Conoció Caseros cuando tenía cinco años; era 1924. Venía, junto a familiares desde la Capital a «pasar un día de campo».

Al salir de la estación, fueron rodeados por un grupo de gitanas que intentaron manosearlos y robarles; una de ellas, puso su seno al desnudo y, apretándolo, lo mojó con un chorro de leche materna. Al mediodía, por una confusión, estuvo a punto de comer fideos condimentados con cianuro.

La segunda vez, Máximo tenía nueve años y sus padres habían decidido afincarse en Caseros. Con el tiempo, se convirtió en periodista, escritor, político, actor, inventor, jugador de póker, martillero, industrial…

Donde más de destacó fue en sus labores literarias: escribió ensayos, una novela y también notas políticas. Fue el creador de una serie de relatos llamada «Brochazos del Viejo Caseros» que hizo furor en la década del ’50 y se publicó en el periódico «Cabildo Abierto».

A continuación, transcribimos un reportaje que le hicimos años atrás:

CENSORI PERIODISTA

– ¿Cuándo se inició en el periodismo?

Debia andar por los dieciocho años; era el tiempo en que la entonces Sociedad Verdi empezó a transformarse en un club social y editaron una revista que se llamó «Tirso». En esta publicación escribimos un grupo de muchachos que éramos socios del club. Lo primero que escribí fue una poesía que dediqué a una chica de la cual estaba muy enamorado. Más adelante, hice algunas notas en otras publicaciones que se editaron en ese mismo club. Después, fui redactor del periódico «Cabildo Abierto», de donde salieron los «Brochazos».

¿En qué consistían los ‘Brochazos»…?

El objetivo era relatar, en forma amena, hechos y cosas de Caseros, desde su origen. Entonces, mi trabajo consistía en entrevistar a quienes podían proveer información al respecto… gente que en ese tiempo tenía 70, 80, 90 años, como los Cervetto, los Goso, los Vexina, los Sanmartino, los Cavassa

¿Los ‘Brochazos…’ era una sección permanente?

Era un artículo de fondo, no por la importancia, sino porque era uno de los más leídos; la gente agarraba el periódico y lo primero que buscaba era el «Brochazo»… simplemente porque era gracioso, atractivo, y a la gente le gustaba saber lo que había acontecido 70 u 80 años atrás.

– ¿Quién era el director de «Cabildo Abierto’?

El doctor Ferro, actual interventor de Tierra del Fuego (NdeR: presidente, durante décadas, del Cooperativo). En esa época, formábamos parte de una barrita de amigos, bohemios con pretensiones de intelectuales, casi todos estudiantes: Juan Sedze, Alberto Vilela, el doctor Burotto, Armando Herrera, Juan Carlos Pucciarelli

LA CASA DE TODOS

-¿Donde se reunían?.

Casi siempre en mi casa que era, en cierta forma, la casa de todos. Yo vivía en la calle Urquiza, entre av. San Martín y 3 de Febrero, en una casona con muchas habitaciones y donde jamás se cerraba la puerta, ni de día ni de noche. Mis amigos entraban, saludaban a mi padre que solía leer o escribir en el comedor y seguían para la cocina que era el lugar donde charlábamos.

¿De qué hablaban?.

De mil cosas: política, literatura, mujeres, timba… Éramos un grupo de intelectuales que no nos diferenciábamos en demasía de las otras barras. Quizás, lo que nos indujo a editar un periódico fue que éramos habitués del Ateneo Cultural de Caseros donde se realizaban actividades de tipo literario.

CENSORI JUGADOR

-Háblenos de su época como jugador de póker.

Bueno, en un tiempo me conecté con un grupo de muchachos de los alrededores a los que le gustaba el juego póker, pase inglés, monte con puertas… Le puedo decir, sin exagerar, que durante cinco años jugamos al póker todas las noches. Con el tiempo, ese grupo se relacionó -en el juego solamente- con mis amigos de acá. Nos reuníamos en la glorieta de «Lopresti» que estaba en Urquiza y San Martín, luego nos íbamos a las mesas de juego. Nos quedábamos hasta las cinco o seis de la mañana.

