– Che, ya se acerca fin de año.
Sí… hay que organizar la reunión. Hay que avisarles a los vecinos.
¿Qué hacemos esta vez?
En todo caso, tiramos un poco de vacío en la parrilla.
A doña Adela le podemos decir que se prepare unos matambres.
Para la luz, sacamos un alargue desde casa y le pido a mi piba unos casettes; así, podemos bailar.
¿Cuándo lo hacemos?

Después, arreglamos.
¿Y si llueve?
Callate, lechuza… ¡Cómo va a llover!

Y era así que en la cuadra de Fray Mamerto Esquiú, entre Lisandro Medina y av. San Martín, se apelaba a caballetes y tablones para instalar – en plena calle – largas mesas cubiertas con manteles de toda laya y color. La cuestión pasaba por reunirse con los vecinos de al lado y los de enfrente para decirle chau al año.
Un par de camionetas atravesadas en cada esquina les anunciaba a los automovilistas que por unas horas estaba vedado el tránsito.

Extendidos cables, enganchados en clavos, ramas y cornisas, sostenían potentes lámparas que iluminaban la noche. Cada uno de los concurrentes se arrimaba con su silla y, al ratito nomás, por allá se veía a Don Pedro asegurándole al Negro que Moreno era más jugador que Maradona, a la señora de Jorge charlando con doña Aída, a Hugo afilando con Estelita, y a los pibes de José, cuando no, jugando a la pelota.

En cuanto al menú, el asado ganaba por mayoría; aunque también había aporte generoso de las amas de casa, quienes apenas si disimulaban sus jactanciosas habilidades culinarias.

Con el correr de las horas, la reunión se acaloraba y se reemplazaba la digestión serena por saltar con el tema de Xuxa, levantar a lo Riky Maravilla en “¡Qué tendrá el petiso”! o preguntarse con la Mona Jiménez: “¿Quieeeén se ha tomado todo el vinooo?”, mal coreadas igualitariamente por fanáticos tangueros, distinguidos profesionales, señoras circunspectas y seguidores del heavy metal.

No escaseaba el pan dulce, la sidra, ni los repentinos petardos. Tampoco algún Papá Noel parecido al vecino de la vuelta que sorprendía a los chicos. No faltaban los mocosos atorrantes que reclamaban su regalo al grito de “¡Don Luis, todavía no me dio nada a mí!”.

Cuentan los veteranos del barrio – y los no tan veteranos también- que las reuniones callejeras para fin de año eran costumbre rigurosa. Uno podía tenerse bronca con el de mitad de cuadra pero para esa fecha se compartía el olvido. Y más de una aspereza se limó mientras se alcanzaba el sifón o los cubitos. Había reconciliaciones provocadas por el chocar de las copas y muchas de las macanas quedaban indultadas.

Esto sucedía en la cuadra de la calle Esquiú, entre av. San Martín y Lisandro Medina, cada fin de año. Lo juran los memoriosos.