Tenía 81 años y concurría todos los días a la Escuela 45 para concluir sus estudios primarios.

Cada tarde, a eso de las cuatro, empezaba a prepararse. Se vestía con su ropa linda, se colocaba un pañuelo en la cabeza y lentamente bajaba los veinte escalones que separaban su modesta habitación, situada en la terraza, de la planta baja.

Apoyándose en su changuito – que tanto le servía para acarrear útiles escolares, galletitas, un termo, su bastón, un abrigo, como para mantener el equilibrio – caminaba desde Alberdi y Torquinst hasta la escuela de avenida San Martín y Urquiza. A las seis en punto, ingresaba al aula y se quedaba hasta las nueve de la noche. Al finalizar la clase, se levantaba, se aferraba otra vez a su changuito y trabajosamente desandaba las siete cuadras que la separaban de su habitación en la azotea de la calle Alberdi. Aunque hiciera frio, aunque lloviera.

Nélida Clara Chancay había recorrido 81 agostos cuando la entrevisté y desde hacía tres años concurría a la 45 para concluir su escuela primaria. Si resolvía de una vez por todas los problemas de tres simple, si lograba conjugar los pluscuamperfectos, si al fin conseguía de una vez por todas amigarse con las tildes, para aquel diciembre obtendría su diploma.

Estábamos en el aula y juntos esperábamos la hora de inicio de la clase. De repente, Clarita (así le decían todos) buscó en el changuito, sacó una carpeta y me la mostró con poco disimulado orgullo. Repasé hojas con letra grande, prolija; casi todas, calificadas con una ‘B’ de color rojo. De color rojo, también, se advertían los acentos que ignoraba puntillosamente.
– Clarita… ¿Le tiene bronca a los acentos?, pregunté.
De eso me llama seguido la atención, la señorita, me respondió con picardía.

Esta leonina, morocha, tenía la sonrisa fácil, la risa fácil. Aunque su vida, relató, fue algo complicada.
Nació en San Juan, fue la mayor de catorce hermanos. Aseguró que es descendiente de indios aunque olvidó de que tribu. A sus siete añitos, trabajaba en una casa de los alrededores.
«Es que mi papá tenía un vicio y mi madre tenía que salir a trabajar de la mañana a la noche y no me podía cuidar», contó.

De ese tiempo en casa ajena recordaba el susto que se pegó cuando se hizo ‘señorita’, sin información alguna. «Me encerré en la pieza con llave y no quise salir hasta que no viniera mi madre», recordó. Y agregó: «Al final, vino mi abuela, que de mis parientes fue con quien más estuve. Ella vivió hasta sus 108 años. Era devota de la Virgen del Carmen. Quienes son seguidores de esa virgen tienen que morir pisando la tierra. Yo sospeché que algo iba a pasar cuando la abuela pedía que le alcanzaran la lata con tierra que tenía preparada».

Siempre trabajó, Clarita, en casas de familia. Tanto en su San Juan natal como en este Caseros al que llegó, en los ’50, junto a su esposo – Mario Pantaleón Arguello – esmerilador de oficio. El matrimonio se instaló en Nicaragua, frente a las vías, entre Torquinst y Pelagio Luna.

Cuando Mario falleció, Clarita, al poco tiempo, debió mudarse y apretarse en la azotea de la calle Alberdi. Le gustaba coser, tejer y bordar; alguna vez se tentó con la guitarra pero el trabajo, siempre el trabajo, le devoró el tiempo.

Cuando cumplió 78, decidió dar un vuelco a su vida y se anotó para concluir sus estudios primarios, ésos que dejó pendientes en los pagos de su infancia, y se inscribió en el horario vespertino del colegio de Urquiza y San Martín.

Al aula de la 45 fueron llegando sus compañeras  (foto). La saludaron con afecto y hasta le cruzaron alguna cargada cariñosa. Clarita no se calló y retrucó a pura sonrisa.

Al retomar la charla, tuvo palabras de agradecimiento para Julián, «mi maestro del año pasado», y para Estela, su señorita de entonces a la que calificó como “un pedacito de pan».

Se definió como «muy creyente” y concurrente puntual a la Misa de los domingos. El agradecimiento mayor lo reservó para «Diosito que siempre me ayudó y cuando le pido algo, enseguida me lo da. Ahora le pido salud y que cuando me tenga que llevar, lo haga cuando esté durmiendo».

Pero, deduje, que para ese momento faltaba mucho porque ya estaba pensando en inscribirse, el marzo siguiente, en el primer año del bachillerato. Entonces, supuse, el changuito seguiría rodando e intuí  posible que de una vez por todas se hubiera amigado con los acentos.

Le perdí el rastro a Clarita. Esta entrevista se la realicé hace ya una década. Donde se encuentre, seguirá siendo un ejemplo.