Postales del Caseros de ayer: el ritual de la peluquería

Típicos peluqueros de barrio: impecables casacas blancas y aquellos sólidos sillones giratorios que parecen detenidos en el tiempo. Si afinamos la vista, del apoyabrazos cuelga la correa ancha de cuero, fiel aliada para asentar el filo de la navaja antes de cada afeitada.
El escenario lo completan los grandes espejos con marcos de madera labrados artesanalmente y el infaltable perchero, custodio de los sombreros de entonces. A la derecha, se asoma la sillita alta, testigo de los primeros cortes de los más chiquitos del barrio.
Aunque no se vea en la fotografía, imaginamos en algún rincón la máquina de los fomentos calientes. Y en las manos del vecino – quien luce unos zapatos de con brillo envidiable – descansa el diario, probablemente un ejemplar de La Prensa, La Nación o Crítica, en épocas donde la palabra impresa era sagrada.
Seguramente, cerca de allí, el revistero atesoraba ejemplares de El Gráfico, Goles, Radiolandia o algún Billiken para los chicos; todo esto bajo el arrullo constante de una radio encendida en alguna audición tanguera.
Eran los tiempos de Glostora, Brancato,Lord Cheseline, Brillantina… gominas y fragancias que definían una época y hacían iluminar las cabelleras. Pero, por sobre todo, las peluquerías eran clubes sociales: rincones de encuentro donde se arreglaba el mundo entre discusiones de fútbol, política y los infaltables chismes del barrio.
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