Lo que se dice amigazos. Eso eran. Mi tío Guillermo me lo contó tantas veces que tengo la sensación de haberlo vivido.
«Creo que he conocido muy pocas amistades en Caseros como las de Justiniano Vega y Elpidio Isla”, decía. Donde estaba uno, estaba el otro, pegados como siameses. Años de transitar la vida juntos, años de acuerdos sin palabras, de moverse al unísono, casi dos instrumentos musicales afinados y nobles.

Para algunos, la cosa pegó un brinco cuando Justiniano se casó, pero se equivocaban. Su amistad era de fierro y todo siguió igual. Elpidio se hizo de la casa, no necesitaba autorización y ella, la mujer de Justiniano, aprendió a recibirlo siempre con una sonrisa y un gesto amable. Al fin de cuentas era el mejor amigo de su esposo. Todos se acostumbraron a ver a los tres juntos, pero esperando en silencio, que Elpidio también se acollarara.

Los domingos al mediodía, cerquita de las doce, Elpidio llegaba a la casa de Justiniano, medio escondida en aquel arbolado terreno de la calle Chascomús, con las dos infaltables botellas de tinto y tras un asado que los dejaba invariablemente derrumbados bajo la parra, se dormían una siestita, uno junto al otro, mientras ella levantaba la mesa. Luego, encarando una ceremonia ya obligada, se enfrentaban en un partido de truco en el que Justiniano desplegaba sus grandes dotes de verseador.

Para que no diga, mi amigo
no le brindo agasajo,
Con Todos los cumplimientos
Ahí va de mi flor un gajo.

Pero, la cosa se encorajinó. De un día para otro comenzó a circular la versión. No se sabe aún si fue la vecina de al lado que lo pretendía a Elpidio o el verdulero que alardeaba de saberlo todo. Al parecer, antes de casarse, la mujer de Justiniano habría sido ligera de cascos: algunos decían haberle conocido sus correrías en las milongas del Club Estudiantes de Buenos Aires, pero, quien podía imaginarse que el diablo iba a meter la cola entre semejantes amigos.

La gente ya los miraba de reojo y hacia comentarios por lo bajo, sin disimulo. El barrio estaba alterado, pero Justiniano, indiferente a las habladurías, continuaba junto a su amigo, de aquí para allá, caminando los domingos a la tarde por la calle 3 de Febrero y compartiendo sus encuentros religiosos, truco incluido.

Como tenía que ocurrir no se hicieron esperar las indirectas de algunos arriesgados. Lo que escuchan – decía doña Encarnación en la verdulería – el hombre está ciego, si aunque le hagamos la señal de los cuernos no se da cuenta.

Pero, al parecer, durante un tiempo bastante largo nadie se animó aunque ya la cosa había dejado de ser un secreto susurrado. Los dos amigos continuaban pegoteados como de costumbre.

Según dicen, apareció un bien intencionado que lo encaró a Justiniano y le descargó la artillería. Fue una mañana, en el bar El Cañón. El hombre se dio vuelta y se dirigió hacia su casa. Era domingo y tenía que hacer el asado. Muchos trataron de husmear hacia los fondos y sólo pudieron descubrir, como siempre, a los dos amigos tirados bajo la parra, dormitando. Ella, levantaba la mesa. En la verdulería y la feria se hacían cruces. Terminaron opinando que «no tenían vergüenza», ni dignidad.

Así hasta un domingo que, después de la modorra, se trenzaron en la consabida partida de truco. Esta vez Elpidio había llegado a la casa con cuatro botellas de vino y tras la siesta, ante la mesa, mientras barajaban, continuaron bebiendo. Comenzó la partida, Justiniano hablaba hasta por los codos. Pasaron unas manos bobas hasta que le llegó la liga a Justiniano. Seguro de su verba se dispuso a cantar y casi se incorporó imponiéndose sobre la figura de su amigo que lo observaba con cara de nada. Se venía la copla y la mujer, se acercó también para escuchar. Justiniano cambió de expresión y blandiendo las cartas en su mano izquierda como si fuera una espada le lanzó la frase a su amigo:
Amigazo, si uste es hombre,
Prepárese para la ocasión,
Que le via a abrir en el pecho
Una flor con mi facón

Y así terminó todo. El último truco que jugaron. Cuando llegó la policía, Elpidio Isla daba las últimas boqueadas. A Justiniano, por arrebato, sólo le dieron cinco años y parece ser que ella, durante la condena, apenas si lo visitó dos veces, luego desapareció.
Mi tío Guillermo insiste con que la vio en uno de los últimos corsos de Caseros, caminando como si nada hubiese pasado, disfrazada de dama antigua.

ALBERTO CAMBAS SABATE
(*) La tradición oral es uno de los ángulos más importantes de la cultura. Este pequeño relato lo escuché varias veces, de niño, y a lo largo del camino, se transformó en cuento. Por supuesto que los nombres son ficticios y quién sabe si alguna vez estos personajes existieron.

Nota de redacción: Cambas Sabaté es vecino de Caseros. Varias de sus obras obtuvieron reconocimientos nacionales e internacionales.