En cierta oportunidad, Enrique Nuccillo – vecino de la calle Mitre, entre San Jorge y Caseros – así recordó a su amigo:

Agustín nació el 16 de febrero del ’14 y su casa paterna estaba ubicada en la calle Rebizzo, a media cuadra de 3 de Febrero. Nos hicimos amigos en la juventud, cuando él trabajaba, como mecánico, en la estación de servicio de Razeto, la de avenida San Martín, casi llegando a Bonifacini. 

Nos hicimos amigos porque a los dos nos gustaban los «fierros» y la velocidad. Junto a Eugenio Borghi -a quien le decíamos «El Chano» – andábamos en moto por todos lados. Agustín, que apenas llegó a sexto grado, tenía un gran talento para la mecánica: se la pasaba armando y desarmando motores y haciendo experimentos de todo tipo. Vivía entre la grasa y no había fierro que se le rebelara. No le llamaba la atención el fútbol y su gran pasión era correr… ¡si lo habré visto hacer locuras con los coches!.

En el ’45, empezó a correr con un Midget en el circuito de San Justo. Al mismo tiempo, armó una máquina -con el motor atrás y con una carrocería preparada por Luis Re, que revolucionó la categoría… se cansó de ganar carreras y campeonatos. Incluso, hasta corrió en Uruguay y se trenzó en una competencia de Fórmula 1 que se organizó en Palermo.

Se casó con Angelita Maldonado -una chica de Santos Lugares- con quien tuvo un hijo al que también llamó Agustín. Vivian en la calle Bonifacini, entre Pelagio B. Luna y Sudamérica. Angelita atendía una panadería y Agustín había inaugurado una tornería- junto a dos socios y parientes- que se llamaba «Aguaviva, Crocco y Maldonado».

En ’47, con un Ford 38, debutó en Turismo de Carretera y, a pesar de que sólo llegó hasta Las Flores, el «bichito» de la categoría le picó fuerte. Al año siguiente, corrió en la «Vuelta de Pringles» y se clasifico octavo; fue todo un suceso porque recién era la segunda vez que corría y porque se entreveró con nenes de la talla de los Gálvez, los Emiliozzi, Blaquier, Marcos Ciani… Agustín fue muy amigo de Oscar Gálvez y de Dante Emiliozzi.

Fue una de las mejores épocas del Turismo de Carretera y era un espectáculo ver, en los costados de la rutas de todas las provincias, el humo de los asados que la gente hacía mientras esperaba ver pasar a los conductores. Agustín siempre anduvo en el lote de los punteros y si no obtuvo mejores clasificaciones fue porque exigía, sin especulaciones, al auto.

De tanto correr a fondo, rompía la máquina. No conocía el miedo y fue muy, muy audaz. En muchas oportunidades, yo le realicé el «auxilio» y puedo asegurar que hacíamos todo tipo de «inventos » para que el coche se mantuviera en carrera… Nos arreglábamos con cualquier cosa y en cualquier lugar. Los vecinos eran muy gauchos y nos facilitaban algunos repuestos.

En el Gran Premio del año ’51, Agustín largó con el número 167, desde la Capital, y llegó a Bahía Blanca en el puesto 19. Había superado, de noche, a 148 participantes. En el ’55, se dio el gustazo de su vida al ganar la «Vuelta de Chacabuco». Aquí , en Caseros, se lo recibió como a un ídolo.

SU MÁS GRANDE DOLOR

Fue cuando, en 1952, mientras corría en Hughes, su coche volcó y falleció su acompañante, Pascual Crocco, quien, además de ser su amigo, era su cuñado. Este accidente lo dejó mal a Agustín y, por un tiempo, dejó de correr.

Una de sus grandes pasiones fue también, la aviación. Incluso, me alentó para que yo me hiciera piloto… e insistió tanto que me convenció y muchas veces volamos juntos.

El protagonizó un raid – en escuadrilla, tripulando un «Boyero»- de más de 20.000 km.. Por este periplo, la Subsecretaría de Aviación Civil le entregó una medalla de oro.

El 30 de junio del ’55, en José C. Paz, su avión cayó a pique y Agustín se mató. Tenía, apenas, 41 años. Fui el primero que recibió la noticia y, a pesar de que conocía su amor por el peligro, jamás pensé que podía morir así… justamente él que estaba lleno de vida. Era un tipo pintón, de buena estatura, de carácter fuerte pero leal. Y, por sobre todo, era mi amigo.

Enrique Nuccillo y Agustín Aguaviva