Tiempo atrás, Juan Carlos Manduca, el conocido diariero de Alberdi y Lisandro Medina, así recordó a Elías, su padre:

“Hay pulentaaal… Diario, diariooo!… ‘Hay pulentaaa!», así, mi viejo, voceaba los diarios. No sé de dónde sacó el «¡Hay pulenta!», pero ése era su clásico grito de diariero. Era argentino e hijo de tanos, pero como se llamaba Elías, le decían «El Turco».

Había nacido, en 1912, en la quinta Boyini, cerca de Palermo viejo.
A sus ocho años, ya vivía acá, en Caseros, en la calle actual Rosas, entre Tapalqué y Rebizzo. Después, toda la familia -eran siete hermanos- se mudó a Hornos y Bonifacini.

Mi viejo entró de pibe a trabajar como ayudante de Tito Martínez, el carnicero; después, cuando era jovencito, mi abuelo le compró el reparto de diarios para que se independizara. Empezó donde yo tengo la «parada», en Lisandro Medina y Alberdi; con el tiempo, cuando instalaron los galpones donde ahora se levanta la Municipalidad, se trasladó a Murias y Alberdi para venderles los diarios a los vecinos que se dirigían a la estación.

Él desparramaba en la vereda -sobre unos cartones azules, ésos que traían los cajones de manzana- todos los diarios y revistas y se ponía a trabajar. Cuando llovía, se arrimaba a la esquina, tapaba el canasto de la bicicleta con una lona y seguía ofreciendo los diarios. En ese tiempo, los repartos no estaban «alambrados», como ahora y uno podía tener clientes por donde se le ocurriera; siempre y cuando, claro, que no pertenecieran a otro colega. Los clientes se disputaban a las piñas. iGuay de que uno intentara sacarle el cliente a otro…!.

Sé que mi viejo, de jovencito, era peleador… como la mayoría de los muchachos de aquella época; en especial, los que vivían en el «Barrio Chino» (zona comprendida entre las calles Bonifacini, Hornos, Alberdi y Lisandro Medina). Él, incluso, llegó a ser sparring del negro Siqui, un boxeador que trabajaba de barrendero municipal.

Tuvo un reparto muy grande que llegaba hasta San Martín y que lo recorría en bicicleta; así conoció -en Villa Fortuna- a mi mamá, Clotilde Miguelina Fatone. Mi viejo era robusto, de mediana estatura, muy dicharachero y cumplidor. Para él, laburar era una religión. Andaba siempre -pero siempre, eh- con boina y jardinero: el único traje que le conocí era uno azul a rayas que, creo, fue el del casamiento.

«Radicheta» de alma y fumador, le gustaba bolichear y prenderse al truco, al chinchón, al mus, al tute… era tanto del Jota Jota y de Racing. Después que se casó, se fue a vivir a Sabattini, entre Rauch y San Martín, pero iba a visitar todos los días a sus padres… tenía ese respeto de las personas de antes por los mayores. A mis abuelos, no los tuteaba.

Cada tanto iba al Luna Park; siempre contaba que, enfrente del estadio, comían, entre cuatro, un puchero por ochenta guita. En casa, teníamos un gallinero grandísimo y a él le gustaba criar pollos, patos, pavos… Con mi hermano – Héctor – y conmigo, era un poco seco; se preocupaba de que saliéramos derechos y trabajadores. Se imponía con autoridad, sin necesidad de fajarnos. Aunque una vez se me ocurrió negarme a hacer un mandado ¡Para qué!… me acostó sobre las rodillas y empezó a sacudirme la cola con la zapatilla; me acuerdo y todavía me duele ¡Eso sí!, santo remedio, cuando me pedían algo, iba volando. Nunca nos hizo faltar algo.

Empecé a trabajar con él, desde chico; al principio, yo hacía el reparto a pie; después, me compró una bicicleta importada. A su lado, fui creciendo y trabajando. Un domingo del ’79, mientras estábamos haciendo el reparto, me dijo: “Juan Carlos… me voy a casa que me siento mal».
Para que él dejara el reparto, tenía que sentirse muy mal. «Andá a acostarte que yo sigo», le dije.
Tres meses más tarde – el 25 de abril – falleció. Tenía cáncer. Era tan conocido y tan querido que el cortejo fúnebre estuvo integrado por veintipico de autos ¡Pucha, si todavía me parece verlo con su boina y su jardinero!.

JUAN CARLOS MANDUCA