Vecino de la calle Caseros, entre Mitre y Nstra. Señora de La Merced, Pablo Nakaya (41) es hijo de Susana y Miguel Ángel, titular del conocido laboratorio de análisis clínicos. Pablo fue alumno (primaria y secundaria) del instituto Nstra. Sra. de La Merced.
Hace casi una década que Pablo partió a recorrer el planeta. Nos sorprendió, días atrás, encontrarlo caminando por la calle 3 de Febrero. Nos cuenta que apenas está de paso, que junto a su novia – a quien conoció durante su recorrida – piensa en radicarse en la Patagonia. Nos cuenta algunas cosas más.
LA DECISIÓN QUE CAMBIÓ SU VIDA
Tenía 33 años cuando en agosto de 2018 subió a un avión con destino a Nueva Zelanda, apenas veinte días después de haberse recibido de ingeniero agrónomo. Hasta entonces, trabajaba en el INTA donde ocupaba un cargo estable, prometedor. Pero algo no estaba bien. Su deseo era viajar, conocer otras culturas… Deseo que lo acompañaba desde de su infancia, de los viajes familiares a Córdoba, de subir montañas y meterse en el río. Más tarde, de los scouts del colegio La Merced, donde los campamentos despertaron aún más ese impulso.
NUEVA ZELANDA
Mientras estudiaba en la UBA, se casó; luego, se separó. Ese quiebre fue decisivo.
“Tenía sueños que no iba a cumplir y sentí que me vinieron a buscar”, describe. La idea de irse empezó a tomar forma. Nueva Zelanda apareció como una oportunidad gracias a un programa que permite trabajar y viajar. Aceleró todo: terminó la carrera, renunció al trabajo y se fue. El primer impacto fue el idioma. Llegó a NZ con un inglés básico, se instaló en un hostel mientras abría una cuenta bancaria y tramitaba lo necesario para trabajar. El campo era lo más accesible.
Uno de sus primeros empleos fue en un tambo, a más de una hora de la ciudad. Ordeñaba vacas desde la madrugada hasta la tarde. Le daban casa, comida y una moto para moverse. Vivía solo, en una casita mínima. Estuvo tres meses. Su lógica era clara: trabajar un tiempo y después, viajar. Así fue rotando de empleos y recorriendo zonas del país.
Con el tiempo, el viaje cambió de forma.
Apareció el voluntariado, un programa que le facilitó saciar su sed de conocer culturas y lugares de otras latitudes. Trabajaba unas cuatro horas por día. No lo vivía como un trabajo tradicional, sino como una experiencia social. Compartía la vida cotidiana con las familias que lo recibían: comidas, celebraciones, paseos…
Con algunos ahorros, empleos pasajeros y changas enfrentaba la parte económica… Durante el viaje gastaba poco: comida, algo de ropa, combustible. Dormía en el auto, hacía arreglos a vecinos, compraba en tiendas de segunda mano. Reconoce que no todo es ideal y que algunos se aprovechan del sistema, pero rescata la confianza como valor central. Recuerda una granja donde, tras dos días de conocerlo, los dueños se fueron de vacaciones y le dejaron la casa, los animales a cuidar y la heladera llena.
Conoció Australia, Vietnam, Laos, Camboya, Tailandia, Indonesia, Japón, Qatar, varios países de Europa. Laos lo marcó especialmente: poco turismo, “mucha humanidad”. Pablo convivió con gente local… cocinar con una abuela, jugar con un nieto, aprender palabras básicas del idioma. Así él entiende el viaje, su viaje.
–¿Cuánto tiempo estuviste viajando?.
– Ocho años.
–¿Cómo son en el trato los neozelandeses?.
-Correctos, algo fríos… ahora, cuando formás lazos es gente divina.
-Pero siempre te sentís extranjero…
-Sí, sí, por una cuestión de costumbres, por una cuestión del idioma. Llevó como un año sentirme cómodo tanto con el idioma como con la forma de ser…
-Tus “códigos” son distintos…
-Es algo que pasa a los extranjeros, uno no se siente 100% auténtico porque capaz que lo que uno hace es forzado. En la forma de expresarse es como que varía el tono de lo que decís. En nosotros se entiende si es un doble sentido, si es irónico. Es lógico, a ellos les pasa lo mismo. Y a veces puede ser ofensivo, depende de la persona… La barrera del idioma es importante. Si tenés algún problema y querés hablarlo con alguien de otro país, es difícil… una alemana, un francés o una japonés son tres tipos de respuestas.
-¿En qué sentís que cambiaste?
-Aprendí a vivir solo, a darle valor a las cosas que lo merecen… desde afuera las perspectivas son distintas
-¿Qué es lo que más te molesta de Argentina, hoy?.
-La inseguridad, la agresividad cotidiana… En NZ hay un respeto increíble. Perdías algo y seguía ahí. El cambio de realidad al volver es muy brusco.
-¿Pensás irte a la Patagonia?.
-Sí, la idea es probar suerte. Quiero estar rodeado de naturaleza, y vivir con serenidad.
-De alguna manera, el viaje sigue…
-Sí… aunque soy consciente de que no se puede viajar todo el tiempo. Me gustaría hacer algo relacionado con el turismo para estar, en la misma atmósfera del viaje y eso me fascina. Creo que una de las cosas que hago mejor es viajar… Para mí, viajar no es irme a Tailandia o al Caribe. Para mí viajar puede ser agarrar el auto o tomar un colectivo e ir a pasar el fin de semana a un lugar que haya naturaleza. No necesito ir a un lugar extraordinario, hermoso.
Hoy, tras su gran experiencia, Pablo tiene algo claro: su casa siempre será Caseros, aunque concede que “el hogar es el lugar que uno elige”. Aprendió a vivir con poco, a estar solo y a valorar lo esencial.
-¿Qué consejo le darías a alguien que quiere irse a vivir afuera?.
– Que lo intente, aunque tenga miedo. Yo me fui con mucho miedo. Podés volver a las dos semanas o a los diez años. No hay que verlo como un fracaso, sino como un aprendizaje.

