El sábado 1 de abril de 2000, a sus 89 años, falleció Carolina Buffoni, querida vecina de la calle Cavassa, casi esq. Azcuénaga.

Hija de Carolina Cartabia y Luis Buffoni, transcurrió su infancia – acompañada por nueve hermanos – en una humilde vivienda ubicada en Villa Pineral.

Fue alumna del colegio que precariamente se levantaba en av. San Martín, entre Cafferata y Esteban Merlo (hoy Escuela Nº 45) hasta que fue inaugurada la escuela Ángel Pini.

 Casada con Luis Mariani, el matrimonio tuvo dos hijos y cinco nietos.

ENTREVISTA PARA COLECCIONAR (en especial, para los Memoriosos de Caseros)

En cierta oportunidad, charlamos con Carolina,  quien por entonces residía junto a su hermana Rosa.

Las hermanas Buffoni nos dijeron lo siguiente:

CAROLINA: Nacimos en la década del ’10. La casa de nuestra infancia estaba en Ángel Pini, entre 3 de Febrero y avda. San Martín, cerca de lo que hoy es la plaza Villa Pineral que, en ese tiempo, eran sólo un baldío más… eso sí, ya estaba el ombú. En lo que era nuestra manzana, sólo había una casa más y, para aquel lado (señaló hacia Ciudadela) solamente vivía un vecino al que le decían el “novelista”. En los terrenos de enfrente, cada tanto armaban la carpa los gitanos.

ROSA: A nosotras nos daba miedo porque se decía que se llevaban a los chicos. Se quedaban unos días hasta que venía la Policía y se tenían que ir. Me acuerdo de los casamientos gitanos que duraban dos o tres días.

C.: A otra cosa que le teníamos miedo era a las tropillas de vacas que corrían por avenida San Martín. La avenida era un pozo, de tierra colorada. El rancho donde vivíamos era de chapa y madera. Algunas pocas eran con piso de ladrillo y otras con piso de tierra al que teníamos que barrer bien y humedecer con acaroína. Nos iluminábamos con faroles a kerosén y vela. La letrina estaba como a media cuadra. No teníamos baños, así que nos lavábamos con un tachito.

R.: Éramos diez hermanos, mi mamá nos decía que llegamos a ser trece. Las mujeres dormíamos en el mismo dormitorio que nuestros padres y los varones en el otro cuarto; aunque ellos cuando conseguían changas, se quedaban a dormir en el trabajo. Teníamos colchones de plumas; mis padres tenían dos: uno relleno con chala y otro con plumas.

C.: Al primer colegio que fui fue a uno que estaba en avenida San Martín, entre Cafferata y Esteban Merlo… todavía está la fachada de ese edificio. Después “inauguré” la escuela que donó Ángel Pini (actual Nº 4).

R.: Fuimos hasta tercer grado porque se hacía hasta tercer grado nomás… y después: a trabajar. C.: Yo trabajaba en la farmacia de don Aquiles Miraglia que estaba en Rivadavia (actual Valentín Gómez), entre av. San Martin y 3 de Febrero.

R.: Yo lavaba pañales y enceraba pisos en lo de la familia Chiessa.

C.: En invierno, cuando volvía de trabajar era de noche… venía caminando por 3 de Febrero… al llegar a Mitre comenzaba el barro y tenía que agarrarme de los alambrados para no caerme… caminaba por un senderito. En 3 de Febrero y Mitre había un almacén al que le habían puesto “Pineral” que tenía cancha de bochas. Desde allí hasta casa, era donde tenía miedo por la oscuridad.

R.: Pero esos miedos que nos agarrábamos eran por la oscuridad, nada más, porque rara vez pasaba algo. Más adelante, llegó la luz hasta la calle Guaminí… allí vivía una señora muy buena y muchos paraban en su casa porque levantaba juego… como éramos jovencitas, algunos galanes nos esperaban para acompañarnos hasta casa… pero ¡Qué galanes! ¡Qué respeto!… eran muchachos muy educados.

C. : Comíamos mucha sopa, puchero, polenta y fideos que amasaba mi mamá… cada tanto, se mataba una gallina. Desayunábamos con mate cocido y pan. Papá nos purgaba con aceite castor… a las seis de la mañana, arriba con aceite castor.

R. : Usábamos kerosén para los faroles, para matar las chinches y también para desinfectar las lastimaduras… incluso, cuando teníamos una herida o un grano, papá nos decía que las hiciéramos lamer por el perro… y i santo remedio!.  Teníamos un dolor de cualquier cosa y mamá decía: ‘Espera que te hago un té y se iba al campo a juntar yuyitos…

C. : El médico que nos atendía vivía en el centro y mi mamá le llevaba verduras, huevos y, cuando volvía, nosotras la esperábamos en la puerta porque nos traía unas masitas negras cuadradas. Papá, después del trabajo se ocupaba de la quinta que era muy grande y cosechaba de todo para la casa.

R. : Él trabajaba en los hornos de ladrillo… cuando estaba cerca, nosotros le llevábamos el mate cocido. Los ladrillos se hacían así: armaban un pisadero que le echaban tierra para que se mezclara con el estiércol de los caballos. Ese barro se colocaba en adoberas que eran moldes que venían de a dos y se dejaban secar al sol. Luego se sacaban de las adoberas, se apilaban dejando espacio en el medio para poner fuego y se cocinaban.

C. : Para Reyes nos dejaban unos maíces en las zapatillas que después se los tirábamos a las gallinas; cuando teníamos suerte, algún confite.

R.: Una vez, los reyes me dejaron una moneda de cinco centavos… y me la tragué. Como no bajaba, mi mamá llamó a José Pérez, del almacén Tome y traiga, para que me llevara a caballo hasta lo del farmacéutico Miraglia… mientras íbamos, con el traqueteo del caballo, la moneda bajó…

C. : Cuando mi hermana mayor se casó y quedó embarazada, mamá me mandaba a ayudarla. A ella la visitaba la partera que creo que era la señora de Pampín, quien venía con una valija… qué inocente sería yo que creía que al bebé lo traía en la valija.

R. : Tanto mamá como papá fueron muy trabajadores. Mamá, además de las cosas de la casa, lavaba la ropa de los obreros de los hornos de ladrillo, en un tacho de zinc, iluminada por el reflejo de la luna…

C. : Nunca, nuestros padres nos pusieron la mano encima pero les teníamos mucho respeto; mi papá nos miraba así… y ya bastaba. A lo sumo, cuando lo hacíamos renegar mucho, nos gritaba: “Candemboia”…

R.: Cuando fuimos más grandes, íbamos a las kermesses o a los corsos que se hacían en Trenque Lauquen y 3 de Febrero.

 C.: A pesar de las privaciones, tuvimos una infancia feliz. Y si bien apenas si pudimos ir a la escuela, nos enseñaron a ser respetuosos, honrados y trabajadores. Siempre anduvimos con la frente alta…

NdeR: Rosa Buffoni falleció el 4 de diciembre de 2015, a sus 104 años.