Cada día, durante décadas, de lunes a lunes, el hombre recorrió en su jeep azulino las calles de tierra que cruzaban esta geografía.

Por la mañana, repartía leche; por la tarde, garrafas.

El protagonista de esta nota fue un señor grandote, robusto, tirando a gordito en su madurez.

Santiago Borao (le decían El Colorado) se había criado en Rawson (Chacabuco, pvcia. Bs. As) y fue la conscripción primero, en 1949, y luego el amor quienes lo afincaron en estos pagos.

De lo segundo, la culpable fue Olga Echarte, una muchacha bonita cuyos padres fueron dueños del legendario almacén (conocido como “el de los gallegos”) de la esquina de Belgrano y Roma, en el corazón de Villa Alianza.

Santiago inauguró su reparto lácteo a bordo de un carro tirado por “Blanquita”, una yegua que sabía de memoria el recorrido.

Al señor de Rawson se lo recuerda como un hombre bonachón que esperaba en la estación, el arribo del Tren Lechero y que bautizaba la leche no para especular sino porque llegaba tan espesa, tan condensada, que era imposible comercializarla sino se le ponía un poco de agua.

“Para la familia que tenían chicos chicos, sí, les daba la leche pura porque eso les hacía bien”, nos asegura alguien que lo conoció mucho. ¡Cuántos vecinos hoy son toritos gracias a esa leche que tomaron de pibes, sin agregados ni cosas raras!.

En la casa de Moreno y Suiza había una heladera gigante y un constante lavar de tarros hasta dejarlos brillantes, merced al rasqueteo arrasador con Puloil.

El jeep azulino también es recordado por cumplir infinidad de gauchadas, más allá de sus funciones diarias. Aquellas calles de tierra que se multiplicaban en nuestro pueblo fueron a menudo provocadoras de numerosos atascos generados por el barro, las inundaciones y afines. Y allá acudía el jeep de Santiago para auxiliar la cuestión; también para socorrer a la familia que lo necesitara por algún apuro; tiempo en que en Caseros eran pocos los que tenían automóvil.

Como sucedió en muchos otros rubros, el transcurrir de los años fue modificando el mercadeo lácteo.

La leche al pie de la vaca, cedió su lugar al tarro y éste precedió al  envase de vidrio que finalmente claudicó ante el sachet.

La leche ya no la traía a casa el lechero, se compraba en el súper.

Los últimos tiempos laborales de Santiago los dedicó a ayudar a su hijo.

Del hombre de Suiza y Moreno recogimos estos recuerdos: fue racinguista contagioso (también, simpatizante del pincha de Caseros), tanguero y entusiasta del folklore, celoso cuidador de la quintita de su casa, amigo (muy) de la buena mesa, solidario, bonachón. Fundamentalmente, buen tipo.

Con Olga, la hija del almacenero, su esposa de toda la vida, tuvo dos hijos: Patricia y Eduardo “Lalo”.

Su nombre y apellido están grabados  en el mural de av. San Martín y Cafferata, que impulsó Ramón Martín (otro repartidor de aquéllos que jamás olvidó su origen) para homenajear a todos los lecheros del barrio.

Santiago falleció el 2 de abril de 2020, a sus 90 años.