Enérgica, activa, incansable. Así se la recuerda. Y también – o sobre todo – generosa, afectuosa, profundamente solidaria. Nelly era de esas personas que no sabían quedarse quietas cuando había algo por hacer, alguien a quien ayudar, una tarea por cumplir.

Alguna vez, con esa sonrisa tan suya, había confiado: “A veces me duele la cabeza, la espalda o lo que fuera… pero enseguida se me pasa porque recuerdo que tengo alguna tarea que cumplir”.

Esa frase, sencilla y luminosa, parece resumir toda una vida.

Nélida Magarí Giannini  – aunque en Caseros todos la conocían como Nelly Perachino – falleció el 3 de abril de 2021, a los 90 años. Y con su partida se fue una verdadera institución del barrio. De esas queridas de verdad.

Su historia había comenzado lejos de aquí, en Sancti Spíritu, ese pueblo del sur santafesino tendido entre Rufino y Venado Tuerto. Allí transcurrieron sus primeros años y allí también empezó a delinearse su vocación.

Apenas recibida de maestra, le tocó enseñar en una escuela rural. Y lo contaba con orgullo, con emoción, como quien sabe que en esos comienzos se forja todo lo que vendrá después.

“Era una maestrita muy jovencita… vivía en la estancia ‘Rancho Grande’. Mis alumnos me pasaban a buscar en sulki… en una misma aula tenía chicos de varios grados y tenía que dividir el pizarrón para enseñarles a todos… algunos eran casi de mi edad, pero me respetaban muchísimo”.

Esa etapa – decía – la marcó para siempre. Le enseñó el valor del respeto, de la entrega, de tratar a todos por igual. Le dejó una forma de mirar la vida.

Y también le regaló el amor.

En Sancti Spíritu conoció a Juan Perachino, con quien se casó en 1950. “Fue mi primer y único novio”, recordaba con ternura. Allí nacieron Susana y Horacio, y allí formaron familia hasta que la vida los empujó a buscar nuevos horizontes.

Cuando llegó el momento de pensar en el futuro de los hijos, tomaron una decisión difícil pero necesaria: dejar el pueblo. Eligieron Caseros, donde ya había raíces familiares y donde comenzarían una nueva etapa.

Corría 1964 cuando la Tienda Perachino empezó a dar sus primeros pasos en la esquina de Sabattini y avenida San Martín. Un emprendimiento que, con el tiempo, se transformaría en un clásico del barrio.

Por esos mismos años, Nelly comenzaba a escribir otra historia: la de maestra en la Escuela N° 47 de Barrio Evita.

“Era una escuela hermosa… el barrio sencillo pero muy grato… tengo los mejores recuerdos. Allí trabajé hasta jubilarme”, decía.

Y en paralelo a la docencia, a la familia y al hogar, también estuvo el mostrador del negocio, siempre compartido con Juan. Un espacio que no era solo comercial: era un lugar de encuentro.

“Nos manejamos con el criterio de la gente de campo: tratar a todos por igual, atender bien, generar confianza… tenemos clientes de toda la vida”, explicaba.

Y también hablaba de quienes trabajaban con ellos:
“Hay gente que está hace décadas… somos como una gran familia”.

La vida de Nelly estuvo atravesada por ese espíritu comunitario. Acompañó siempre a su esposo en su compromiso con las instituciones: la Asociación de Fomento, el Centro Comercial, el Rotary Club Caseros.

Y ella también dijo presente.

Integró la Rueda Femenina del Rotary, donde participó activamente del BREO, gestionando elementos ortopédicos para quienes más lo necesitaban. También fue parte de la Asociación Caseros Centenaria, de la Asociación de Docentes Jubilados de Tres de Febrero y colaboró con el Hospital Posadas.

Siempre cerca. Siempre disponible.

Solía decir que en Caseros se sentía muy querida. “La docencia y el mostrador a una la hacen conocida”, afirmaba. Pero, en realidad, lo que la hacía inolvidable era su manera de ser.

Tras la muerte de su querido Juan, en 1997, encontró en su fortaleza y en el amor de su familia el sostén necesario para seguir adelante. Sus hijos, sus nietos – Marinó, Julián, Natalia, Alejandro y Sebastián – y sus afectos fueron su refugio.

“A todos ellos nunca voy a poder agradecerles lo suficiente”, describió.

En sus últimos días, estuvo acompañada de cerca por su hijo Horacio, médico, en un gesto que habla por sí solo del vínculo que supo construir.

Y cuando llegó el momento de la despedida, su hija Susana lo expresó con palabras que aún resuenan:

“Mami ha partido. Se fue tranquila. Si alguien ha cumplido su misión de vida, fue ella. No se fue de nosotros… la llevamos en nuestra genética y en el corazón. Dejó huella”.

Hoy, a cinco años de su partida, Nelly sigue presente en cada recuerdo, en cada anécdota, en cada rincón donde su vida dejó marca.

Porque hay personas que no se van del todo. Simplemente, se quedan de otra manera.

(FOTO: LA ACC DENOMINÓ «NELLY PERACHINO» AL SALÓN PRINCIPAL DE SU SEDE)

Caseros y su Gente