Años ´40. ´50 – Otra invocación de época: un bar con un nombre inolvidable… «PARECE MENTIRA».

Se ubicaba en la esquina de 3 de Febrero y Uruguay (actual Nstra. Sra de La Merced). La característica principal era la presencia de una «cancha de bochas» a la que concurrían infinidad de aficionados, muchos de ellos, peritos en el recordado juego. Dicha cancha estaba construida paralela a la pared medianera edificada sobre 3 de Febrero, en un recorrido de unos 20 metros aproximadamente. Dicha pared (unos 2.70 m. de altura), estaba hecha con los clásicos ladrillos de 0.30 x 0.15 x 0.075 m, pero de «canto», o sea elevada sobre el ancho menor.

Vale aclarar que en los tiempos evocados, las casas edificaban sus paredes medianeras con ladrillos mínimo ancho 0.30 (doble fila de 0.15) y hasta de 0.45m (triple fila de ladrillos de ancho).

En el caso del que hablamos, la pared de «canto» como dijimos, tenía apenas un ancho de siete cm. y medio, con algunos refuerzos verticales para evitar su derrumbe. Esta breve descripci6n fue necesaria porque lo pintoresco de esta rememoración, era vincular dicha pared con un joven audaz y decidido vecino del lugar.

Me refiero a don Fernando Zega. Usando una bicicleta de su propiedad, Fernando se había empeñado en desplazarse con ella a la mayor velocidad posible, por todo el recorrido existente de dicha pared, por encima del canto de misma, y procurar no caerse en el cometido. Imaginar el latente riesgo y las derivaciones de semejante intento, fue todo uno. Un numeroso grupo de vecinos se agolpó para observar la maniobra, dando por descontado la imposibilidad de lograrlo, por lo que suponían sus presencias como para colaborar con cierta urgencia, si el resultado llegaba a producir alguna desagradable consecuencia para el protagonista.

Fernando (con quien me unió una fecunda y prolongada amistad), no solo salió airoso de semejante hazaña, aplaudida y festejada por todos aquéllos que testimoniarían la anécdota con el tiempo, sino que por ese solo hecho, casi inmortalizó el viejo bar, del que como podría imaginar no quedan ni huellas ni sepias con que recuperar su existencia. Tal vez, alguna nostálgica rememoración… como ésta.

PEDRO MALVIDO GIMÉNEZ