En el año ’46, el monumento a Urquiza presidía el cruce de la asfaltada calla homónima y la empedrada av. San Martín. De las cuatro esquinas, tres eran baldíos y en la restante se levantaba la modesta construcción de la escuela 83 (actual 45). Hacia allí se dirigía todos los días HORACIO SALVADOR ANSALDO para cumplir con su rutina escolar.

El hoy conocido cardiólogo – ya jubilado – alguna vez nos relató que en el mencionado establecimiento educativo – adscripto a la Ley Laínez- se podía cursar sólo hasta cuarto grado.

ANÍBAL PEDRO ELGUE (en la foto que ilustra esta nota, Elgue es el señor de anteojos)

«Pero a fines de los años ’40 vino al colegio, creo que desde Misiones, un docente – Aníbal Pedro Elgue – quien cumplió una trayectoria brillante como director. Fue una persona de mucho empuje… él organizó una cooperadora con los padres de los chicos de cuarto grado e hizo levantar dos salones, a fuerza de pulmón, para que los alumnos pudiéramos cursar quinto grado. Los padres – entre los que se encontraban albañiles, carpinteros, empleados – trabajaron sábados, domingos y en todo momento libre para construir las dos aulas hechas con madera y chapas de fibrocemento. El mismo Elgue se arremangaba los pantalones y se ponía a trabajar junto a ellos… y para que pudiéramos cursar sexto grado se repitió la operación.

«Pertenezco a la primera promoción que salió con enseñanza primaria completa cursada en esa escuela. Recuerdo que Elgue tenía mucha autoridad… pero por su propia presencia, sin apelar a gritos ni amenaza. Fue muy carismático y nosotros le reconocíamos la enorme capacidad que tenía para enseñar. Cuando faltaba una maestra, él la suplantaba y con pocas palabras nos aclaraba todas las dudas.

«En el recreo largo, dos alumnos se paraban a la salida del salón y nos entregaban un pancito ¡Qué rico era ese pancito! y un vaso de mate con leche.»

OTROS RECUERDOS

Para pelearse a la salida, los alumnos de la escuela 45 recurrían a dos lugares tradicionales.

«Uno era por Urquiza, cerca de la casa de Ferro (quien fue presidente del Cooperativo) y el otro por Belgrano, entre San Martín y David Magdalena. Fajarse a la salida era casi una obligación… era una especie de código donde cada uno por cualquier motivo terminaba a los sopapos. Yo mismo, que no era muy busca roña, me habré peleado… no sé, más de treinta veces. Y al otro día estábamos con quien nos habíamos peleado como si nada hubiera pasado. No había rencor, todo era sano, honesto».

Para aquellos años, el colegio tenía tres turnos: mañana, intermedio y tarde y “la portera era doña Antonia hasta que estuve en quinto, luego vino don Fraschina«.

«Creo que todos nos enamorábamos de la maestra. Yo sentía devoción por la señorita de cuarto que era muy linda. Como seria que en mi casa cuando me querían obligar a hacer algo – los deberes, o un mandado o lo que fuere – me decían: ´Si no lo hacés, se lo decimos a la señorita Dolores´… ¡Santo remedio! yo entraba como por un tubo. Siempre le llevaba flores. Para fin de ese año, me eligió para bailar el Relicario en un festival que se realizó en el cine Urquiza; un alumno debía marcar el paso y nosotros seguirlo, pero ese día, faltó. Entonces, en su lugar se puso a otro que no estaba tan canchero, pero la señorita nos tranquilizó asegurándonos que ella, desde la platea, en caso de que ocurriera algún contratiempo, nos iba a dar las directivas. Al empezar el baile, el chico – guía se trabó y buscamos a la señorita… que estaba distraída junto a su novio sin reparar en que estábamos parados: estuvimos como dos minutos sin saber qué hacer. Me agarré tanta bronca que al terminar la función me fui del cine sin saludar. Desde ese día, no le llevé más flores. Pero, al año siguiente me encontró y me dijo: «¿No hay más flores?». Yo me derretí y al otro día aparecí con un ramito».

«Mis señoritas fueron: Celia, Agostinelli, Elisa Ross, María Dolores Varela Fuentes, Zamudio y Josefina Muller».

El doctor Ansaldo se emociona cuando habla de su querida escuela 45 y guarda el mejor de los recuerdos «porque ese colegio era una afectuosa comunidad».

 

Horacio Salvador Ansaldo