Poseía, dicen los exagerados, el empeine desfachatado que desparramaba rivales y guardavallas. Cabeceaba bien, escurridizo, gambeteador (algo morfón, tal vez) le pegaba con las dos piernas y tenía alma de goleador. Hablamos de quien fue el hijo del señalero de la calle Hornos.

“Yo vivía en Caseros y Tapalqué (actual Parodi), me venían a buscar de todos lados para jugar a la pelota. Mi viejo, para que no me pasara el día en la calle, no me dejaba salir hasta que punteara un sector de la quinta; entonces, todos los pibes me ayudaban para que terminara más rápido”, nos contó alguna vez.

Fue purrete en los años ’20, en ese Caseros tranquilo que se adormecía entre baldíos y cielo, calles de tierra; cada tanto, alguna casa de rigurosa galería y, más allá, el precario excusado.

“Recuerdo al «campito de Veco» que estaba entre las calles Moreno, Roosvelt (actual Rosas), Cafferata y Hornos. Cada vez que iba a visitar a un tío que vivía en Villa Mathieu, cruzaba el campito corriendo por miedo a las víboras”.

Cursó la primaria en la escuela de William C. Morris, el filántropo inglés y pasaba las vacaciones trabajando como ayudante de verdulero.

Conseguía las entradas al cine Caseros (calle Moreno, entre Sarmiento y San Jorge) tras haber repartido los programas en el vecindario.

Llegaron sus tiempos mozos y los primeros largos para encubrir los pelos de las piernas. Sábados en el Unión, milonga y filito con alguna morocha prometedora… ¡Ah, qué años, señor!.

Y claro, el futbol, siempre el fútbol. Su fama de buen jugador se fue extendiendo.

(“Che -se advertían los vecinos- vamos a la cancha que hoy juega el Chino”).

Creo que jugué para todos los equipos que se formaron en el barrio: Peñarol, Villa María Irene, El Triunfo, Sol de Mayo, Nacional, Unión, Villa Alianza, Villa Pineral, El Fortín, Deportivo Caseros, Germinal, Defensores de Caseros…”.

Trabajó en una fábrica de cepillos en La Paternal y también en la de Fenoglio; más adelante, en el ferrocarril.

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Una tarde, estaba como espectador de un campeonato intercomercial donde se enfrentaban Grafa Fabril Lanera Argentina. Faltó un jugador y le pidieron al Chino que se calzara los cortos. Entró y metió dos golazos; el dueño inglés de la Fabril le ofreció empleo con tal de que los domingos sacudiera redes contrarias.

“Trabajé 14 años en la Fabril; ingresé como peón mecánico y progresé hasta tejedor de primera. Me eligieron delegado y luego integré la comisión directiva del sindicato; fui secretario de Actas en el 1° Congreso de la Asociación Obrero Textil, donde conocí a Perón y a Evita”.

Apenas se fundó el Jota Jota, en 1936, El Chino se lució con la camiseta celeste. Jugó de wing, de centrojás, de insider, de lateral… Su habilidad brilló incluso en canchas hostiles. Fue un señorito jugando pero no escamoteó la pierna fuerte cuando las cosas se ponían bravas.

 (“Vieja – pedían los vecinos- prepare temprano los tallarines que hoy juega El Chino”).

“También jugué en la reserva de Atlanta; cuando iba a debutar en primera, un compañero se mandó una macana, sin querer, y me rompió la cabeza. Estuve dos meses sin jugar. Cuando volví, me lesioné nuevamente. A fin de año, me fui”, se lamentó Naranjo.

Conoció una moza pizpireta; un mohín y al temible artillero se le cayeron las medias. Laura Clara Arregini convirtió el gol cuando se lo llevó a la parroquia La Merced y le inspiró un ¡«Sí, quiero”! para toda la vida.

(“Vieja, se casó El Chino – informaron los vecinos- esta tarde me quedo a acompañarte… ¿Hay bizcochitos?»).

TACHERO DE LA ESTACIÓN

“Fui taxista en la estación. Conocí a Tanguito, uno de los primeros tacheros de Caseros. Cada dos por tres tenía que sacarlo de la cana a Tanguito; caía por curda o por compadrón. Con nosotros era muy buen compañero… se decía que era medio cafisho pero eso nunca lo comprobé. Le gustaba andar calzado; la musculosa la tenía siempre agujereada donde le pegaba el bufoso. Era un personaje, Tanguito. Se hacía el guapo pero la verdad, medio lo teníamos de punto”.

El Chino jugó hasta sus casi 40 años y aumentó la leyenda.

GOL INOLVIDABLE

Desde media cancha la llevó de cabeza a cabeza con su amigo Roberto Pazos. Los defensores no sabían si pararlos o aplaudirlos. El último pase y el cabezazo justo, al rincón donde jamás llega el arquero.

(«Vieja, apagá la radio, vení que te cuento lo que hizo El Chino»)

 RINCÓN CUYANO

“Cuando largué el tacho de la estación, tuve, durante diez años, el boliche “El Rincón Cuyano”, en Moreno, entre San Jorge y Sarmiento. Después, manejé un taxi en la Capital hasta que me jubilé. Todavía trabajo en el sindicato de taxis; voy los martes y jueves y escribo a máquina”.

Lo de “Chino” se le pegó porque su padre, “un tucumano criollazo”, le decía: “Chinito vení, Chinito andá”… y el apodo le quedó prendido.

En el tiempo que lo entrevistamos, le gustaba sentarse al atardecer a la puerta de su casa – ubicada en la calle Potosí, entre Fischetti y De Tata – y ver pasar la vida.

SE LE GASTÓ UNA PIERNA DE TANTO PISARLA

Cada tanto, escuchaba que algunos peatones se comentaban cuando lo descubrían: «Ése es El Chino… ¡No sabés cómo la movía!».

Esas expresiones le alegraban el alma. Ya para ese tiempo, por una infección, le habían amputado una pierna.

“Sabe, Chino, – recuerdo que le comenté – me dicen que usted se gastó la pierna de tanto pisar la pelota”.

Largó una risotada y apuntó: «Usted no sabe lo bien que me hace escuchar que la gente me recuerda; parecerá fanfarrón que lo diga yo, pero hace poco un hombre se me acercó y me dijo: “Chino, cuántas alegrías le diste a la gente…».

Se llamaba Juan Manuel Naranjo y tenía dos hijos, Juan Manuel y María Clara.

Su figura es un recuerdo entrañable en la historia futbolera de Caseros.

Falleció el 26 de diciembre de 2003, a sus 88 años. Acaba de cumplirse el 20º aniversario.

(“Vení – le dice un abuelo a su nieto – te voy a contar cómo jugaba El Chino”).