-¿No trabajaban?

Sí, ninguno descuidaba su labor habitual. Dormíamos a la tarde. Mi récord de juego fue de casi tres días sin parar. Empecé un sábado de Carnaval a las diez de la noche, y le pegué hasta el martes a las once de la mañana y no jugábamos por mucho dinero… la cuestión era jugar. Yo creo que el póker es el único juego que puede mantener la atención durante tanto tiempo.

CENSORI INVENTOR

-¿Cuáles fueron sus inventos?

Inventé dos o tres cosas… tal vez, algunas más. Una de ellas es un gancho con palo largo que se utiliza en los almacenes y en los bares para bajar botellas de los estantes altos. Este gancho lo fabriqué durante tres años. Después, registré una valija plegable bajo el nombre de «Valija de tamaño variable» ya que se agrandaba u achicaba por un sistema de rieles. También boceté otros inventos pero no los desarrollé.

CENSORI Y LAS CHICAS

– En su época de muchacho ¿Cuál era la calle donde se conquistaban a las chicas?

La calle 3 de Febrero, entre Valentín Gómez y Moreno; era el paseo obligado. Nosotros nos trajeábamos, los jueves, sábados y domingos para ir a hacer «pinta» por 3 de Febrero.

– Las chicas paseaban sin las madres?

Por esta calle sí, generalmente con otras amigas. Iban y volvían. Nosotros le decíamos piropos y buscábamos concretar una cita para encontrarnos en la milonga.

Háblenos de los bailes…

En ese tiempo se bailaba los domingos en los clubes América, República, Caseros, Verdi, Patria y Labor, 9 de julio… Se colocaban sillas alrededor del salón, las madres se sentaban y las chicas presumían.

-¿Cómo las sacaban a bailar?

Algunos cabeceaban directamente, otros se acercaban y le pedían permiso a la madre. Los que cabeceaban eran, casi siempre, los de más «pinta»… que hacían «rancho aparte». Los otros, tenían que ir a pedirlas.

– ¿Usted en qué grupo estaba?

En el medio, ni muy pintón ni muy fulero. Al rato de bailar se hacía un intervalo donde, si se podía, se invitaba a la muchacha a tomar y a comer algo.

– ¿Por ejemplo?

Un sandwich de mortadela o salame; las chicas bebían naranjín y nosotros cerveza porque teníamos que aparentar.

– ¿Cómo era la relación con las chicas?

– Nos tratábamos de usted. Luego de varias citas empezábamos a tutearnos, pero no delante de los demás. Cuando uno le acariciaba por primera vez la mano a una muchacha, esa noche no dormía; robarle un beso producía una conmoción que duraba una semana. Salvo excepciones, una chica jamás le pedía al novio que le diera un beso; siempre era él quien tenía que insistir. Quizás esa actitud, en la actualidad, mueva a risa, pero hacia más hermoso y más duradero el transito del camino sentimental.

DE TATA vs. REBIZZO

En cuestiones médicas, el pueblo estaba dividido en dos: los fanáticos del doctor De Tata y los del doctor Rebizzo. En mi casa, por ejemplo, siempre llamábamos a Rebizzo. Aunque una vez que éste se ausentó, llamamos a De Tata ante una emergencia familiar. Entre ellos, no había enconos. Creo, incluso, que eran amigos. Fueron dos profesionales de primera.

BARRIO CHINO

En Caseros existía un lugar bravo que se conocía como «Barrio Chino». Sus límites eran San Martín, Alberdi, Kelsey (actual Murias) y Bonifacini. Ahí no se podía entrar al anochecer porque se corría el riesgo de ser vapuleado. Le hablo de la década del ’30. Existía lo que hoy llamaríamos una «barra brava». Pero de día, era un barrio tranquilo.

Máximo Hugo Censori falleció el 26 de junio de 1990, a sus 71 años.