A diez años de su fallecimiento, recordamos al padre Osvaldo Tonetto, el sacerdote quien transformó la fe en acción concreta y la solidaridad en una red que salvó y alivió miles de vidas.
Desde la parroquia Medalla Milagrosa hasta Villa Ballester, su farmacia solidaria y el Ministerio del Alivio marcaron a generaciones de vecinos. Esta es la historia del cura que eligió servir, aun cuando eso le costó persecuciones, clausuras y riesgos personales.
En la primavera de 1967, un joven sacerdote llegó a la parroquia Medalla Milagrosa, frente a la plaza Hipólito Yrigoyen, en Villa Pineral.
Se llamaba Osvaldo Tonetto y, sin saberlo, estaba a punto de iniciar una de las obras solidarias más asombrosas del conurbano bonaerense.
Dos años después de su llegada, comenzó algo simple y revolucionario: entregar medicamentos gratuitamente a personas que no podían pagarlos. La idea nació de una escena cotidiana. “Un día vino una señora con insuficiencia cardíaca que necesitaba un remedio imposible de comprar para ella. Acá se lo conseguimos”, recordaba Tonetto en una entrevista de 1988. A partir de ese gesto, entendió que las necesidades estaban ahí, esperando que alguien se ocupara.
Con la ayuda de María Luisa de Pugliese, empezó a contactar médicos para conseguir muestras gratis y religiosas que trabajaban en hospitales. La comunidad respondió de inmediato: vecinos acercaban remedios que ya no usaban, farmacias colaboraban, y la red solidaria crecía casi sin darse cuenta. “Yo salía con la camioneta por distintos lugares y volvía cargado de medicamentos”, contaba con orgullo.
El proyecto tomó tal magnitud que fue necesario ampliar la parroquia. Con apoyo de la organización católica alemana Misereor, se construyó un edificio detrás del templo: allí funcionaban la farmacia y el depósito. Pero el crecimiento no fue bien recibido por todos. “Había intereses que se sintieron tocados”, puntualizó.
En 1971 comenzaron las presiones para que cerrara la farmacia. Y en 1979 llegó el golpe más duro: clausuraron todo durante siete meses. La policía permanecía en la parroquia, la farmacéutica fue amenazada, y Tonetto fue calumniado. “En el abuso se permitían cualquier cosa”, recordó con amargura. Cuando levantaron la clausura, tuvo que tirar cajones enteros de medicamentos vencidos que podrían haber salvado vidas.
Durante ese período estuvo prófugo, hasta descubrir que la orden judicial no incluía su detención, aunque sí habían arrestado a colaboradores. A pesar del golpe, el sacerdote se sintió sostenido por su gente: vecinos, el Rotary Club Caseros, el Club de Leones y la Fundación del Banco Cooperativo de Caseros le brindaron un respaldo clave. También su obispo, monseñor Menéndez, quien le dijo una frase que nunca olvidó: “Cuando usted no pueda más, déjeme que sigo yo”.
Con el tiempo, la causa judicial se dio vuelta a su favor y algunos medios comenzaron a apoyarlo. Tonetto estaba convencido de que aquella crisis había sido providencial: permitió ordenar la obra y modificar la Ley de Farmacia, creando una figura legal que habilitaba a parroquias a tener depósitos de medicamentos donados.
La farmacia solidaria de la Medalla Milagrosa se hizo conocida en todo el país. Llegaban pedidos desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, enviados gratuitamente por una empresa de transporte de Caseros. Para Tonetto, era una demostración concreta de lo que podía lograr la solidaridad organizada.
Pero su obra no se limitó a los remedios. Formó el “Ministerio del Alivio”, un grupo de vecinos preparados para asistir material y espiritualmente a enfermos en hospitales, geriátricos y domicilios. Era una red silenciosa de consuelo, presencia y escucha.
En 1990, tras 23 años en Villa Pineral, el Obispado decidió trasladarlo a la parroquia Nuestra Señora de La Merced, en Villa Ballester. Los vecinos intentaron impedirlo con una comisión especial, pero monseñor Menéndez fue contundente: “Sé del dolor que les causo, pero en esa parroquia necesito al mejor sacerdote de la diócesis”.
En Ballester continuó la obra durante 21 años más. El Ministerio del Alivio se extendió a 40 parroquias y reunió a más de 400 voluntarios. En 2001, Tonetto señaló: “Este servicio me da mucha alegría. Conforta a ancianos, enfermos, gente sola. Se los visita una vez por semana para aliviar material y espiritualmente. El servicio cambia la vida: alivia el dolor, da serenidad, se ve la mano de Dios. Lástima que esto no aparece en las noticias”.
Osvaldo Tonetto había nacido en General Arenales. Su padre era albañil y su madre ama de casa. La familia se instaló en Ciudadela, donde hizo catecismo en Santa Juana de Arco. Allí, el padre Elizalde lo animó a entrar al seminario. “Él me vio condiciones y me propuso esa elección de vida”, recordaba.
También fue un apasionado del deporte. Jugaba al fútbol como centrojás y llegó a enfrentar a una división inferior de Gimnasia y Esgrima La Plata. El entrenador lo invitó a probarse, pero Tonetto ya había elegido otro camino. En Caseros jugó al fútbol hasta sufrir un desgarro y también practicó paleta en el club República.
El padre Osvaldo Tonetto falleció el lunes 1 de febrero de 2016, a los 80 años. Cuando se fue de la Medalla Milagrosa, la comunidad escribió en su boletín parroquial: “Todos encontramos en el Padre Osvaldo a un amigo, un hermano al que se podía recurrir en cualquier momento sabiendo que estaba dispuesto a escucharnos y ayudarnos. Padre Osvaldo: siempre estará junto a nuestro corazón”.
Más allá de la fe, Tonetto dejó una enseñanza simple y poderosa: la solidaridad no necesita grandes discursos, sino personas dispuestas a ocuparse del otro. Y en Caseros, durante décadas, ese cura con camioneta cargada de remedios fue la prueba viva de que la caridad organizada puede cambiar una comunidad entera.