Hace un tiempo ya largo que lo entrevistamos. En tal oportunidad, nos encontramos con un hombre de sonrisa grata y de sí fácil. Típico vecino al que parece factible venderle una rifa o solicitarle una contribución para comprar las camisetas del club. Ahí nomás, casi pegado a la Escuela N° 9 (calle Moreno, entre Iribarren y Leonismo Argentino) atendía el quiosco inaugurado hace más de medio siglo.

Nació el primer día del otoño de 1927 y fue tanto niño como adolescente en Junín, hasta que en el ’51 aterrizó en Caseros.

«Allá (en Junín) era distribuidor de vino, alcohol y azúcar hasta que me agarró la Ley de Abastecimiento que me obligaba a vender a 75 centavos lo que me costaba un peso. Acá, en Villa Mathieu, residía mi cuñado –Francisco Scolaro– que me insistió para que me viniera a trabajar y a vivir en Caseros».

El juninense vino y se convirtió en chofer de colectivo. Compró el interno 6 de la ex línea 14 (luego, 289) que iba de Caseros a Liniers.

 «Era un Chevrolet ’46 pintado de naranja y azul, Ios colores de la empresa- con volante a la derecha y apenas siete asientos… era un colectivo chico, pero los hacíamos de goma y  lo cargábamos hasta con 40 pasajeros… iba hinchado de gente».

MÁS RECUERDOS

«La 14 tenía un servicio cada tres minutos y era la única que se metía por los cuarteles de Ciudadela».

«Entre los choferes nos peleábamos por los pasajeros porque cada uno de nosotros se llevaba a casa lo que se recaudaba… lo único que se pagaba era una administración de la empresa».

«Uno especulaba con la velocidad para llegar justo a tiempo cuando arribaba un tren o con el horario de salida de una de las tantas fábricas que había en Caseros y Ciudadela… eran muchísimas las industrias que existían. También se levantaban muchos pasajeros cuando terminaban las milongas del club Unión y del Brisas de Ciudadela«.

«Había un ñato al que nadie quería tenerlo adelante porque era fija que te ganaba todos los pasajeros… no sé cómo hacía pero cuando vos llegabas a la parada no quedaba nadie».

«Había zonas que se inundaban mucho… la calle Sarmiento… en plaza Pineral, el agua entraba por una puerta del colectivo y salía por la otra».

– «Tuve como pasajeros habituales al Cholo Simeone, el número cuatro que jugó en Vélez y en Boca; Pepitito Marrone; el capo de los Castillo, le decían ‘El Cacique’, que vivía por la calle Alvear; Moria Casán…».

«Cuando se gestionó la autonomía de Tres de Febrero, íbamos a presionar a La Plata en dos o tres colectivos cargados de vecinos. Peleábamos por dos cosas: por la autonomía del Partido y para que Caseros sea nombrada ciudad cabecera… tenían la contra de Ciudadela… una noche, nos encerraron en la legislatura platense y no pudimos salir hasta la mañana siguiente”.

Paralelamente a su trabajo como colectivero – lo fue hasta que se jubiló -Antonio, a principios de los años ’60, levantó las persianas de su quiosco ‘Poli’ que atendían su esposa e hijas.

De a poco, el pequeño comercio se convirtió en un lugar convocante de este rincón de Villa Mathieu. Los vecinos se acercaban con una silla para participar de la mateada, tomar aire fresco, campanear la vida y, de paso, arreglar el mundo.

Antonio -que fue integrante de la Cooperadora de la escuela N° 9, de la Sociedad de Fomento de Villa Mathieu y fundador del club 9 de Julio, de Palomar – se prendía en todas las inquietudes a favor del vecindario. Una de estas fue la creación informal de la Peña ‘Así es mi Barrio’ que se ocupaba tanto de dar cine al aire libre, frente al quiosco, organizar festejos en los días patrios o socorrer alguna necesidad del vecindario.

«Para el 25 de mayo, hacíamos carreras de embolsados, palo enjabonado… organizábamos festivales artísticos, acá en la calle; una vez actuaron las hermanitas Linares que eran de acá, de Caseros. Pasó también que contratamos un mago e hicimos correr la bolilla de que comía bulones… después, durante la actuación, los chicos le pedían que los comiera en serio…».

La peña dio lugar al nacimiento del club 25 de Mayo, ya desaparecido, en la calle Moreno.

«Ahí organizábamos partidos de futbol, bailes, kermesses… los bailes de carnaval eran bárbaros, se llenaban de familias. Una noche, estaba lloviendo a lo loco y suspendimos el baile… a eso de la medianoche, la lluvia paró y aparecieron enseguida los vecinos con secadores para desagotar la pista».

Fueron legendarias también las batallas con agua. «En el quiosco, nos quedábamos hasta las dos de la madrugada en la puerta, tomando mate y escuchando tangos… una noche siento que me tiran un par de globazos con agua…me fui a la terraza y descubrí que había sido José , el vecino de enfrente… le devolví los globazos y, por el bochinche, se levantó la vecina de al lado a la que le tiré un baldazo… ¡Para qué! se levantaron todos y se armó una batalla con agua que duró como hasta las tres y media».

En los años ’60, en el triángulo que nace en Kennedy e Iribarren, existía una ‘villita’ ocupada mayormente por familias del interior y de países limítrofes.

Magrini destacó que «era gente pobre pero trabajadora que no se metía con nadie… lo único que tenían era que les gustaba tomar y, a veces, se peleaban entre ellos. Como siempre tuve auto, varias veces tuve que hacer de ambulancia. Pero eran buenas personas y con los de afuera no se metían. Eran buenos clientes, algunos compraban fiado pero siempre cumplían. Después, cuando los desalojaron y se formó la Carlos Gardel, la cosa fue distinta».

Antonio se reconoció como fanático de Vélez y aficionado al boxeo… «tanto fui a ver a Archie Moore y Kid Gavilán, en el Luna Park, como a Horacio Salvarezza, en El Zonda«. 

Tras  repasar otros episodios vividos, Magrini se quedó con la vista perdida y al rato murmuró: «Era lindo el barrio».

Antonio falleció el  19 de febrero de 2005, a sus 75 años.

1959. Magrini (parado, camisa blanca) junto  a compañeros de la línea de colectivos donde trabajaba.