Préstele, vecino, atención a esta imagen. Reténgala en su retina. Ya no se encuentra en el estado en el que la está observando en este mismo instante. Es (fue) una casa bien de barrio, de esas condenadas a ser reemplazada por un edificio. Hasta no hace mucho, se veían pastando ovejas a su alrededor.

Esta vivienda supo conocerse como una de las que se las denominaban “las casitas del ferrocarril”. Aquí, en una de estas casitas, residió Alejandro Dolina en su infancia, antes de mudarse al lado de la parroquia La Merced.

Su mamá, Delfa, era docente de la escuela de Urquiza y Lisandro de la Torre. Una ex alumna recuerda que cuando «ella estaba dando clase, de repente veíamos a Alejandro que se desde la vereda, trepado a los barrotes de la ventana, le preguntaba qué era lo que tenía que ir a comprar al almacén… y como no le gustaba hacer mandados, se le notaba el fastidio”.