Apacible, recatado, su presencia parecía desmentir la explosión que supo generar en tribunas efervescentes. Su álbum desborda de imágenes con su boca llena de gol. No jugó al lado de cualquiera. Se codeó con Labruna, Sívori, Walter Gómez, Rossi, Amadeo…  Posee el curioso récord de ser el primer wing izquierdo del mundo que se consagró como goleador máximo (1957). Se cansó de dar vueltas olímpicas tanto en su River querido como en Banfield. Concluyó su carrera en Chile donde se ganó el respeto de los lugareños por su sencillez (le decían que no parecía argentino por su responsabilidad en los entrenamientos).

Nació en Devoto. En la década del ’60 fue Caseros el barrio que eligió para vivir, en la calle Rebizzo, entre 3 de Febrero y avenida San Martín.

Se llamaba Roberto Zarate, le decían “El Mono”. En cierta oportunidad, ya estaba retirado del futbol profesional, café de por medio, en su casa de la calle Rebizzo, nos confesó lo siguiente :

• Con Labruna, yo jugaba de espaldas. Antes de que el recibiera la pelota, yo picaba porque sabía dónde me iba a dar el pase. Entonces, o me iba contra la raya de fondo y tiraba el centro atrás para la entrada de Walter Gómez o me iba en diagonal hacia el arco.

• El gol que más recuerdo se lo convertí a Boca, el domingo 8 de diciembre del ’57 en la Bombonera, en un partido que se jugó a la mañana. Íbamos perdiendo uno a cero, empató Labruna y, al minuto, hice el segundo gol. Con ese tanto, salimos campeones. Aunque parezca mentira, no dimos, por respeto, la vuelta olímpica.

• Los mejores dos marcadores que me tocó enfrentar fueron Simeone y Lombardo. El Cholo era duro pero leal, Lombardo era rapidísimo.

• Se jugaba fuerte pero con lealtad. No se veían las barbaridades actuales como cuando a un delantero le pegan, aun sin pelota, de atrás, de adelante o de costado.

• Antes, cada equipo tenía siete u ocho jugadores de primer nivel. Y hasta los suplentes de suplentes eran buenos jugadores. Quizás por eso los técnicos no mandaban a que un jugador se colgara de otro. Claro, se pueden marcar a uno o dos jugadores… pero cómo se hace para marcar a ocho o nueve. Es que no jugaba cualquiera, jugaba el que sabía… como ahora los que saben son pocos, los mandan a marcar…

• Fui suplente de Loustau durante cuatro años. Y me lo tuve que bancar ¡Quien le podía sacar el puesto a un monstruo como ése!.

• El gol lo vivía con todo… yo veía el arco y le pegaba. Me gustaba estar cerca del área y aprovechar cualquier pelota que quedara a mi alcance.

• En los vestuarios, a los jugadores grandes los tratábamos de usted, los respetábamos mucho. El único confianzudo era Menéndez que jorobaba con todos.

• Los equipos titulares eran casi inamovibles; todos sabían cómo jugaba tal o cual equipo. ¿Hoy usted sabe cómo formó su equipo el domingo pasado?. En River, formábamos Carrizo; Pérez y Vairo; Mantegari, Rossi y Solá; Vernazza, Prado, Walter Gómez, Labruna y yo.

• Nunca quise ser director técnico porque considero que es una profesión ingrata. No sirvo para estar detrás de nadie… y menos detrás de reporteros o dirigentes; fui muy arisco a esas cosas. Y creo que para dirigir hay que estar en alguna ‘trenza´…

• El técnico puede ser importante durante la semana, en la medida que pueda corregir algún defecto o apoyar la moral de un jugador. Incluso creo que tiene que «trabajar» más con el jugador que sale de un equipo que con el que entra. Si un técnico fue jugador, sabe cómo sufre el jugador que anda mal.

• Cuando comienza el partido, se terminó el técnico. Podrá decir: «Éste es mi planteo pero de aquí en más los que mandan son ustedes, ustedes son los que tienen que crear…», pero, listo, nada más. Durante el juego, el técnico no sirve para nada. Podrá gritar, gesticular, pararse… pero eso es todo grupo, son cosas para hacerse ver.

• ¿¡Que le podía decir un técnico a jugadores como Loustau o Pedernera?.

• Siempre me gustó el momento en que los equipos salían a la cancha; lo vivía con mucha emoción. Me impresionaba cuando jugadores como Moreno o Rossi, aparecían por la boca del túnel.

• Siempre, de alma, me gustó jugar al futbol. Lo vivía, y lo vivo, con una satisfacción tremenda. Cuando llovía y se suspendía el partido, me agarraba una bronca bárbara. Y también me daba bronca perder. Hoy, cuando juego en Villa Pineral, tengo 60 años, y los pibes me ganan, me da bronca. Claro, enseguida se me pasa.

• De a poco, me fui preparando para colgar los botines porque sabía que uno, entre otras cosas, iba a extrañar el reconocimiento de la gente. Pero uno sabe que eso no es todo en la vida y, por eso mismo, debe prepararse. Lo malo son, después, las horas vacías, sin expectativas. Por suerte, con un amigo, instalé un aserradero.

• El fútbol me permitió conocer todo el mundo, me dio una posición y las satisfacciones más gran de mi vida. Por todo eso, le estoy muy, muy agradecido.

Roberto Zárate falleció el 6 de noviembre de 2013, a sus 80 años.