado. Fueron cuatro años repletos de esplendor, magia, brillo, fantasía. Podían ganar o perder pero el futbol que regalaban en cada función era merecedor de ovaciones.

La despedida tuvo un representante de Caseros que vibró, se conmovió, aplaudió de pie y agradeció al destino por haberle permitido estar presente en ese día que quedará por siempre, en la historia grande del futbol mundial.

Patricio Hernán Bargados